EL PACTO CAPÍTULO 10

1131 Palabras
"Si un esclavo está contento contigo, tomarás un punzón y le horadadás la oreja; y te servirá para siempre. Y lo mismo harás con tu esclava. — Duteremonio 15:16-18. En el pueblo se propagaba por todos lados las espeluznantes noticias de lo que había ocurrido en la hacienda Pablonal, en todos los rincones de las polvorientas carreteras de tierra, las personas narraban con horror lo acontecido, así se corrió la voz hasta llegar a los oídos de los colonizadores españoles, quienes decidieron decomisar todos los caballos a Juan Pablonal, bajo ordenes oficiales y por temor a qué también pudieran perderse ante estas extrañas plagas que venían azotando las tierras de esta familia, las cosas continuaban de mal en peor para Juan Pablonal, quien de un momento a otro se había quedado sin ganado, sin esclavos y ahora sin caballos, poco a poco empezaba a mermarse su inmensa fortuna. La familia de Juan Pablonal observaba aterrorizada, las simples cenizas que habían quedado de el establo dónde encerraban a los esclavos, además de ser testigos de cómo los españoles se llevaban todos los caballos de la familia, ahora simplemente quedaban los inmensos sembrarios, que seguían siendo su mayor ingreso económico, pero era claro que algo debían hacer, no la estaban pasando nada bien, necesitaban ayuda religiosa y sería precisamente lo que buscaría Juan esa tarde asistiendo a la iglesia de la parroquia, dónde lo esperaba el cura, ese mismo que lo había acompañado en varios juicios a brujas locales. Ese hombre de brazo de hierro, aquel que no le temblaba el pulso para quemar a una hechicera de Satanás, ahora acudía a la casa de Dios suplicando auxilio. Era una catedral bastante alta y oscura, iluminada con decenas de velas en los diferentes altares que conformaban esta iglesia, Juan Pablonal se sentía incómodo, algo en ese lugar lo estaba perturbando, su frente sudaba más de lo común a pesar del frío que comenzaba a sentirse con la noche cayendo lentamente, se sentía acosado, esos santos lo asediaban desde sus altares, pero aún así, Juan continuó su camino, estaba decidido a consultar al cura, solicitar una audiencia ante el emisario de Dios en ese pueblo, seguramente sería el más indicado para saber que hacer para contrarrestar las demoníacas situaciones que se habían suscitado en su hacienda. Sus piernas pensaban como si llevara en sus hombros el peso del mundo, ya no tenía fuerzas para continuar, estaba exhausto por todo lo que venía pasando. — ¡Perdonadme padre porque he pecado! — Dijo Juan Pablonal entre llanto derrumbándose a los pies del cura. — Haces bien en acudir a la casa de Dios en tus horas de desespero, ¡Querido Juan, en este día he escuchado muchas cosas sobre vuestra hacienda, me sorprende mucho verte aquí hijo mío! , ¿En qué puedo ayudarte?. — Dijo el cura mientras colocaba su mano sobre la cabeza de Juan Pablonal. — ¡No sabía a dónde más acudir padre, no puedo dejar de pensar qué todo lo que pasa es mi culpa!, los lobos hambrientos acechan a mi familia en la oscuridad y yo no sé que hacer, mi valor es una vulgar ramera ante esta situación . . . ¡Mirad! . . . ¡Mirad! Cómo la serpiente negra me ha dejado tirado en el suelo llorando cómo un pequeño osezno indefenso. — Dijo Juan Pablonal llorando arrodillado en el piso de la iglesia. — ¡Querido Juan, hijo mío, Dios muchas veces obra de formas misteriosas, pero vuestra fe jamás debe verse debilitada ante esta terrible situación . . . Hay calma tras la tormenta, Hay gloria luego de la desesperanza, hay sol luego de la noche más oscura, recomiendo mucha oración y ayuno, Dios no se ha olvidado de ti hijo, solamente te ha dado una importante batalla para que la libres con mucha gallardía, así son sus pruebas de fe, Dios en su infinita sabiduría sólo da batallas difíciles a sus mejores guerrero, porque él sabe que tú puedes con tu armadura, salid victorioso. — Dijo el cura dando su mejor sermón. — ¿Dios? (Risas) . . . ¡No fue Dios quien hizo todas esas atrocidades en mi hacienda padre! , me temo que fue el mismo Satanás en persona quien se ha encargado de atormentar mi alma y la sagrada paz de mi familia. Es la gran serpiente negra quien viene muchos años después a buscar mi impía alma por un infernal pacto que jamás debí hacer . . , Me arrepiento padre . . . Me arrepiento de todo corazón. — Aseguró Juan Pablonal quien continuaba de rodillas. — ¡Benditos sean los clavos sagrados de la cruz! . . . ¿Me estáis diciendo que . . . has hecho un pacto con Satanás? . . . ¿Tú? . . . ¿El hombre encargado de sacrificar a jóvenes mujeres acusadas de servir las ordenes de el mismo demonio con el que os has pactado? . . . ¿Tienes una idea de lo que te pueden hacer las personas del pueblo si saben que has pactado con la gran serpiente negra? — Dijo el cura completamente asombrado. — ¡Por favor padre! . . . ¡Misericordia! . . . Le ruego vuestra clemencia cómo hombre de Dios . . . ¡Mi vida y las vidas de mi familia corren peligro! . . . Os suplico por su ayuda. — Suplicaba Juan Pablonal abrazando fuertemente las piernas del cura quien sólo lo miraba asombrado. — ¡Vuestra alma esta condenada al castigo eterno Juan Pablonal! . . . ¡Nadie Podrá salvarte del fuego del averno . . . Lo único que puedo hacer por ti es orar por tu alma . . . que Dios se apiade de tu putrefacta esencia . . . Ahora salid de mi iglesia . . . Salid y no volved jamás Juan Pablonal . . . Te prohíbo regresar a la casa del señor a mancharla con tu impía alma pestilente. — Gritaba el cura molesto mientras Juan Pablonal huía como ladrón herido, casi arrastrándose para poder salir de esa catedral. El pequeño Valente Pablonal jugaba inocentemente a las afueras de la gigantesca hacienda de su padre, era el menor de los hermanos pero a pesar de eso era el más aventurero, le encantaba salirse de la propiedad brincando el enorme portón de madera en la entrada principal, para poder descubrir nuevos lugares. Un conejo n***o bastante grande, mucho más grande de los que él había visto en su corta vida, se cruzaba en su camino. Valente quedó cautivado inmediatamente por los encantos del peludo roedor, así qué decidió perseguir por un buen rato, lo siguió sin detenerse, ni siquiera notó cuando se adentró al bosque maldito.
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