"Pero estas dos cosas vendrán de repente sobre ti en un mismo día: pérdida de hijos y viudez. Vendrán sobre ti en toda su plenitud a pesar de tus muchas hechicerías, a pesar del gran poder de tus encantamientos. Te sentiste segura en tu maldad y dijiste: ``Nadie me ve." Tu sabiduría y tu conocimiento te han engañado, y dijiste en tu corazón: ``Yo, y nadie más." Pero un mal vendrá sobre ti que no sabrás conjurar; caerá sobre ti un desastre que no podrás remediar; vendrá de repente sobre ti una destrucción que no conoces. Permanece ahora en tus encantamientos y en tus muchas hechicerías en las cuales te has ocupado desde tu juventud; tal vez podrás sacar provecho, tal vez causarás temor. Estás fatigada por los muchos consejos; que se levanten ahora los que contemplan los cielos, los que profetizan por medio de las estrellas, los que pronostican cada luna nueva, y te salven de lo que vendrá sobre ti.". — Isaías 47:9-13.
Un inocente niño caminaba tímidamente entre las tenebrosas penumbras del bosque el cuál todos aseguraban que estaba maldito. Se trataba de Valente Pablonal, el hijo menor de Juan Pablonal quien llevaba horas caminando en círculos, ya había notado que se encontraba perdido y no hallaba la manera de volver a casa junto a su familia, todos los árboles eran exactamente iguales, no existía manera de distinguir el camino que recorrió para llegar hasta allí. A medida que se internaba en este laberíntico lugar, la oscuridad se hacia mucho más profunda, la temperatura bajaba a tal grado que su aliento podía verse en forma de neblina al salir de su boca. Ese conejo n***o que lo hizo llegar hasta ese lugar, había desaparecido hace un buen rato para no verse más en ningún momento. Continuó avanzando tratando de conseguir la salida de ese espeluznante bosque, caminó y caminó hasta llegar a una misteriosa cabaña en el medio de la nada, en el lugar más remoto. Se encontraba oculta entre los árboles y la maleza, tenía la apariencia de estar abandonada debido a el pésimo estado de la madera, además no se podía ver ninguna vela encendida dentro de esta propiedad.
Una mujer muy hermosa y con el cabello tan n***o cómo la noche lo miraba a la lejanía parada a un costado de esa cabaña, estaba vestida de color blanco con una pulcritud impresionante. Se encontraba encadenada a esa cabaña a través de su cuello con una especie de grillete. Tenía la boca vendada con una trozo de tela color violeta. Enviaba señales con sus manos al pequeño Valente, sugiriéndole que se acercara, sus movimientos era lentos y pausados, el niño no podía hacer absolutamente nada para resistirse, algo lo hacia caminar hasta esa extraña mujer, estando frente a ella notó un singular olor a madera quemada. La piel de sus brazos tenía marcada muchas palabras, letras y números imposibles de leer porque estaban escritas en un idioma bastante raro.
Ella comenzó a acariciar las mejillas de el inocente niño y le dijo:
— ¡Eres un niño muy obediente Valente!. ¿Podrías llevarle un recado a tu padre? — Preguntó la extraña dama encadenada a la cabaña.
— ¡Si vuestro mensaje llevaré con mucho gusto . . . Señora! — dijo Valente Pablonal encantado con las caricias de esa mujer misteriosa.
— ¡Gracias, eres muy amable! — dijo mientras se quitaba la venda para descubrir su boca ensangrentada sin dientes ni lengua y con una espeluznante mueca similar a una sonrisa.
Juan Pablonal llegaba a su casa luego de estar vagando errante todo el día en las polvorientas calles del pueblo sin ganas de regresar a ese infierno. Expulsado de la casa de Dios y viendo cómo su fortuna se esfumaba lentamente con cada nuevo evento demoníaco que ocurría, además su salud comenzaba a debilitarse con el pasar de los días, los brotes que al principio sólo eran pequeños rosetones insignificantes, ahora se habían convertido en purulentas llagas qué avanzaban campantes apareciendo en toda su piel. Pero él continuaba convencido qué podía conseguir ayuda. Estaba desesperado y temía por la vida de su familia.
Al llegar a la hacienda notaria que los pocos trabajadores qué quedaban a su servicio se encontraban recorriendo todo el lugar con antorchas en sus manos para iluminar en la oscuridad, gritaban el nombre de su hijo Valente, mientras su esposa lloraba angustiada en la entrada principal de la casona.
— ¡Por amor a cristo! , ¿Pero que ha pasado ahora mujer?, ¿Dónde está Valente? — Preguntó Juan Pablonal muy preocupado tomando a su esposa de los hombros y sacudiéndola con fuerza.
— ¡Se ha perdido Juan, nuestro cordero más joven y puro se encuentra desaparecido desde muy temprano! (Llanto) — Gritaba la esposa de Juan muy exaltada.
— ¡Yo . . . Yo sé dónde está!. ¡Os prometo encontrarlo y traerlo a salvo, saldremos ya mismo al bosque a buscarlo! — Aseguró Juan Pablonal a su esposa.
— ¡Encuentralo Juan, debes encontrarlo esposo mío, nuestro pequeño Valente debe estar asustado y con hambre! — No dejaba de gritar la señora Pablonal con alaridos que le ponían la piel de gallina a cualquiera.
— ¡Valentin, tú vendrás conmigo y los hombres para buscar a tu hermano, ustedes mujeres deben orar, oren mucho por Valente para que el señor nos ayude a encontrarlo! — Ordenó Juan Pablonal quien se marchó acompañado de sus trabajadores y su hijo mayor en dirección del bosque maldito para realizar una exhaustiva búsqueda.
Los perros ladraban en la oscuridad perpetua de la inmensa montaña que yacía bañada con el vacío de colores que produce la penumbra, solamente las llamas efímeras de las antorchas era capaces de ser visibles a lo largo de toda esa maleza, los hombres caminaban con miedo al notar qué cada vez se acercaban más y más al bosque maldito, ese al cuál estaba prohibido entrar. Los sabuesos habían hallado el olor del pequeño Valente, pero ni siquiera ellos se atrevían a ingresar a esa zona.
— ¡Lo sentimos señor Pablonal, pero no vamos a entrar a ese bosque ni por todo el oro de España. Hasta aquí lo acompañamos. — Dijo uno de los hombre de Juan Pablonal completamente espantado.
— ¡Yo sí iré, yo entraré contigo papá! — Dijo Valentin Pablonal preocupado por su hermano.
— ¡Lo siento hijo mío, pero esto es algo que debo hacer sólo! — Dijo Juan Pablonal ingresando con una antorcha en su mano al bosque maldito luego de 33 años.