EL PACTO CAPÍTULO 12

1171 Palabras
"Después de esto ví a otro ángel descender del cielo, que tenía gran poder, y la tierra fue iluminada con su gloria. Y clamó con potente voz, diciendo: ¡Cayó, cayó la gran Babilonia! Se ha convertido en habitación de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo y en guarida de toda ave inmunda y aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del vino de la pasión de su inmoralidad, y los reyes de la tierra han cometido {actos} inmorales con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con la riqueza de su sensualidad. Y oí otra voz del cielo que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados y para que no recibáis de sus plagas; porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus iniquidades. Pagadle tal como ella ha pagado, y devolved{le} doble según sus obras; en la copa que ella ha preparado, preparad el doble para ella. Cuanto ella se glorificó a sí misma y vivió sensualmente, así dadle tormento y duelo, porque dice en su corazón: ``YO {estoy} SENTADA {como} REINA, Y NO SOY VIUDA y nunca veré duelo." Por eso, en un {solo} día, vendrán sus plagas: muerte, duelo y hambre, y será quemada con fuego; porque el Señor Dios que la juzga es poderoso. Y los reyes de la tierra que cometieron {actos de} inmoralidad y vivieron sensualmente con ella, llorarán y se lamentarán por ella cuando vean el humo de su incendio, {mirando} de pie desde lejos por causa del temor de su tormento, {y} diciendo: `` ¿Ay, ay, la gran ciudad, Babilonia, la ciudad fuerte!, porque en una hora ha llegado tu juicio."". — Apocalipsis 18:1-10. Un hombre con una antorcha caminaba lentamente atravesando el bosque dónde seguramente estaba su hijo, entre los árboles podían verse personas desnudas y escucharse claramente cómo se reían de él, la oscuridad no permitía una visión lo suficientemente clara para distinguir rostros, solamente podían contemplarse sombras entre la maleza vegetal. Juan Pablonal suspiraba fuertemente para lograr tragar el inmenso nudo en su garganta, su respiración se aceleraba cada vez más a medida que avanzaba, trataba de recordar sus oraciones, luchaba contra su cerebro para que le permitiera rezar en ese momento de terror absoluto en todo su cuerpo, pero por más que lo intentaba no conseguía recordar la palabra de Dios. A la lejanía podía verse algo, parecía un niño agachado en pleno camino, en completa oscuridad. No cabía duda, era el pequeño Valente, su corazón se llenó de alegría, milagrosamente lo había hallado, necesitaba sacarlo rápido de ese demoníaco lugar para volver a casa junto a su familia. El pequeño Valente estaba completamente desnudo, agachado excavando utilizando sus propias manos sin detenerse, sus uñas se habían desgarrado y desprendido de sus dedos dejando solamente la carne descubierta ensangrentando la negra tierra que extraía de ese hoyo, temblaba sin control debido al inclemente frío que hacía en el bosque, sus labios estaban de color violeta, podía verse a simple vista su aliento salir de su boca en forma de neblina. — ¡Hijo mío! , ¿Porqué no puedes parar de cavar? , ¿La gran serpiente negra ha corrompido tu blanca e inocente alma llenándola con su maldad infinita? , si es así, es mejor que me lo digas de una vez. — Preguntó Juan Pablonal iluminando el rostro de su hijo Valente utilizando la antorcha en su mano. Pero el niño continuaba removiendo la tierra con sus propias manos sin detenerse ni un momento, en sus dedos quedaba muy poca carne que pudiera cubrir esos diminutos huesos, pero aún así, él seguía escarbando, aparentemente sus heridas no le dolían en absoluto, el frío tampoco parecía ser impedimento para qué Valente Pablonal cavara ese hoyo en medio de la nada. Juan Pablonal estaba cansado de todo eso, era inútil continuar luchando, sus piernas estaban a punto del colapso, el sentimiento de culpa era simplemente insoportable, sus ojos ya no contenían una sola lágrima más que derramar. Agobiado, sumido en la desesperanza, se arrojó sobre sus rodillas lloriqueando cómo el niño más prematuro qué una madre puede dar a luz, sus quejidos estremecían el silencio del bosque que se encontraba multitudinariamente desierto. — ¡Te ruego (Llanto) . . . Te ruego que por favor te detengas, en mí ya no quedan fuerzas para continuar aguantando todo este horrible tormento, haré lo que me pidas querido hijo, pero por favor detente. — Suplicó Juan Pablonal con palabras pausadas y exhaustas. Finalmente Valente Pablonal se detuvo, lentamente se ergió hasta quedar completamente de pies frente a su padre, mirándolo fijamente a los ojos con un rostro inexpresivo, sus manos goteaban sangre sobre la tierra negra de ese bosque maldito, su aroma era nauseabundo y pestilente, su piel se había tornado de un color azul pálido, dando la impresión de qué ya no corría sangre por su cuerpo. — ¡Tú no eres mi hijo! . . . ¡Dejad que adivine . . . Tenéis un mensaje para mí! — Dijo Juan Pablonal decepcionado y con voz de derrota. El pequeño Valente comenzó a hacer gestos de querer vomitar, su garganta comenzó a ensancharse de una manera sorprendente y aterradora, regurgitaba fuertemente provocando sonidos tremendamente desagradables, al mismo tiempo qué parecía empujar algo desde su estómago con dificultad, su pequeña boca comenzó a romperse, a la altura de las mejillas una cosa extraña empezó a verse salir de su interior, era una manzana perfecta, permanecia entera, y con un color rojo brillante. Al terminar de salir de Valente, la manzana cayó al suelo pudriéndose en cuestión de segundos, quedando solamente una masa gelatinosa y putrefacta sobre la negra tierra del bosque maldito. — ¡¡¡Maldito seas Satanás!!! . . . ¡¡¡Da la cara y dime las cosas en persona!!! . . . ¡¡¡Acaba con esto de una vez!!! . . . ¡¡¡Aquí estoy cobarde, aquí estoy!!! — Gritaba Juan Pablonal en todas direcciones hasta desgarrarse la garganta, quedándose sin voz, provocando que sus ojos se exaltaran casi hasta salirse de sus cuencas. El mensaje era claro y contundente, lo siguiente en perecer sería los enormes sembrarios de Juan Pablonal, infinitas hectáreas con plantas de toda clase de frutas, granos y hortalizas. También era lo único qué le quedaba en su poder, eso significaba que lo perdería todo. Su hijo cayó inmediatamente al suelo, sus manos y boca sangraban incesantes mientras su pequeño cuerpo desnudo temblaba de forma descontrolada. Juan Pablonal se quitó su camisa, quedando con su pecho desnudo a mitad de la nada. Cubrió a su pequeño hijo y lo cargó a través de la oscuridad del bosque a sabiendas de qué cientos de brujas lo miraban entre los árboles burlándose de su desgracia. Allí siguió su camino Juan Pablonal, aún debía regresar a su casa a enfrentar las nuevas maldiciones que estaban a punto de caer sobre él.
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