"Mira el pacto, {{SEÑOR}}, porque los lugares tenebrosos de la tierra están llenos de moradas de violencia." — Salmos 74:20.
— No te preocupes hijo, ya vamos a casa — susurró Juan Pablonal al oído de su hijo mientras lo llevaba en brazos fuera de ese maligno bosque.
Juan Pablonal caminaba lentamente con su hijo en brazos, sin camisa, con la espalda descubierta, y su barba manchada con la sangre del pequeño Valente. En su espalda podían verse horribles llagas purulentas similares a las que provocaba la lepra, su hijo yacía inerte cobijado en la suave tela de su sucia camisa a pesar de no tener Juan la certeza de que este aún viviera. Las brujas del bosque preparaban un pasillo en el camino por el cuál tenía que pasar para salir de ese lugar maldito. Le gritaban palabras como "hipócrita", "cordero", "cadáver andante", y muchas otras cosas extrañas que erizaban la piel de este atormentado hombre mientras otras de ellas simplemente lo escupían con desprecio, su saliva era caliente con un olor peculiar, como a aserrín quemado.
Pero Juan no se inmutaba, continuaba firme e inexpresivo caminado con su frente en alto llevando a su hijo cargado entre brazos mientras su mayor miedo radicaba en la posibilidad de que esas brujas los atacaran para matarlos y devorar sus carnes, utilizando al final sus cráneos para rituales satánicos cómo lo hicieron con su madre, esa pasaba a ser su mayor preocupación a medida que transitaba ese pasillo conformado por aproximadamente veinte sirvientas de satanás. Pero extrañamente, esas horribles criaturas no se atrevían ni siquiera a tocar a Juan, ni tampoco a su hijo, solamente se mantenía allí paradas gritando palabras como si hubiesen sido enviadas exclusivamente para eso; Juan pudo atravesar todos esos obstáculos para finalmente lograr salir vivo de ese bosque una vez más.
— Miren muchachos, es mi padre. Volvió como se los dije, ¡y logró encontrar a mi hermano! — gritó Valentin Pablonal a los trabajadores de su padre completamente emocionado levantándose de un brinco del lugar dónde estaba sentado y señalando a su padre que emergía de entre la maleza sombría cargando a su hermano menor (Valente) en sus brazos.
Todos los hombres de Juan corrieron en su ayuda tomando de sus brazos al débil niño que continuaba inerte y con la piel de un color azul que hacía notar la baja temperatura en su cuerpo, rápidamente lo llevaron a la hacienda Pablonal dónde su madre lo recibió entre sus brazos llorando desesperada por el estado en el que se encontraba. Se improvisó una cama en el piso de la sala dónde se velaría toda la noche por la salud de Valente Pablonal, obviamente sería su madre la primera en montar guardia a un lado de su hijo moribundo.
— Mi pequeño cordero. Condeno y maldigo vuestra moribunda estampa postrado como el maíz que no crece pudriéndose en el suelo — decía Venus Santa Cruz con enormes lágrimas humedeciendo sus ojos a medida que acariciaba el cabello de su pequeño hijo.
— Lo hallé cavando en medio de la nada. Vuestra oraciones no fueron escuchadas — dijo Juan Pablonal sentado en el piso de su sala, aún sin camisa, y permaneciendo cabizbajo sin levantar la mirada.
— ¿El gusado de la locura a entrado en tu cabeza? — preguntó Venus volteando hacia él con extrañeza.
— Solamente Os pedí rezad por el bien de el pequeño Valente, ahora está muerto, y es vuestra culpa — dijo Juan levantando su rostro cubierto con la sangre de su hijo y mirando a su esposa de manera recriminatoria.
— ¡Barbarie! — gritó Venus indignada — Eh allí en vuestro puesto el único culpable de toda esta desgracia, por no ser suficientemente hombre para cuidad de nosotros.
— ¡Perra! — gritó Juan Pablonal perdiendo el control levantándose de un solo golpe — Callad vuestra maligna boca parturienta de palabras insulsas y calumnias.
— Callad, callad — gritaba Venus Santa Cruz al borde de la demencia mientras colocaba sus temblorosas manos en su rostro — La enorme serpiente negra se ha despertado susurrando tu nombre, has sido maldecido y en vuestra codicia has arrastrado a tu familia a las viles tinieblas que ocultan a las bestias que acechan hambrientas esperando con ansias el momento perfecto para atacar.
Todo alrededor de Juan comenzó a dar vueltas rápidamente, su vida se había convertido en un verdadero infierno, pero que fuera su propia esposa quien reprochara sus errores con esa crueldad, resultaba mucho más hiriente, mucho más desesperanzador, mucho más mortal. La discusión se había tornado en una verdadera guerra campal de insultos y reproches, cada vez subía más la tensión debido a los gritos entre ambos, las tambaleantes llamas efímeras de las escuálidas velas iluminaban sus siluetas haciendo bailar sus sombras las cuales se encontraban en una disputa sin sentido, un zumbido en el oído de Juan comenzaba a sonar elevándose cada vez más y más, hasta llegar al punto que no escuchaba ni siquiera sus propios gritos, sus tímpanos retumbaban el interior de su cabeza a punto de estallar, pero sería los bruscos y repentinos movimientos en el cuerpo de su hijo que detendrían la discusión abruptamente. El pequeño Valente se retorcía de manera desmedida sacudiendo su cabeza golpeándola fuertemente contra el piso de tierra.
— ¡Rápido, sujeta sus piernas! — indicó Venus Santa Cruz a su esposo mientras ella resguardada la cabeza de su hijo para evitar que continuara golpeándose.
— Su lengua, debes cuidar su lengua para que no la muerda — gritó Juan Pablonal angustiado. — ¡capataz, muchachos, alguien! — gritaba también llamando a sus trabajadores para que lo ayudasen.
Venus Santa Cruz comenzó a meter los dedos de su mano izquierda en la pequeña boca de su hijo mientras sostenía la cabeza con su mano derecha. Rápidamente los hombres de Juan Pablonal incluyendo al capataz llegaron a la entrada principal de la casona, justo dónde Juan y su esposa forcejeaban con las convulsiones de su hijo, pero sólo miraban horrorizados lo extraños gestos de Valente.
— ¡Aaah! Juan mira sus ojos — gritó Venus aterrada soltando la cabeza de su hijo instantáneamente.
Los ojos de Valente Pablonal giraban rápidamente dentro de sus propias cuencas como si se tratase de una especie de máquina de casino. Se levantó de la improvisada cama dónde yacía postrado con una maquiavélica risa que erizaba la piel de todos loa presentes quienes solamente observaban horrorizados. Valente Pablonal comenzó a vomitar una sustancia negra y viscosa en el suelo de la casona ante la mirada expectante de todos los espantados trabajadores de Juan Pablonal. Luego de eso se puso de pie alzando su rostro hasta mirar al techo provocando que su nuca tocara su espalda.
— La serpiente ha mordido su cola — dijo Valente Pablonal con voz demoníaca que hizo estremecer la casona.
Cayó al suelo abruptamente y lentamente bajaron sus pulsaciones hasta que finalmente dejó de respirar ocasionando un silencio sepulcral en toda la hacienda.
— ¡Es el diablo! — ¡Satanás! — ¡Los Pablonal están malditos! — gritaban la enorme mayoría de los aterrados trabajadores de Juan Pablonal mientras salían corriendo despavoridos de la hacienda para no volver jamás.
— ¡Mi pequeño! — dijo Venus Santa Cruz mientras se arrodillaba llorando completamente destrozada por la muerte de su hijo.
— Ve y busca mi pala mujer — dijo Juan Pablonal sin ninguna expresión en su rostro mirando el cadáver de su pequeño hijo.
Al cabo de dos horas Juan Pablonal había terminado de cavar en el suelo de su hacienda, el hoyo dónde enterraría al menor de sus tres hijos. La noche cubría todo con su oscuridad lúgubre y tétrica, la neblina rozaba la superficie de las fértiles tierras de Juan, la luna se ocultaba detrás de gigantescas nubes provocando que todo fuera penumbra. El llanto de una madre con el corazón roto en miles de pedazos quebraba el silencio azaroso de las frías sombras que enmudecían el lugar, y no era para menos puesto que miraba como la tierra caía sobre el cadáver de su hijo mientras era sepultado.