"No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno." — Juan 17:15.
Juan Pablonal abría los ojos abruptamente con un ligero brinco similar a un susto. Su rostro se notaba rejuvenecido, su barba ya no llevaba la sangre de su hijo incrustada, su ropa relucía de limpio brillando con una pulcritud inmejorable. Recostado de un enorme árbol de manzanas, podía contemplar toda su espectacular cosecha a plenitud, era un día precioso, los rayos del sol bañaban los fértiles campos de su hacienda, las mariposas revoloteaba con fervor frente a sus narices como si simplemente flotaran en el viento.
Lo mejor era observar a toda su familia junta disfrutando de un excelente día de campo sentados todos sobre un manto blanco, todos, incluyendo al pequeño Valente sonreían felices y aliviados junto a una canastilla repleta de las frutas más magnificas de toda la cosecha. Juan sintió una paz refrescante en su corazón por primera vez desde hace mucho tiempo que le permitió suspirar profundamente finalizando con una sincera sonrisa salida desde lo más remoto de su ser.
Una pequeña chispa balanceándose en el viento terminó cayendo sobre una hoja reseca en el suelo, eso inició una diminuta nube de humo que paulatinamente precedió a hacerse cada vez más y más grande hasta que las llamas comenzaron a salir de dicha hoja, empezando por quemar las demás hojas adyacentes, pasando las ramas bajas de los árboles, hasta llegar a cubrir rápidamente toda la cosecha de Juan Pablonal quien observaba asombrado como toda su plantación ardía de forma infernal. Su familia había desaparecido entre las feroces llamas que ahora devoraban sin piedad todo lo que estuviera a su paso arrasando de manera inclemente todo el sembrario de Juan Pablonal aquellos que alguna vez fueron la envidia de todos los comerciantes de la colonia ahora se había reducido a vulgares cenizas que yacían sobre los campos como simples brazas rojizas. El día que pintaba ser perfecto para un cuadro de el mejor de los artistas ahora se había convertido en una tarde gris sin sol ni luna, solamente un cielo plenamente nublado generaba ese color en el ambiente que no permitía adivinar si estaba cayendo la noche o si amanecía tal vez.
Juan Pablonal yacía recostado contra ese seco tronco sin hojas ni manzanas mientras podía ver a la distancia a su fallecido suegro Vicente Santa Cruz sentado en su arcaica silla de ruedas con su ropa de terrateniente sonreír satisfactoriamente mientras no dejaba de mirarlo con malicia, como si hubiese obtenido una anhelada venganza, como si disfrutara lo que le estaba pasando a Juan, su hija y sus nietos. Una horrenda cabra negra de cuernos enormes y afilados caminaba lentamente alrededor de la silla de ruedas de Vicente Santa Cruz, pavoneándose con vehemencia observándolo con esos espeluznantes ojos amarillos propios de ese animal. Juan Pablonal cerró sus ojos y recostó su cabeza nuevamente para darse cuenta que descasaba contra el cadáver putrefacto de su hijo que yacía atado a ese tronco seco hecho brazas.
Despertó asustado y tembloroso, con su ropa cubierta de tierra debido al inmenso hoyo que cavó la noche anterior para enterrar a su hijo. Su pala también estaba a un costado al igual que la botella vacía de el último litro de vino que quedaba en su bodega. Recordó esa terrible pesadilla que acababa de tener y eso lo hizo salir corriendo tropezando sus pasos para observar con tranquilidad que su cosecha continuaba intacta fue entonces cuando pudo respirar aliviado trayendo un poco de paz a su corazón. Podía ir confiadamente a acostarse en su cama junto a su esposa para descansar un poco de toda esta locura en la que se había convertido su vida. Al pasar por el lugar dónde se supone debería estar enterrado su hijo notó con terror que la tierra fue removida indicando que sus restos fueron robados.
Su hijo mayor Valentin lo miraba a la distancia estando sentado en una de las talanqueras de madera dónde alguna vez se guardaron los caballos de su padre. Valentin pulía una escopetas utilizando un trozo de tela mientras miraba con odio a su padre, llenando su cabeza de pensamientos macabros, deseando dispararle, anhelando ver muerto al hombre que le dio la vida.
Juan Pablonal comenzó a excavar con sus propias manos lleno de desespero, no podía ser posible que esta pesadilla no tuviera fin pero era cierto, la tumba de su hijo había sido profanada.
— Ya basta acaba con esto de una vez — dijo Juan Pablonal en baja voz arrodillado y acabado sobre la tumba profanada de su hijo menor — ¡Ya basta! .
Debía regresar al interior de su enorme casona caminando cabizbajo sin querer observar lo deteriorada que lucía por dentro; era como si se estuviera cayendo a pedazos lentamente, de nada valía llorar, sus oraciones eran inútiles e ignoradas por Dios todo poderoso, ni siquiera la muerte parecía ser una salida para ese infierno en el que estaban viviendo.
Al llegar a la recamara dónde dormía junto a su esposa abrió la puerta para descubrir el desagrado que Venus dormía plácidamente abrazando el cadáver de su hijo sobre su cama la cuál estaba totalmente cubierta de tierra al igual que su vestido dejando bien en claro que había sido ella quien desenterró el cuerpo de Valente. Juan Pablonal solamente se quedó allí parado en la puerta y comenzó a reír en forma demencial mientras la perturbante escena mostraba a su esposa sobrepasando los límites humanos.
Satanás no es el demonio asesino que todos dicen, no es una máquina de matar que ataca de manera letal a sus víctimas. Es más como el poderoso rey del tormento que va haciendo tu vida miserable hasta llevarte al límite de tus sentidos haciéndote muy vulnerable, es exactamente allí en ese momento cuando ve la oportunidad perfecta para dar su golpe. En pocas palabras te va cocinando a fuego lento mientras él se sienta frente al horno a disfrutar sonriente como comienzas a rostizarte lenta y dolorosamente. Y en este caso Juan Pablonal se había pasado de cocción. Un fuerte y agudo grito de pánico estremeció toda la enorme hacienda que se encontraba en silencio, se trataba de la pequeña Viena la hija de Juan que tras la muerte de Valente había pasado a ser la menor de todos los hermanos.
Juan salió corriendo a toda prisa en socorro de su hija quien estaba paralizada del miedo frente a la cosecha mientras sostenía una naranja en sus manos.
— ¡Hija mía! ¿Porqué gritas reflejando tanto pánico? — preguntó Juan Pablonal llegando al lado de su aterrorizada hija.
Ella le entregó esa naranja que traía en sus manos. La cuál lucía estupendamente suculenta por fuera, pero por dentro se encontraba contaminada con sangre putrefacta al igual que el resto de absolutamente toda la plantación en la hacienda y sembrarios de Juan. Había perdido lo único de valor material que quedaba en su poder, los pocos trabajadores que quedaban bajo sus ordenes decidieron abandonar también la hacienda dejándolo completamente sólo. Juan se preguntaba llorando de rodillas en el suelo mirando al cielo cuando finalizaría esta pesadilla.