"Y cuando los mil años fueren cumplidos, Satanás será suelto de su prisión." — Apocalipsis 20:7.
Las nubes negras viajaban lentamente hasta estacionarse definitivamente sobre el pueblo dónde vivía Juan Pablonal. Esas nubes llegaron en forma de una fuerte plaga de cólera que empezó a matar a niños y ancianos ocasionando una enorme preocupación en los pueblerinos quienes en su desespero terminaron acudiendo a la casa de Dios solicitando ayuda divina para que las muertes cesaran. El cura de la parroquia decidió ofrecer una reunión con toda la colonia para tomar una decisión acerca de esta "maldición" que venía azotándolos desde hace una semana, tiempo en el cual habían muerto alrededor de cien personas. Esa noche todos los habitantes se encontraban reunidos a las afueras de la iglesia para presenciar la reunión precedida por el hombre más religioso del lugar, y quien había quedado a cargo de los juicios en contra de las mujeres acusadas de brujería.
— ¡Escuchad, escuchad todos! — gritaba el cura de la parroquia tratando de llamar la atención de todas las personas aglomeradas en las puertas de la iglesia.
— Os he reunido con la intención de unir fuerzas para en la lucha contra esta horrible plaga que ha caído sobre nosotros — pregonaba a todo pulmón el cura para ser oído por la multitud.
— ¡No es una plaga, es la maldición de una bruja! — afirmó uno de los pueblerinos gritando espontáneamente.
— Todos sabemos que es culpa de Juan Pablonal y la maldición que cayó sobre su enorme hacienda — gritó otro pueblerino en otro lugar de la multitud.
— Yo he visto con mis propios ojos las infernales atrocidades que suceden dentro de esa hacienda — gritó uno de los ex trabajadores de Juan Pablonal mezclado entre las cientos de personas presentes en la reunión.
— Es cierto, yo también he sido testigo de como sus naranjas y demás cosechas han comenzando a sangrar desde el interior como si fueran sido cosechada en el mismísimo infierno — aseguró otro de los antiguos trabajadores de Juan Pablonal.
— Juan Pablonal ha visitado esta iglesia y me ha confesado haber hecho un pacto con satanás hace muchos años; es obvio que todos sus errores han recaído sobre nosotros en forma de maldición — gritaba el cura de la parroquia ante las personas presentes — Propongo que sea acusado de brujería y sea condenado a morir en la hoguera junto a su familia.
A la multitud le encantó la propuesta del cura de la parroquia, y lo hicieron notar gritando históricamente para luego alistar sus antorchas y garrotes para ir a la hacienda Pablonal puesto que seguramente al purificar en la hoguera a la pecaminosa familia maldita por Satanás lograrían salvar al pueblo de la oscuridad absoluta que se abalanzaba sobre ellos como cuán tigre hambriento se arroja sobre su presa indefensa. Pero para ello debían primero ir hasta la casona y lograr atrapar a Juan Pablonal junto a su familia para traerlo al sitial dónde se incineraban a las brujas.
Mientras una multitud con antorchas y garrotes marchaba enardecida con dirección a la hacienda Pablonal; el mismo Juan cortaba un poco de leña en la oscuridad de la noche utilizando su oxidada hacha vieja a medida que lloraba en silencio debido a la preocupación de no saber que darle de comer a su familia hambrienta. Un extraño ruido proveniente de uno de los costados de la casona llamó la atención de Juan quien estando harto de todas las cosas horribles que venían sucediendo en su hacienda esta vez estaba prevenido con su escopeta cargada y a su lado en todo momento preparada para disparar.
— ¿Quién anda allí? — preguntó Juan Pablonal apuntando a la oscuridad con la escopeta mientras caminaba lentamente en esa dirección.
Su frente sudada brillaba en la penumbra de la noche provocando que enorme gotas de sudor resbalaran por su rostro murieron enredadas en su abundante barba vikinga mientras sus manos temblorosas apretaban su escopeta que se tambaleaba levemente de forma ascendente con cada paso que daba para aproximarse hacia esa sombra extraña que se ocultaba en la oscuridad traicionera. Su dedo en el gatillo se preparaba para disparar si era necesario para proteger a su familia de cualquier otra calamidad que los estuviera amenazando.
— ¿Eres tú Satanás? — preguntó temeroso luego de tragar con dificultad el grueso nudo que el miedo había provocado en su garganta — Sal y da la cara, cobarde.
De manera sorpresiva surgió desde la oscuridad el capataz de la hacienda respirando de manera agitada lo que hacia suponer que había estado corriendo fuertemente. Su ropa estaba curiosamente rasgada y manchada como si se hubiese estado arrastrando, se inclinaba un poco buscando aliento para poder hablar con el patrón que acababa de abandonar el día anterior.
— Patrón... Vienen por usted y su familia — dijo el capataz entre suspiros agitados buscando lograr respirar.
— ¿Quién capataz? ¿Quién osa perseguir a mi familia? — preguntó Juan Pablonal preocupado bajando la escopeta y ayudando al cansando hombre a sentarse.
— Los pueblerinos mi amo, los pueblerinos apoyados por el cura de la parroquia venid con antorchas y garrotes por vuestra sangre — dijo el capataz al sentarse en uno de los troncos que Juan cortaba para hacer leña.
— ¿No entiendo porque me perseguirían? — expresó Juan Pablonal sin entender nada.
— El cura ha confesado que usted ha hecho un pacto con el diablo y ahora todos lo culpan de el brote de cólera que ha matado a tantas personas en el pueblo mi señor — dijo el capataz.
— ¡Vil traidor! — dijo Juan Pablonal con rabia.
— Debe irse señor, si los encuentran acá los acusaran de brujería y los quemaran en una vulgar hoguera — advirtió el capataz tomando con su mano el brazo de su patrón.
— Yo no... no tengo a dónde ir — dijo Juan Pablonal agachando la cabeza apenado por la horrible situación económica por la que estaba pasando.
— No se preocupe patrón, yo puedo ayudarlo con eso — dijo el capataz sacando una llave de su bolsillo — Tome, estas son las llaves de mi cabaña en el bosque.
— ¿En el bosque maldito? — preguntó Juan Pablonal extrañado mientras recibía las llaves.
— Si mi señor, allí no los buscaran y podrán estar a salvo. Pero deben irse ahora mismo — dijo el capataz.
— ¡Gracias! — dijo Juan Pablonal con lágrimas en sus ojos y abrazándolo le dijo a su capataz — No tengo como pagarte.
— Solamente vayanse sin mirar atrás — dijo el capataz sonriendo.
Juan Pablonal y su familia se marcharon lo más rápido que pudieron de esa hacienda llevando consigo solamente lo que podían cargar con sus manos mientras corrían espantados entre la oscuridad de la noche. El capataz que le había entregado las llaves a Juan los veía desde la distancia sonriendo maquiavélicamente y con una expresión que reflejaba satisfacción allí parado en la oscuridad con su boca ensangrentada.
Los pueblerinos enardecidos llegaban minutos después a la hacienda Pablonal para encontrar solamente una propiedad deshabitada y una cosecha pudiéndose entre sangre putrefacta repleta de horribles moscas verdes que revoloteaban sobre las frutas y hortalizas mohosas.
— ¡Santo Dios Bendito! ¿Qué ha pasado aquí? — preguntó el padre mirando asombrado mientras dibujaba la señal de la cruz en su rostro utilizando su mano.
— Hemos llegado tarde, se han ido — dijo el verdadero capataz sosteniendo una antorcha.