"Por lo cual quisimos ir a vosotros, yo Pablo a la verdad, una y otra vez; pero Satanás nos estorbó." — Tesalonicenses 2:18.
Satanás tenía a Juan Pablonal justo dónde lo quería, en el momento exacto, cuando estaba más débil y cansado de tanto luchar contra esta insólita situación. Esa noche la familia Pablonal se vió obligada a caminar por horas hasta llegar al bosque maldito esquivando cualquier parte del pueblo temiendo que alguno los reconociera y los delatara, fue por ello que se arriesgaron por los caminos montañosos llenos de maleza indomable para llegar a su destino ingresando voluntariamente a esa zona endemoniada a la cual las personas asistían para realizar sus rituales satánicos así también como brujería, pero para alivio de la familia Pablonal esa noche no verían a nadie extraño en el bosque puesto que parecía estar desierto. Juan iba a la cabeza caminando delante de la familia cargando una antorcha para iluminar el sendero que debían seguir hasta que llegaron a la pequeña cabaña de madera, sin duda no era para nada parecido a los extravagantes lujos a los que estaban acostumbrados, pero por los momentos debía ser suficiente para salvar sus vidas de los pueblerinos que deseaban verlos arder en la hoguera, un giro bastante irónico de la vida si recordamos cuantas brujas quemó Juan en su rol como juez y verdugo de estas mujeres acusadas de tal cosa.
La madera rechinaba de manera tétrica al momento de ser pisada, la puerta producía ese sonido lúgubre tan característico el cual estremecía todo el silencioso bosque, la penumbra de la noche arropaba con misterio toda la pequeña vivienda, era hora de dormir y descansar, al día siguiente debían iniciar con el trabajo de siembra para poder abastecer de comida a la familia, tarea de la que los dos hombres se encargarían. La efímera lumbre de la vela que los alumbraba era la única iluminación en todo el oscuro bosque cosa que lo hacia mucho más perturbador. Juan veía con tristeza como su esposa e hijo temblaban de manera descontrolada producto del frío abismal que hacia esa noche en el bosque, puesto que apenas tenían sabanas para cubrir a la pequeña Viena quien era demasiado joven para soportar ese clima extremo.
— Os prometo que saldremos de esta adversidad — dijo Juan Pablonal tembloroso.
— ¿Como lo haremos padre? ¿como saldremos del infierno en el que estamos por tu culpa? Impío es vuestro corazón clamado en desgracia e inútil vuestras mano incapaces de cuidar a esta familia — respondió Valentin Pablonal al borde de congelarse.
— Aún conservo objetos hechos de plata como, una copa, anillos, collares, y cubiertos. Mañana los venderé para comprar muchas semillas con ese dinero — propuso Juan mostrando el contenido de su mochila tejida.
— ¡Si vas al pueblo te matarán! — expresó Venus Santa Cruz.
— Iré al pueblo vecino — dijo Juan comenzando a quitar los anillos de sus dedos para sumarlos al botín.
— ¿Sin hombres y sin caballos? — preguntó molesta Venus Santa Cruz — son mas de cinco días que tendrás que caminar.
— ¡¿Qué más puedo hacer?! — gritó Juan Pablonal completamente molesto — vuestras ingratas bocas no saben nada más que hacer si no quejarse.
— ¿Os quieres hacerme viuda y que sea Valentin el hombre de la casa? — expresó Venus Santa Cruz entre lágrimas.
— Seguramente haría mejor trabajo que nuestro estimado padre — dijo Valentin de forma despectiva.
— ¡Hipócritas! — gritó una vez más Juan expulsando algunas gotas de espuma a través de su boca — que vuestros traicioneros corazones sean devorados por el mismísimo diablo y sus almas sean condenadas al sufrimiento eterno, eso Os deseo con todo mi corazón.
Los gritos de la descontrolada discusión terminaron despertando a la pequeña Viena Pablonal quien abría sus ojos tiernamente mientras bostezaba y limpiaba sus ojos suavemente utilizando sus manos, la pequeña al mirar en dirección de la ventana gritaría de una manera espeluznante retumbando toda la cabaña haciendo que los corazones de sus padres y hermano se salieran de control cuando al voltear su mirada observaran con terror la cara de una niña que los espiaba a través de la ventana provocando también los agudos gritos de la señora Venus.
La pequeña niña asomada en la ventana reiría infantilmente mirándolos a todos y luego se iría de allí corriendo completamente desnuda atravesando el patio de la cabaña para desaparecer en la oscuridad del busque maldito dejando a la familia Pablonal temblando mucho más debido al susto que por el mismo frío descomunal en la zona.
— ¡Juan! — gritaba Venus entre llanto desesperado abrazando a su esposo — ¿qué fue eso Juan?.
— No lo sé, no lo sé, pero ya se ha marchado — dijo Juan tratando de controlar a su aterrorizada familia.
— ¿Quién puede andar desnudo en el bosque de madrugada, y con este frío tan fuerte que hace? — preguntó Valentin Pablonal completamente impresionado.
— Os ruego calma familia, yo seré vuestro cuidador esta noche vigilare montando guardia incesante en la entrada de la cabaña para que vosotros podáis dormir con tranquilidad — propuso valientemente Juan Pablonal tomando su escopeta y sentándose a un costado de la puerta para iniciar su guardia nocturna.
Al cabo de una hora la familia Pablonal dormía en el piso de esa cabaña en el bosque, estaban exhaustos y sus cuerpos se encontraban totalmente cansados de todo ese trayecto caminado hasta ese lugar, por su parte Juan luchaba contra el cansancio para no quedarse dormido mientras sus párpados pesaban cada vez más hasta que sin darse cuenta se había quedado dormido con la escopeta en la mano y su familia indefensa.
El sol comenzó a deslumbrar con su potente brillo los ojos cerrados de el dormido Juan que yacía tirado en el suelo de la cabaña. Una enorme bola de color rosado había aparecido extrañamente en su rostro así como también en muchas partes de su cuerpo, pero sería precisamente la que apareció en su rostro la más dolorosa de todas. Juan aún dormido podía sentir cómo ese horrible brote se hacia cada vez más grande hasta que algo se movió dentro de esa protuberancia despertando inmediatamente a Juan.
Toda la familia se encontraba limpiando el terreno adyacente a la cabaña para comenzar con la siembra de las escasas semillas que traían consigo las cuales eran realmente pocas, pero cualquier cosa sería aprovechada por esta hambrienta familia que moría de hambre.
— Gracias por cuidar de nosotros padre, ni siquiera eso puedes hacerlo bien — dijo Valentin mientras ayudaba a su madre a limpiar el terreno.
Juan miró apenado a su familia por haberles fallado una vez más y tomó su mochila tejida para emprender camino al próximo pueblo para vender esa plata que era lo único que quedaba en su poder, toda la riqueza, lujos, dinero, y pertenecias se habían esfumado de manera increíble en menos de tres meses desde que empezó esta pesadilla, pero ahora solo pensaba en comenzar desde cero junto a su familia.
El físico de Juan Pablonal había cambiado en gran medida, ahora su aspecto era el de una persona gravemente enferma con su piel pálida y de un color grisáceo similar a las cenizas acompañado de horribles protuberancias purulentas que abundaban en todas partes de su cuerpo, parecía un cadáver andante, era como si la carne de su cuerpo se estuviera pudriendo en vida.
Emprendió rumbo a través de ese bosque maldito que tantas cosas le había arrebatado de su vida mientras caminaba campante cargando en su espalda la mochila repleta de objetos hechos de plata para venderlos en el próximo pueblo. Luego de moverse aproximadamente una hora finalmente notó que estaba caminando en círculos y que no había manera de salir de ese bosque maldito. Juan estaba desquiciado, gritaba su desespero con locura rodeado de arboles, rocas y un silencio sepulcral que le llenaba el alma de tormento.
Le costó mucho, pero finalmente logró regresar a la cabaña dónde estaba su familia para dar la mala noticia, increíblemente la impresión negativa se la llevaría él a encontrarse a su esposa e hijos tirados en el suelo completamente deshidratados y bastante más delgados de como los dejo hace apenas una hora.
— ¿Dónde estabas? — preguntó la débil Venus Santa Cruz — al menos dime que has logrado vender la plata.
— ¿De qué hablas mujer? — preguntó Juan Pablonal totalmente asombrado — apenas me fui hace una hora y no pude siquiera encontrar el camino para salir de este maligno bosque.
— ¿Nos habías abandonado? ¡dí la verdad en el nombre de Dios! — reclamó Venus Santa Cruz — han pasado dos semanas desde que te fuiste, seguramente sentiste lástima por nosotros y por eso volviste.
— ¿Dos semanas? — susurró Juan Pablonal sin poder creer lo que su esposa le decía, pero al voltear su mirada notaría con asombro que efectivamente habian plantas que no estaban hace una hora cuando él se fue. Fueron sembradas por su familia, pero habían crecido marchitas, dando frutos secos y quemados.