EL PACTO CAPÍTULO 17 (FINAL)

2285 Palabras
 "Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero no la hallarán; y ansiarán morir, pero la muerte huirá de ellos." — Apocalipsis 9:6. Juan trataba de preparar algo de comer para su famélica familia que yacía tirada en el piso de la cabaña debido a lo débil que se encontraban. Rasgando los frutos secos que crecían en las marchitas plantas que crecían en el suelo del bosque, costaba mucho sacar los duros granos de maíz que parecían piedras en los resecos elotes provocando que Juan debiera utilizar una roca, los dientes, incluso sus uñas las cuales se desprendían de su podrida carne como si fuesen simples llagas que una a una fueron cayendo al suelo del bosque mientras este pobre hombre solo maldecía el nombre de Satanás, las resecas naranjas no contenía ningún tipo de pulpa en su interior solamente eran polvo gris de cenizas envuelto en cáscaras, y era realmente escaso lo que se podía aprovechar de estos frutos que al igual que el cuerpo de Juan Pablonal se estaban descomponiendo rápidamente desde adentro hacia afuera. Pero de todos modos Juan se las arregló para preparar algo de comer para su familia, una mezcla de granos duros y resecos junto algunos mínimos trozos de frutas que aún no se habían podrido serian suficientes para evitar que su esposa e hijos murieran debido a la deshidratación tan fuerte en sus cuerpos para lo cual también utilizó el último sorbo de agua que existía en su cantimplora para al menos humedecer sus labios en un intento desesperado por volverlos a la vida, su plan apenas funcionaria logrando que reaccionaran a medias siguiendo aún demasiado débiles cómo para levantarse inmediatamente. — Descansen, mañana a primera hora nos iremos de este infernal lugar — dijo Juan Pablonal a su familia luego de acomodarlos en el suelo de la cabaña para que durmieran. La noche cayó lentamente mientras Juan Pablonal apilaba toda la leña que podía cortándola con su pequeña hacha viajera que lo acompañaba a todo lugar. La piel perteneciente a la palma de su mano se quedaba adherida al mango de el hacha a medida que este la empuñaba para cortar la poca madera que pudo encontrar, pero finalmente funcionó para dar algo de calor a su familia. Su esposa ya se encontraba despierta al igual que su hijo mayor mientras la pequeña Viena continuaba dormida puesto que obviamente fue la más afectada. Alrededor de la fogata se miraban a los ojos sin expresión alguna, como si sus almas hubieran salido de sus cuerpos, como si ya se hubiesen resignado a dejar de vivir. — Mañana a primera hora debemos salir de este lugar — dijo Juan sentado en el piso y recostado de la pared. — La pequeña Viena sigue aún muy débil, no podrá caminar — respondió Venus Santa Cruz dejando escapar un par de lágrimas pero siguiendo inexpresiva en todo momento. — Debemos cargarla — dijo Valentin Pablonal sumándose a la conversación mientras yacía sentado en el piso con la escopeta de su padre en las manos — ¿no es eso lo que insinúas padre? — estoy cansada de esto, no entiendo porque tanta desgracia para esta familia — se preguntaba Venus mientras comenzaba a llorar en baja voz — ¿que hemos hecho para merecer esto? — Lo siento todo esto es mi culpa — admitió Juan Pablonal ahogándose entre palabras — lo siento, yo... lo siento. — Nadie tiene culpa de esto querido esposo, seguramente fue una bruja con una especie de hechizo quien ha provocado la mala suerte de esta familia — dijo Venus tratando de consolar a su esposo. — No me estáis escuchando mujer, sobre mis hombros llevo la culpa de condenar a esta familia incluso antes de ser concebida — confesó Juan Pablonal mientras algunas lágrimas recorrían su putrefacto rostro repleto de protuberancias purulentas. — No te estoy entendiendo esposo mío, será mejor en el nombre de Dios que te expliques ahora mismo — dijo Venus intrigada colocándose de pie sin saber si realmente quería escuchar lo que su esposo tenía que decir. — Hace 33 años hice un pacto con Satanás en el cual recibiría toda la riqueza que quisiera a cambio de el alma de mi familia — confesó Juan entre llanto. — ¡Lo sabía! — gritó Valentin Pablonal levantándose rápidamente y apuntándole a su padre directo a el rostro. — ¡Maldito seas Juan! — también gritó Venus Santa Cruz sumergida en una profunda rabia que carcomía su entraña — no mereces el perdón de tus pecados, tu muerte será insignificante con respecto al castigo que te espera en el infierno por haber condenado a tu familia. — ¿Crees que no lo sé? — preguntó Juan Pablonal ahogándose en la pena mientras lloraba como un niño sabiéndose merecedor del desprecio de su familia. — ¡Dispara Valentin! — ordenaba con vehemencia Venus a su hijo quien apuntaba a su padre con su propia escopeta — hazlo, acaba con la vida de este ser inmundo. Valentin Pablonal tenía en la mira el rostro de su padre completamente listo para disparar y que sus cesos quedasen desparramados por toda la cabaña como él lo había deseado desde hace tiempo cuando comenzó a fantasear con asesinar a su propio padre, pero pronto se daría cuenta que matar a una persona no era para nada fácil, y mucho menos si se trata de un familiar. El joven apuntaba tembloroso mientras trataba de buscar el valor para tirar del gatillo. — Hacedlo Valentin, me harías un enorme favor al sacarme de mi agonía — dijo Juan Pablonal allí parado frente al cañón de esa escopeta. — ¡Te estás pudriendo! — gritó Valentin Pablonal en medio de la tensión provocada. — Me pudro como el pedazo de excremento que soy — dijo Juan Pablonal mientras metía sus dedos en su boca para arrancan de manera muy fácil uno de sus dientes directamente de su encía demostrando la avanzada que estaba su descomposición en vida. — ¡Dispara! — gritó Venus Santa Cruz a todo pulmón aterrorizada por lo estaba observando. Justamente cuando se decidía a disparar un fuerte viento apagó de golpe tanto la pequeña chimenea como la lámpara que los iluminaba provocando los agudos y espeluznantes gritos de Venus Santa Cruz. Extraños golpeteos comenzaban a escucharse a través de todas las paredes de madera en la cabaña cómo si cientos de personas golpearan los leños al mismo tiempo, incluyendo el techo, horrorizando a la familia al darse cuenta que estaban rodeados. Los golpeteos cesarían inmediatamente dejando todo nuevamente en un silencio sepulcral que permitía escuchar hasta los mínimos latidos de sus corazones. Juan Pablonal se asomaría valientemente a través de la ventana para descubrir que a las afueras de la cabaña cientos de mujeres desnudas los asediaban paradas entre las sombras de los arboles dejando ver parcialmente sus siluetas con la luz de la luna. — ¡¿Viena?! — gritó espantada Venus Santa Cruz al darse cuenta que su hija no se encontraba en el sitio donde la había dejado. — ¿Dónde está mi hermana mamá? — gritaba Valentin llorando envuelto en pánico buscando con una de sus manos en la oscuridad mientras con la otra sostenía la escopeta. — ¿Viena dónde estás? — preguntaba Juan preocupado intentando encender la lámpara lo más rápido posible. Cuando finalmente Juan pudo encender la pequeña lámpara de aceite que apenas alcanzaba a iluminar la sala con dificultad comenzaron a buscar a la niña inmediatamente en todas direcciones. — ¿Escuchan eso? — preguntó Juan deteniéndose por completo tratando de adivinar de donde provenía ese extraño ruido. Era un sonido parecido al que producen los perros cuando al comer trituran los huesos con sus dientes para poder tragar con mayor felicidad. El ruido provenía de una de las habitaciones de la cabaña, así que fueron a ver de que se trataba entrando los tres al mismo tiempo a esa recámara. Valentin Pablonal era el primero en entrar apuntando con la escopeta en toda dirección y en todo momento. Una extraña figura se podía ver agachada en una de las esquinas de la habitación siendo levemente iluminada por la luz nocturna de la luna que entraba a través de la ventana. Tenía figura humana, parecía ser una mujer desnuda de piel blanca y cabello muy escaso, actuaba como un animal alimentándose del piso. — ¿Viena, eres tú? — preguntó Venus temerosa mientras todos observaban a esa extraña figura de espalda y agachada en un rincón de la habitación. Esa extraña cosa se dió vuelta abruptamente riendo como si se tratase de una anciana con demencia senil, su cuerpo era deforme y su piel escurría colgando gelatinosamemte, su cabello era escaso, horribles dientes afilados relucían salientes de su deforme rostro ensangrentado mientras reía con vehemencia. El pequeño cadáver de Viena yacía allí en el suelo con las vísceras comidas por ese horripilante engendro lo que provocó los gritos incesantes de dolor y rabia tanto de Juan como de su esposa mientras Valentin disparaba sin lograr darle a esa infernal criatura que de un salto huyó por la ventana llevándose consigo el resto del cuerpo de la niña. Venus Santa Cruz estaba en estado de shock arrojada sobre el piso en posición fetal llorando horrorizada, Valentin había agotado los últimos dos disparos de la escopeta, pero aún así deseaba salir a buscar a su hermana cosa que obviamente Juan Pablonal no quería permitir así que forcejeaba con su hijo en la puerta de la cabaña para evitar que saliera. — Dejadme salir, ellos tienen a Viena — decía desesperado empujando a su padre. — ¡Ella está muerta! — gritaba Juan para hacer entrar a su hijo en razón — no tiene sentido, si sales morirás también. — ¡Todo esto es tu culpa! — dijo Valentin Pablonal golpeando a su padre en el estómago con la culata de la escopeta dejándolo sin aliento en el piso mientras él abría la puerta para salir a buscar a su hermana desapareciendo en la oscuridad del bosque. Juan Pablonal escupía sangre de un color rojo muy oscuro proveniente de lo mas profundo de sus órganos mientras se retorcía de dolor en el suelo con sus brazos abrazando la zona donde fue golpeado por su hijo. A la distancia pudo oír los gritos y quejidos realmente inquietantes de su esposa, se escuchaba como si la estuvieran arrastrando, y por eso gritaba de esa manera tan perturbadora. Cuando finalmente Juan pudo levantarse al cabo de media hora después, se dirigió a las afueras de la cabaña para encontrar a su esposa enterrada de cabeza de manera que solamente sus piernas sobresalían de la tierra como si la hubiesen halando llevándosela al infierno directamente. Juan lloró arrodillado frente a las piernas sobresalientes de su esposa, finalmente lo había perdido todo, Satanás había logrado su cometido. Juan entró nuevamente a la cabaña arrastrándose con dificultad hasta llegar a la habitación donde habían raptado a Viena y allí se sentó recostado de la pared simplemente a mirar al vacío de la oscuridad. Al cabo de unos minutos, una horrenda cabra negra entro a la habitación caminando lentamente, pero aún así, sus pasos golpeando la madera retumbaba con potente eco todo el silencio de la solitaria y oscura cabaña. Juan no volteaba a ver esa extraña cabra que había salido de la nada y se encontraba parada a un lado de él inmóvil, él continuaba observando al infinito con una expresión de tristeza absoluta en su rostro. Una soga cayó repentinamente quedando colgada de la viga de madera que sostenía la estructura de la cabaña, el lazo de ahorcamiento le hizo entender automáticamente a Juan lo que debía hacer, este comenzó a llorar con un pesar enorme aceptando con dolor su inevitable fin. Se subió a una silla cercana a él y colocó la soga alrededor de su cuello para cumplir con el pacto poniéndole fin a toda esta locura que había iniciado hace exactamente treinta y tres años, fue entonces cuando entendió porque pasó tanto tiempo perdido en el bosque, Satanás solo quería que este momento llegara lo más rápido posible, suspiró profundamente para luego saltar directo a su muerte, pero la carne de su cuerpo estaba tan increíblemente podrida que no pudo quedarse suspendida en el aire con la soga al cuello sino que la cuerda cortó su garganta como sin se tratase de un trozo de queso decapitándolo inmediatamente cayendo su cabeza rodando por toda la habitación provocando un golpe seco al caer, luego un silencio abrumador enmudeció toda la cabaña de la cual se alejaba esa cabra caminando lentamente, unas horrendas manos de mujer se extendía surgiendo de la oscuridad para tomar la cabeza decapitada de Juan y llevársela entre las sombras. Valentin Pablonal se arrastraba con dificultad a través de un angosto pasadizo creado por la mínima separación entre dos enormes rocas en el medio de la nada mientras escuchaba la voz de su hermana del otro lado, lo que provocaba que continuara adelante empujando su cuerpo con fuerza hasta lograr salir de allí y llegar a un círculo de arena que parecía una pequeña laguna que se había secado. En ese lugar lo esperaba una cabra negra que lo miraba fijamente con sus perturbadores ojos amarillos, Valentin se arrodilló frente a ese animal haciendo reverencia. De pronto una tétrica voz muy peculiar se dejó escuchar diciendo. — Estoy viendo tu alma ahora mismo, sé que deseas volver a ver a tu hermana al igual que anhelas riqueza y fortuna, ¿está preparado para hacer un pacto? — preguntó esa voz hipnotizante llamando por completo la atención de Valentin Pablonal.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR