De esa manera pasarían algunas semanas. Ambas comenzaban a sentir como la piel de sus espaldas se desgastaba por mantenerse tanto tiempo en la misma posición. Se habían convertido en juguetes sexuales vivientes, cuyo único propósito era el de satisfacer sexualmente al demente jóven que las aprisionaba de esa manera tan inhumana. Perdieron la noción del tiempo, no tenían idea de cuantos días llevaban secuestradas, también perdieron la cuenta de cuantas veces Luciano las había violado. Sus vidas eran un verdadero infierno, en el que era realmente difícil no volverse loca. — Velika, vamos a morir aquí — Romina hablaba con voz muy preocupada mirando el estado tan precario en el cual se encontraban, sobre todo ella que no podía dejar de vomitar. — ¿Desde cuando tienes esas nauseas, Romina? —
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