El monasterio capítulo 3

1151 Palabras
 "En el corazón de todo hombre está el diablo, pero no conocemos la maldad del hombre hasta que el diablo es despertado." – James Oliver Curwood. – ¡Salgan de mi casa! – gritaba Tommy Negredo de manera ahogada mientras los vecinos trataban de brindarle auxilio Esas personas cooperaron para justos lograr regresar todo a la normalidad, pero sin dejar de preguntarse con intriga que había pasado en ese lugar, era un suceso increíblemente extraño, las paredes estaban humedecidas, como si hubiesen sido expuestas a una temperatura muy alta, en el techo podía literalmente verse salir humo aglomerado en la superficie sólida de la estructura, siendo una cantidad bastante grande para ser producto de cigarrillos, los desechos en el piso estaban esparcidos siguiendo un patrón demasiado abultado para ser producto de alguna cañería rota, y esa barra de hielo a la cual se ató utilizando su cinturón hacía que todo fuera aún más misterioso e inexplicable. Tommy Negredo, el hombre que fue sacerdote antes de ser policía, se encontraba completamente desnudo, sudando una cantidad exagerada de fluido corporal a pesar de estar aferrado con todas sus fuerzas a ese trozo enorme de hielo, como si estuviera abrazando con fuerza su ultima esperanza, al igual que aquella oveja trata de sujetarse con sus dientes de cualquier cosa al momento de ser llevada al matadero, de esa misma forma estaba adherido él. Sus vecinos amablemente le brindaron el apoyo necesario, limpiando su casa, abanicando el humo para dispersarlo fuera del apartamento, quitando la humedad de las paredes, incluso hasta bañando al pobre Tommy que seguía en estado de trance susurrando palabras que eran imposible de entender en su mayoría. Luego de meterlo a la cama con toda su casa nuevamente en orden, salieron de su casa satisfechos de haber hecho una buena obra por éste pobre sujeto, pero sin dejar de preguntarse extrañados ¿qué rayos había pasado dentro de ese departamento?, Sea lo que sea que hubiese pasado, solo él lo sabía. Sentado en su cama con el pijamas puesto, y su mirada arrojada con desánimo al infinito fondo en su habitación, Tommy Negredo estaba inmóvil, sin parpadear, con su boca ligeramente abierta, y escuchando con miedo en su corazón, esa voz demoníaca que volvía a oírse levemente, pero de forma ascendente susurrando su nombre, como una sutil brisa que vibra libre en el espacio. – Tommy... Tommy – se entendía claramente el susurro de esa voz demoniaca que llevaba años atormentándolo. Las manos en sus oídos, los ojos fuertemente cerrado presionando con rabia los párpados inferiores contra los superiores, sus dientes rechinando debido a la presión ejercida unos contra otros, su cabeza se tambaleaba de atrás hacia adelante al mejor estilo de los enfermos psiquiátricos, las sombras nuevamente comenzaban a acercarse a él trepando por las paredes de forma descendente, su corazón se agitaba más y más a medida que los susurros se hacían más rápidos, más fuertes, más cerca, estaba listo para ser atrapado. Cuando alguien comenzó a llamar a la puerta haciendo sonar el timbre con ese típico sonido característico hizo que Tommy pudiera abrir los ojos tranquilamente para darse cuenta que estaba a salvo, las sombras se habían ido, al igual que los susurros, y la voz demoníaca. El timbre seguía sonando de forma sucesiva dejando en claro la poca paciencia de la persona que se encontraba llamando a la puerta. – ¡Ya voy, un momento por favor! – gritó Tommy Negredo caminando a través del pasillo rumbo hacia la entrada principal para abrir la puerta. La figura de su padre muerto reflejada en el espejo lo hizo sobresaltarse arrinconándose de un brinco contra la pared tragando con dificultad el grueso nudo en su garganta mientras seguían llamando con insistencia a la puerta, el timbre no dejaba de sonar una, y otra vez lo que hizo reaccionar a Tommy luego de cerrar fuertemente sus ojos para dejar de ver esa horrible aparición al volver a abrirlos. Al abrir la puerta pudo darse cuenta que se trataban de los agentes Flores y Salgado, quienes venían por él para llevarlo al famoso monasterio donde su jefe, el oficial Perea le había ordenado infiltrarse contra su voluntad, tarea para lo cual necesitaba obligatoriamente volver a vestir esa sotana negra que un día juró con su vida nunca más volver a usar, pero la vida es un extraño ciclo que está siempre en movimiento, y que siempre se las arregla para sorprendernos, de allí parte la importancia de jamás decir esa palabra que a final de cuentas termina siempre siendo como una especie de maldición. – ¿Listo para irnos? – preguntó el oficial Salgado mientras mordía una goma de mascar de manera odiosa y sarcástica, obviamente Tommy Negredo no era de su agrado. – ¿Te encuentras bien Negredo? – preguntó el oficial Flores intrigado arrugando un poco su rostro mirando con preocupación el estado en el que se encontraba Tommy – te ves muy mal hombre. – Estoy bien, solo tuve una visita inesperada de alguien que desea verme urgentemente – dijo Tommy sonriendo de manera hipócrita momentáneamente para luego volver a su rostro de depresión absoluta – ¡Ya salgo!. Los agentes miraron sus rostros mutuamente de manera simultánea para generar ambos la misma mueca de extrañeza debido al raro comportamiento de Negredo. Finalmente se pusieron en camino al convento media hora después, el plan era simple, hacer creer a los directores del monasterio, que Tommy era un cura que deseaba volver a los caminos de Dios, con todos sus papeles y registros de su vocación pasada como clérigo de el pueblo donde nació, sería bastante fácil para él infiltrarse en las instalaciones para posteriormente investigar las razones de el misterioso asesinato de el religioso Ernesto Brompie. Los agentes Flores y Salgado dejaron a Tommy a varios metros del monasterio para darle las instrucciones finales. – Ya sabes Negredo, apenas tengas la información que necesitamos, sales de ese lugar y vuelves a la comisaría para hacer los respectivos arrestos, te recuerdo que es muy importante que las pruebas sean claras, y contundentes. ¿Entendido? – dijo el oficial Flores claramente mientras Tommy descendía del vehículo totalmente vestido de sacerdote. – ¿Cuando he fallado en alguna misión? – respondió con desprecio Tommy suspirando profundamente. – Ya vámonos Flores, este lugar me da escalofríos – dijo el oficial Salgado observando el monasterio a la distancia. Los oficiales finalmente se fueron dejando a Tommy Negredo frente a su destino, la iglesia volvía a aparecer nuevamente en su camino, como una fragancia que se impregna en tu piel, como una nube gris en el día más perfecto, como los latidos de tu corazón. Luego de respirar profundamente, y preguntarse así mismo, porque estaba haciendo eso, comenzó a caminar lentamente a ese monasterio, en ese momento no lo sabía, pero rápidamente se arrepentiría de haber puesto un pie en ese infernal lugar.
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