—¡No pienso escapar! —había exclamado la teniente de navío Ford. —Ni yo —había rematado la guardiamarina Dumier, aunque con voz menos firme. En su mayor parte los trabajadores humanos de las plantaciones tenían familia y comían con esta en sus respectivas casas, atendidos por cyborgs cocineros-sirvientes de los que estaban dotados los alojamientos. Por eso, por suerte para los tres oficiales, el comedor albergaba apenas una decena de «solteros», en concreto siete mujeres y tres hombres, que preferían estar juntos para comer en lugar de hacerlo en soledad en sus respectivos apartamentos. Espartaco y sus ayudantes había comprado en la caja de la cafetería el ticket de comida y luego se habían dirigido a la única mesa, con las dos oficiales por delante y su superior dos pasos más atrás, co

