| No es él |

1297 Palabras
Capítulo 8 Nicolle Ha pasado exactamente una semana desde esa noche. Los recuerdos llegan a mi en sueños, unos tan calientes como húmedos. He intentado dejar de pensar en Alexander algo que fue imposible para mí, lo intenté para desistir de mis planes, pero al parecer mis planes siguen en pie, más firmes que nunca. Sé que él sigue en Londres, lo sé por Rose. Aunque no lo he visto por la casa, aunque no he trabajado más que dos días ya que Rose y Tristán estuvieron fuera cuatro días. Es seguro que les ha dado privacidad a los recién casados. Se que pronto lo veré de nuevo, él vendrá a mí, porque yo no puedo ir a buscarlo. ¿O si? ¿Qué le diré? Oh, si. Ya se. ¿Recuerdas la noche que nos acostamos? Bueno, pues creo que deje mis bragas aquí y las necesito sin mis favoritas. Si claro, como si no tuviera para comprarme más bragas. Además si él las tiene sirve para que me recuerde. No puede olvidar esa noche, así como así. ¿O si?. Dios, me estoy partiendo la cabeza por ti. Maldito seas Alexander. Tu y todo tu atractivo. ¿Por qué Dios hace hombres tan guapos y no me deja tenerlos?. ¿Por qué lo hace tan cobarde como para no aceptar que esa noche no fue una simple noche?. En fin, hombres. Si no fuera tan bueno, si no tuviera esos ojos. Madre mía, necesito rezar, pero de rodillas ante el. Perdóname Dios, por está mente. Suelto un suspiro, quiero desaparecer de este lugar. Expresar mis pensamientos de otra manera. —¿Estás bien? —pregunta Andrés a mi lado. Oh sí, me invitó a salir a tomar algo con un grupo de amigos. No es que me agrade estar rodeado de ellos, pero era eso o quedarme en casa pensado en alguien que quizá no debería, pero aún así lo sigo pensando. Aunque al parecer salir no sirvió de nada. —Si, no te preocupes —respondo subiendo un poco el volumen de mi voz para que logré escucharme. —No me parece que estés bien, apenas has tomado una copa. Siempre tomas mucho más —murmura cerca de mi odio. —¿Acaso quieres emborracharme? —inquiero. —Quizás —responde llevando su copa a sus labios—. Tal vez así tenga suerte —añade. Le doy un codazo y él se ríe. —Eres un idiota, no volveré a salir contigo —le digo mientras el no deja de reírse —. Ya quisieras. —Pues sí, si quisiera —dice. —Aquí hay muchas chicas que te harían el favor —bromeo, mirando a nuestro alrededor. Pero no miento, hay muchas chicas que miran a Andrés y se les cae la baba. —Que mal, desde hace mucho que yo solo puedo ver a una —dice ahora más serio y mirándome con intensidad. Me llevo mi copa llena a los labios. Quiero que Andrés deje de tener esperanzas, no quiero estar con él. Pero si quieres estar con Alexander ¿verdad? —pregunta una voz en mi cabeza. Hay una gran diferencia, una muy grande. Alexander tiene algo que me hace querer mirarlo, él provoca un remolino en mi interior con solo mirarme. No soy una santa, pero el me hace perder el boleto que pudiera llevarme al paraíso del que se habla después de la muerte. Pero los dos serían inalcanzables. Andrés por su familia y Alexander nunca querría algo más contigo —dice la molesta voz. Mi pecho se aprieta y por un segundo me siento una tonta pensando en un hombre que solo conozco porque trabajo para su hija y con el que me acosté una sola vez estando borracha. Me bebo todo el contenido de la copa de golpe. Andrés sonríe y busca otra copa para mí. —¿Quieres bailar? —pregunta. No, no quiero. Quiero irme a casa y beber sola. Ahogar mis pensamientos con vino y aún en el maldito vino lo veo a Alexander. Mi mirada se desvía de Andrés cuando siento una intensa mirada sobre mi, una que hace arder mi piel. Mis ojos se encuentran con los del hombre que no puedo sacar de mi cabeza. Alexander me observa desde el segundo nivel del lugar, junto a él está el idiota de Ryan. A su lado están dos mujeres. Tenía que ser el imbécil de Ryan. Una de ellas está muy cerca de Alex, le acaricia el mentón, no la aparta, solo me mira. Siento algo extraño en el pecho, una mezcla de dolor y celos, porque esa chica podría ser yo. Esto va solo de deseo, solo lo deseas. Me repito. Pero él provoca ese fuego abrazador que tanto has buscado. ¿Cómo puedo callar la maldita voz de mi cabeza?. Es solo deseo. Un intenso deseo. Esa chica se derrite por él, tanto como yo me estoy derritiendo por dentro. —¿Nic? —la voz de Andrés rompe mi contacto visual con Alex—. ¿Qué ha pasado?. —Nada, me distraje —respondo con una media sonrisa. —¿Vamos? —me tiende su mano. La miro y antes de tomarla miro a Alex, solo un segundo. Andrés me guía al medio de la pista y yo me concentro en la música. Mi vestido se ciñe a mis caderas y se me sube un poco cuando levanto las manos, mi cabello va suelto, me muevo al ritmo de la música. No quiero pensar en el hombre que está con una mujer que no soy yo en este momento. Andrés rodea mi cintura, me pega a su cuerpo, su mano sube por mi espalda, despacio, su cuerpo se mueve contra el mío. Solo estamos bailando, pero en mi espalda quema una mirada, la siento arder en cada parte de mi piel. Me giro solo para verlo, mi espalda choca contra el torso de Andrés que se pega más a mi. Levanto la mirada y Alexander nos observa. Su mandíbula tensa, su mirada oscurecida, aprieta la copa en su mano con más fuerza de la necesaria. Me muevo contra Andrés aún de espaldas a él. Paso una de mis manos por mi cuello bajando hasta mis pechos. Lo noto, su respiración se acelera, su pecho sube y baja más rápido. Sonrió para mis adentros. La mano de Andrés se posa en mi vientre y entonces me gira para quedar frente a él. Su pecho sube y baja con fuerza, algunas gotas de sudor corren por su frente. Sus labios entreabiertos y esa mirada que conozco más de lo que debería. —Andres —murmuro cuando pega su frente a la mía. Hemos dejado de bailar, su cuerpo está pegado al mío. —¿Por qué Nicolle? —pregunta casi con dolor. Esa pregunta la he escuchado cientos de veces. —No soy para ti —respondo. Una respuesta muy estúpida, se supone que cuando quieres a alguien no te importa nada más. Entonces debería de decir: no te quiero o quizás si lo hago, pero no es suficiente. —Eres suficiente para mí —su mano sube a mi mejilla. —Andres, solo amigos… —A la mierda —gruñe, y me besa. Sus labios se buscan con deseo, su agarre en mi cintura se intensifica. Respondo, un poco por reflejo, un poco por la necesidad de sentir calor, un recuerdo de lo que Alexander provoca. Pero no es lo mismo. Alexander te hace mojar con un solo beso… no es él… sus labios no son los de él. No tienen esa intensidad que me hace perder el control, esa electricidad que me hace querer más. No es Alexander. Y estúpidamente eso empieza a doler un poco.
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