Sus manos rodeando mi cuello se sentía un completo calvario. Mi cabeza estaba apretujada contra la pared de pino, clavándome espinillas en ella. Mis pies no tocaban el suelo, y mis manos estaban forcejeando para liberarme. — Responde, maldita sea— Carraspeó y su aliento horrible casi me hizo vomitar. Su cabello anaranjado cada tanto rozaba mi frente, y sus ojos eran asesinos. Olía a sudor y su respiración era demasiado agitada. — No... sé... de... quién... hablas...— Balbuceé, con la voz entrecortada. Su agarre fue más fuerte, y me apretó mucho más la garganta. Las lágrimas ya comenzaban a resbalarse por mis mejillas acaloradas. — No te hagas la inocente, todos aquí son cómplices— Gruñó, dándome una serie de cachetazos leves contra mi pómulo izquierdo. Quería responderle, quería neg

