Meses atrás...
— ¿A dónde vas?— Preguntó mi madre, apenas toqué el picaporte de la puerta.
Levanté mi libro en señal de respuesta y ella levantó las cejas, como si eso no le bastase como contestación.
— El día está precioso para leer afuera, mamá.
— ¿No tienes pensado escaparte, verdad?— A pesar de que estuviese hablando en broma, sabía que consistía en una pregunta llena de preocupación.
— ¡Claro que no!
— Bien, no vuelvas tarde por favor.
Asentí con la cabeza y me marché, cerrando la puerta detrás de mí. Bajé las escaleras de la parte trasera de mi casa y me sumergí entre los arboles. Buscando alguno que me prometiera comodidad y que dejara que la brisa de la primavera acariciara mis piernas al descubiertas por mi pantalón corto de jeans n***o preferido.
Caminé lejos, ya que quería estar apartada de todo.
Con el libro apoyado en mi pecho, oí como cantaban los pájaros y que me acompañaban con su silbido pegadizo. La luz del sol me pegaba en el rostro por momentos. No hacía calor ni frío, el clima era estable y eso me encantaba.
En cuanto encontré el tronco, en el cual siempre me sentaba, me senté. Abrí mi libro en la pagina en la que me había quedado y comencé a leer.
— Con que Pétalos al viento ¿no es así?
Rápidamente aparté los ojos de mi lectura y levanté la vista en dirección a la voz.
Un chico de cabello castaño, totalmente despeinado y con ropa arrugada, estaba apoyado en un árbol a mi izquierda. Observándome con ojos penetrantes color grises. Tenía las manos dentro de sus bolsillos de pantalón n***o y las piernas cruzadas. Cerré el libro, y tragué con fuerza. Miré en dirección a mi casa, que para mi desgracia, ya quedaba demasiado lejos.
— Oye, no voy a secuestrarte— Dijo, al ver que me levantaba del tronco.
No dije nada, y comencé a caminar en dirección a casa, con pasos apresurados. Nunca lo había visto rondar por aquí, así que no me gustaba estar en un bosque con un completo desconocido.
— ¡Yo también leí ese libro!— gritó detrás de mí, pero comencé a caminar más rápido al ver que él no tenía pensado dejarme en paz.
Al día siguiente regresé al bosque para realizar mi rutina de lectura, y para mi sorpresa, él estaba en aquel tronco y leyendo lo que parecía el mismo libro que el mio.
Solté un suspiro, dando media vuelta para regresar a mi casa y continuar leyendo en el ático.
— No hace falta que te marches, es un lugar muy grande para leer los dos— Oí que me dijo.
Giré sobre mis talones y lo miré con el entrecejo fruncido.
— ¿De verdad has leído ese libro?— Pregunté, dando un paso hacía delante.
— ¿Por cual capítulo vas?
— Por el que dice "Vuelta a tiempos escolares"— Contesté dudosa, ya que no recordaba si así se llamaba realmente.
— Yo voy un capítulo adelantado, lo siento— Dijo, con cierta ironía— ¿Tú crees que Cathy y Chris deberían estar juntos? Sé que su madre los había encerrado en un ático para cobrar la herencia del padre de ésta, pero ¿tú crees que realmente existe ese amor a pesar de que sean hermano y hermana?
Su pregunta me llevó por sorpresa, y pude sentir como una sonrisa tonta iba naciendo en mis labios. Vaya, jamás pensé encontrar a alguien que le fascinara la literatura al igual que a mí. Hoy todo el mundo se droga y prefiere estar en f*******: y vivir en fiestas en vez de agarrar un libro y conocer lo maravilloso de él.
— ¿Cómo sé que no te has buscado un resumen por internet?
— ¿Y por qué haría eso?¿Para impresionarte?
Ahora mis mejillas se sintieron acaloradas y me removí algo incomoda ante su pregunta.
— ¿Vas a leer o te quedaras allí parada formulando algún tipo de respuesta?— Soltó, al ver que tardé demasiado en contestar.
Se deslizó hacía un costado del tronco, esperando a que me sentara a su lado, y cuando me había dado cuenta, ya estaba sentada junto a él y abriendo mi libro y apartando el separador.
— Me llamo Scott— Dijo, después de mantenernos en silencio por varios minutos.
Lo miré, apartando la vista de mi libro. Él me estaba mirando, con una expresión de calidez y de simpatía. Su rostro estaba algo cerca del mío y eso me hacía poner algo nerviosa.
— Soy la chica sin nombre.
Embozó una sonrisa, mientras dejaba de mirarme para observar cualquier otra cosa en vez de a mí.
— ¿No me dirás tu nombre? Eso es muy descortés de tu parte.
— No suelo darle mi nombre a los desconocidos.
— Tienes razón — Admitió— ¿Puedo colocarte uno?
— Sí es un nombre bonito, sí.
— Dudo que sea más bonito que tu rostro.
Aferré mis manos al libro, mordiendo mi labio y tratando de no sonreír como una tonta ante su comentario tan cursi. Pero, jamás me habían dicho algo.
— Eres un idiota— Solté, en un murmuro.
— Lo sé y eso me fascina.
Reí, y él me miraba otra vez. Ya no lo sentía como un desconocido y me gustaba estar así con alguien que compartiera los mismos gustos que los mios.
— Déjame ver como puedo ponerte...— dijo él, colocando uno de sus dedos por debajo de su mentón y fingiendo estar pensando— ¿Chica de cabello n***o?
—Creí que tenías más imaginación.
— Lo siento, no estoy muy inspirado ahora. Prometo encontrarte un nuevo nombre ¿bien?
— Lo espero con ansias.
Día tras día regresaba al bosque para hacer dos cosas en particular: Verlo y leer. Pero, llegué hasta un punto de olvidar mi libro porque en mi cabeza sólo merodeaba el nombre de Scott.
Era siempre así, me encantaba estar con él y vivíamos hablando de los que nos gustaba hacer y de lo que nos disgustaba.
Me fascinaba como se le formaban dos hoyuelos a cada lado de sus mejillas cuando sonreía y como sus ojos brillaban cada vez que me miraba.
Nos quedábamos en el bosque hasta que me daba cuenta que ya era tarde y tenía que regresar a casa. No debía preocupar a mi madre, no después de lo que le había pasado a mi hermana. Ella continuaba comparándome con Alia y como debía comportarme en varios aspectos. A veces, como si no se diera cuenta, me llamaba con su nombre y yo fingía que no la había oído, ya que no me animaba a enfrentarla. Sé que su muerte había sido muy doloroso para ella, así que no quería que por mi culpa se sintiera peor de lo que estaba.
Habían pasado años desde su muerte, pero, me dolía que no encontrara diferencia entre Alia y yo.
Una vez, se empecinó en convencerme de que tiñera de rojo el cabello o de rubio. Ella decía que me quedaría bonito con la tes de mi piel pálida, pero, ¡yo no quería!
Es como si tuviera la necesidad de convertirme en ella. Tenía la necesidad de convertirme en el espejo de Alia.
Yo era Amaris Ayelene Bartons y sé que llevaba su segundo nombre en su memoria, y era lo único que tenía ¡Nada más!
Había cosas que me disgustaba de mi madre, pero, eso no me impedía comprenderla por sus actitudes tan escalofriantes. Lo único que hacía yo era esquivar esas indirectas que siempre hacía sobre mi hermana y listo, no tenía la necesidad de gritarle.
Y por ahora, nada de eso le había contado a Scott, aunque me moría por decírselo. Pero prefería estar con la boca cerrada y mantener mis sentimientos bajo llave.
Cuando iba de regreso al bosque en una tarde de primavera, para encontrarme otra vez con él; No estaba y sólo había una nota pegada en el tronco que no tardé en despegar.
Estaré en el río Penderwood, si quieres puedes encontrarme allí ahora o morirte de deseos por verme, nena.
Dejándome llevar por mi instinto, comencé a caminar en dirección al arroyo que no quedaba tan lejos de mi casa. Estaba muerta de deseos por verlo otra vez, lo admitía.
Llegué al arroyo y no tardé en encontrarlo sentado en una piedra gigante, dándome la espalda. Llevaba una camiseta negra y pantalones negros. Estaba leyendo, con la espalda encurdaba, metido en su lectura.
— ¿Scott?
No se tardó en voltearse para encontrarme con su mirada, en cuanto me vio, su rostro se llenó de satisfacción.
— Sólo espérame unos segundos y estaré contigo— Me dijo, volviendo la mirada al libro.
Esperé varios segundos, y luego me sobresalté al ver que comenzó a chillar de felicidad.
— ¡Lo he terminado, mierda, lo he hecho!— Gritó, arrojando el libro al arroyo, y yo me petrifiqué al ver como éste se hundía y era arrastrado por el agua.
Me acerqué a Scott, algo enfurecida por haber tirado un libro al agua. ¿Qué clase de persona reacciona así cuando termina de leer uno?
— ¿Por qué lo has tirado?¡Yo también lo he terminado y no lo he arrojado a la basura!
— Es por eso que te he pedido que vengas. Aquí arrojo todos los libros que he terminado de leerme.
— Pero...es algo muy estúpido Scott...
Bajó de la roca de un salto y quedó frente a mí. Ni siquiera pude terminar de hablar, su simple cercanía me hizo callar.
— Cuando arrojo un libro al agua, y se lo lleva la corriente, la historia queda gravada en mi cabeza. Es una especie de "ritual".Ahora sé que Cathy y Cristhoper están juntos a pesar de que sean hermanos de sangre, para mí, cualquier tipo de amor es posible.
— ¿A qué te refieres con qué...?
Pero mi pregunta fue callada por sus labios que se pegaron a los mios. Sus manos ahora estaban a cada lado de mi mejilla. Mis brazos rodeaban su cuello, y abrí más mi boca para dar paso a su lengua.
Él me gustaba, como nunca antes me había gustado un chico.
Ahora sus manos habían bajado a mi caderas y me apretó más contra su cuerpo. Yo estaba cautivada e hipnotizada por su boca y también como trazaba con su dedo mi espalda, de arriba a abajo. Me presionó más contra él y yo solté un pequeño gemido de lo más profundo de mi garganta.
Agarrándome con sorpresa, me cargó entre sus brazos, pero no paraba de darme castos besos en el cuello.
— ¿A dónde vamos?— Pregunté con un hilo de voz.
— Ya veras.
No dejaba de caminar entre los arboles, y no me atreví a repetir mi pregunta de a dónde nos dirigíamos. En cuanto me bajó junto a un árbol, había comenzado a besarme otra vez. Mi espalda se apegaba a la fuerte y firme corteza de un árbol, y su pecho se pegaba al mio. Me envestía contra su cuerpo, como si no estuviésemos lo suficiente cerca. Ahora cada beso era un jadeo. El calor de sus labios, la presión de su lengua contra la mía, el sabor de su insaciable boca, el perfume que prácticamente me parecía una droga para mí, la sensación de sus piernas enrolladas contra las mías. Una de mis manos estaba en su cabello y la otra tocaba su espalda. Pero, por alguna razón, tenía que romper con aquel contacto. Quería dejar de besarlo para poder decirle lo que sentía por él, pero no me daba el valor para confesarcelo.
No aún.
— Ssscott...— Jadeé contra sus labios.
Y él, como un caballero, apartó delicadamente su rostro del mio.
— Te deseo demasiado— Logró decir, con la respiración entrecortada.
— Y yo a ti, pero estamos al aire libre y no quiero hacerlo en un bosque— Solté, algo molesta.
— Lo entiendo y no quiero que pierdas tu virginidad en un lugar que podría verte alguien. Sólo yo quiero tener el honor de verte.
Ahora me sentía muerta de vergüenza, ¿cómo podía saberlo...?Oh mierda, ahora me sentía peor.
— ¿Cómo sabes que soy...?
— Eres tímida, te gusta leer, apenas te conectas con el mundo y sobre todas las cosas, jamás has besado a alguien. ¿Te he puesto incomoda?— Preguntó vacilante al verme.
Era obvio que estaba incomoda y tenía la necesidad de que me tragara la tierra.
— Sí. Gracias.
— No era mi intención, nena.
— No te preocupes— Dije, mientras me apartaba de él y comenzaba a caminar en dirección a mi casa.
¿Y saben que es lo peor de esto? Qué no sabía dónde estaba, me encontraba mareada y me sentía un poco humillada.
— Por favor, no te enojes conmigo, Cathy— Rogó, con aquel nombre que me había puesto gracias al libro de Pétalos al viento.
— No estoy enojada— Dije, volviéndome hacía él— Sólo es que para mi la virginidad es valiosa y no la perderé con alguien que a penas conozco. Te quiero Scott, de verdad, pero aún no estoy preparada.
Él se acercó a mí, y tomó mi mano, y con la otra acariciaba mi mejilla.
— Te esperaré. ¡Por supuesto que lo haré! Y quiero pedirte una cosa antes— Se arrodilló, sin soltarme la mano y sin apartar sus ojos grises de mí. Yo contuve el aliento— Quiero que seas mi novia, mi chica y mi compañía de cada libro que lea.
Embocé una sonrisa y asentí con entusiasmo. Él volvió a levantarse y me besó con fuerza.
Pasaban los días, y yo no dejaba de ver ni un minuto a Scott. Besos, caricias y libros, esa era una relación y me encantaba.
No le había dicho a mi madre que tenía novio, no tenía la necesidad de decírselo. Ya habían pasado un meses en que él y yo estábamos juntos. Él era perfecto, educado y siempre me contaba las cosas que quería hacer para su futuro. No me hablaba de su familia y yo tampoco hablaba de la mía. No sé por qué no lo hacíamos, quizá porque no era interesante para ninguno de los dos.
Pero...ese fue el peor error que cometimos.
— Mamá...estoy de novia— Dije al fin, cuando estábamos terminando de cenar.
Mi madre había dejado de comer y comenzó a masticar la ensalada que tenía en la boca con lentitud y con impresión en sus ojos.
— ¿Qué?
— Sí mamá, estoy de novia y se llama Scott. Es lindo, educado y quiero presentártelo. No quería que lo supieras antes ya que no sabía si iba a durar, pero lo amo, mamá.
Hablé de forma rápida, por si se le ocurría interrumpirme. Y sentía como mi corazón latía con fuerza ya que no sabía como se lo tomaría. Pero, su reacción me estremeció.
— ¿Có-como es el apellido de ese tal Scott?— Tartamudeó, limpiándose la boca con una servilleta.
— Mmmm no lo sé...—Contesté, algo avergonzada por mi falta de información.
— ¿Cómo es él?¡¿Dime, como es su aspecto físico?!— Ahora estaba gritando, sacada totalmente de quicio y yo no paraba de hundirme en mi asiento.
— Tiene ojos grises y su cabello es casta...
— ¡Maldición Amaris!— Saltó de su silla y apoyó las manos en la mesa, esperando algún tipo de palabra que saliera de mí boca temblorosa.
— ¡¿Por qué te pones así?!— Logré decir, con los ojos llorosos.
— Quiero que vayas mañana mismo y te encuentres con él y hazme el favor de preguntarle su apellido.
Y sin decir más nada, subió a la planta de arriba, dejándome con el corazón en la boca.
Lo vería a las quince horas de la tarde, como casi todos los días. Mi animo estaba por el piso y sé que hoy no sería otro día más. Mi madre se había vuelto loca, y no comprendía por qué estaba así por saber el apellido de Scott ¿qué le pasaba? No me había dirigido la palabra en toda la mañana y me dolía que estuviese tan distanciada de mí.
A lo lejos, lo vi, sentado leyendo un nuevo libro que comenzamos a leer hace tres días atrás. Se llamaba La conspiración de juicio final del autor Sidney Sheldon.
Él levantó la mirada apenas sintió mi presencia. Se levantó para recibirme y yo apenas pude sonreirle. No podía estar alegre cuando mi madre y yo estábamos peleadas.
— ¿Sucede algo?— Me preguntó, cuando no le correspondí el beso.
— ¿Cual es tu apellido, Scott?— Pregunté, sin rodeos.
Él pareció sorprendido y sus cejas se arquearon.
— Bartons ¿por qué?
Me aparté de él, con la boca y con los ojos abiertos. Mi respiración aumentó y había comenzado a temblar, mis piernas se sentían como gelatina y las lágrimas empezaban a asomarse, mojando la comisura de mis ojos.
— Hey ¿qué pasa?— Ahora sonaba preocupado, pero no quería escucharlo.
No podía ser posible. Tenía que ser una pesadilla, un estúpida pesadilla. ¿Cómo no me di cuenta antes?¿Cómo no pude darme cuenta de que se trataba del mismo Scott?
— ¡Hey!— Repitió, colocando sus manos por encima de mi hombro y yo lo empujé con fuerzas para alejarlo de mí.
— ¡No quiero volver a verte!— Grité a todo pulmón, y entre sollozos.
— ¡¿Qué te pasa?!— Gritó aún más fuerte, tratando de ocultar lo dolido que estaba por mi actitud.
— ¡Soy tu hermana!¡Soy Amaris Bartons, la hija de Megumi y de Frank!— Jadeé, con un nudo en la garganta que me cortaba el aire.
Su rostro delató su malestar y ahora había entendido todo al igual que yo.
Eramos como Catherine y Christopher Doll en aquel libro que leímos juntos. Eramos hermanos de sangre...