El sol apenas comenzaba a asomarse por la rendija de la cortina. Una luz dorada y tenue acariciaba el rostro de Salomé, aún dormida, con el cabello revuelto sobre la almohada. Mateo la observaba en silencio, como si su mera existencia le bastara para llenar todos los vacíos que alguna vez tuvo. Ella se movió ligeramente, abriendo los ojos con lentitud. Al verlo a su lado, sonrió sin pensarlo. —¿Estás mirándome dormir? —murmuró, con la voz ronca y dulce del amanecer. —No todos los días amanece uno con la mujer de sus sueños —respondió él, rozando su nariz con la de ella. Salomé se estiró como un gato satisfecho y luego se acurrucó contra su pecho, respirando profundo. —No me quiero mover de aquí. Nunca. —No tienes que hacerlo —dijo él—. Podríamos quedarnos así… aunque sea un día más. U

