*DÍAS DESPUÉS* El pasillo olía a desinfectante y a culpa. A pesar del silencio, cada rincón parecía contener un eco de gritos pasados. En la habitación 207, un hombre herido, con la pierna enyesada, el torso vendado y el rostro demacrado, miraba fijamente el techo sin parpadear. Era el Cuervo. El agente Martínez entró sin hacer ruido. Llevaba en la mano una carpeta y en los ojos, ese brillo cansado de quien ha visto demasiado. —¿Cómo está la pierna? —preguntó, rompiendo el silencio. —Aún la tengo, ¿no? —replicó el Cuervo sin mirarlo—. Podría estar muerto… pero no lo estoy. Supongo que eso vale algo. —Depende de cómo decidas usar lo que te queda. El Cuervo giró la cabeza. Sus ojos se toparon con los de Martínez. No había arrogancia en su expresión, solo resignación. —Tú sabes lo que h

