—Hemos llegado —informa el conductor—. Gus y Emil, bajen la bicicleta.
Sus primos le hacen caso mientras que él sale para ayudarle a Patricio a bajar a la joven.
—No ocupo ayuda, yo puedo sola —ella intenta en vano moverse pues una punzada de dolor la inmoviliza en el instante.
—Ven, deja que te ayudemos. Es claro que no puedes sola.
Jasiel la toma en sus brazos y ella se abraza a él con las pocas fuerzas que le quedan. Por su parte Pat corre hasta la puerta de madera más cercana y toca con cautela, atrás de ella, Tita y la familia estaban reunidos cada quien haciendo diversas actividades mientras Fer en el cuarto adyacente cuida a Andrés.
—¿Diga? —pregunta Don Memo nada más al abrir la puerta, pero al poner atención se percata de la presencia de los chicos, dentro Tita y Lucia se dan cuenta de que algo raro pasa y acuden a la puerta—. ¡Dios mío, Zil!
El padre de familia corre asustado a encontrarse con el joven que yace cargado a su hija.
—¿Pero, ¿qué pasó? —inquiere al intentar tomar a su hija en los brazos.
—No se preocupe, yo la llevo —afirma Jasiel sin dejar de caminar hasta la pequeña casa de madera.
—Pase, pase, por aquí —los guía el adulto hasta dentro de aquel lugar que llamaban hogar, el joven obedece y detrás de él camina Patricio con el pequeño bolso de Zil, cuando entran las mujeres de la casa se sorprenden mucho al ver aquella escena —. Pónganla aquí.
—Papá, estoy bien, no se preocupen —intenta convencerlos en vano al mismo tiempo que Jasiel la ayuda a acomodarse en el viejo sofá.
—Alguien, explíqueme que está pasando —demanda Tita con suma preocupación.
Los dos primos se quedan mirando sin decir nada pues no es a ellos quien les corresponde decir lo que pasó, sin embargo, no dejan por sentado el panorama del lugar en el que se encuentran.
Afuera Gustavo y Emil revisan alrededor luego de recargar la bicicleta sobre la pared de madera al igual que sus primos caen en cuenta de la baja situación económica de aquella familia.
—Tranquilos, no pasa nada. Venia pedaleando bajo la lluvia y derrapé en una curva. Estaba tirada en el piso llorando de dolor cuando ellos amablemente se bajaron a ayudar —explica rápidamente por causa de los nervios. Intenta controlar sus emociones y disimular escondiendo el dolor que le causaron los golpes.
—Hija, pero tienes un golpe en la cara —dice Tita no creyendo ninguna de las palabras de su nieta—. Toma ayudará la inflamación. —Le acerca un trapo con hielo de afuera para ponérselo en la mejilla.
—No, Tita, fue cuando caí, fue espantoso. Me duele todo —asegura a la familia.
—¿Segura que estás bien?, si quieren podemos llevarla a una clínica o algo así, donde ustedes quieran —les ofrece Jasiel al ver la situación en la que se encuentran.
—¡No, no se preocupen! —se exalta Zil al oír la propuesta bien intencionada de el joven—. Con un descanso y unas pastillas para el dolor, estaré perfecta…
—Niña, yo creo que el compadre debería revisarte —le sugiere su madre que preocupada se mantiene a su lado acariciando su cabeza.
—No, mamá estoy bien… En serio.
Fer ajeno a todo lo de afuera al percatarse de las voces masculinas sale del pequeño cuarto de madera que ha sido conferido para el cuidado del desconocido.
—Disculpen ¿puedo ayudarlos? —inquiere Fer a los recién llegados.
—Hola, solo trajimos a la chica que encontramos, estamos esperando que salgan nuestros primos para irnos. —responde el rubio.
—¿La chica? ¡Zil! —los deja ahí para correr hasta donde su familia para encontrar aquella escena que no le da buena espina.
—¿Qué pasó? —pregunta nada más llegar.
—Nada, estoy bien. Caí de la bicicleta al venir. Ellos me ayudaron…
La corta y escueta explicación de Zil, deja a la familia insatisfecha mientras que su hermano le repasa con la mirada y observa todas las malluga duras.
—Disculpa hermana, pero no parece que te hayas caído de la bicicleta —dice Fer.
—¡No tengo por qué dar más explicaciones, ya dije que me caí y eso debería ser suficiente para ti y todos aquí!. —Zil alza la voz más de lo debido provocando que su pequeña hija, (la cual separada por una cortina de tal reunión tan peculiar), yacía dormida plácidamente hasta que se despierta asustada por aquel grito imprudente de su joven madre, que al oír sus quejas se disculpa y sale en la búsqueda de su amada hija.
—Sh, tranquila —le anuncia para que no se sobresalte son su presencia.
—¡Mami! —la nena al oír de nuevo a su mamá baja de la pequeña cama acercándose con brazos abiertos para abrazarla
—¡Cariño, te extrañé! —la voz efusiva y alegre de Zil le resultan agradables a la pequeña lo que hace que olvide el anterior susto.
—Hija —le llama Lucia—, los chicos ya se retiran.
—Está bien mamá, diles que esperen un momento ya salgo —Zil envuelve a su nena en brazos y la regresa a la cama, fuera hace mucho frío y está consciente de que puede enfermar—. Espérame aquí un momento ¿Sí? Maní viene en seguida, no te salgas si no, no te daré una sorpresa que te tengo preparada.
La niña entusiasmada por la sorpresa comienza a divagar con su madre sobre lo que es, Lucia que sale a pedirles a los jóvenes que esperen no los encuentra pues estos yacen fuera platicando con su esposo e hijo.
—¡Por favor, si ustedes saben lo que realmente pasó díganlo! —suplica Fer desesperado—. Mi hermana puede ser un poco testaruda con el único propósito de no preocuparnos, pero si su vida está en peligro es necesario que lo sepamos para ayudarla.
Los cuatro chicos se miran unos a otros tratando de interpretar con miradas lo que no pueden decir en voz alta. Es Gustavo el que toma la iniciativa de hacer una pregunta para saber las intenciones de la familia en ayudar.
—¿Y qué haría diferente el que supieran? —ve de inmediato que ambos padre e hijo se miran con sorpresa ante la cuestión expuesta y luego añade para asegurar lo que intenta decir entre líneas—. ¿Qué estarían dispuestos a hacer?
—Haremos lo que sea necesario —responde un joven arrebatado cegado por la ira al imaginarse sobre que o sobre quien va todo el asunto.
—¡Nada de eso! —le contradice Don Memo que ni pelo de tonto tiene y se da cuenta de lo que hablan—. Aquí no somos personas vengativas, por lo visto ustedes han sido testigos de lo ocurrido con mi hija Zil, pero sépanse que lo mejor que podemos hacer es cuidarla. La venganza en manos ajenas a las de Dios no augura un buen futuro para las personas. Y tú Fernando, deberías pensar un poco más antes de abrir imprudentemente la boca, nosotros nunca hemos sido vengativos ni antes ni ahora.
Cada quien siembra lo que desea cosechar. Si ese hombre ha vuelto a hacerle algo a mi hija, créeme que no quedará impune. Tarde que temprano le acontecerá el mismo mal que ha sembrado.
Fer apenado por su actuar agacha un poco la cabeza pensando en las palabras de su padre, en parte tiene razón, pero de alguna manera le gustaría que a ese hombre le hicieran pagar todo el daño que le ha hecho a su hermana.
—Lamentamos su situación —agrega Emil con cautela, no desea que las “profesiones” de su familia queden al descubierto—. Es cierto que nos hemos encontrado con una escena fuera de lo común en medio de la carretera, afortunadamente para su hija pasamos de casualidad. Sin embargo, estaría bien que pusieran una denuncia por lo que dicen esa persona la ha atacado con anterioridad y no es justo que se aproveche de ello.
—Lo haremos, ténganlo por seguro —confirma el patriarca—. Y a ustedes les agradecemos mucho la ayuda que le brindaron a mi hija, aquí tienen su casa cuando gusten venir.
Memo les estrecha la mano al igual que Fer y es cuando recuerda que no se han presentado.
—¡Por cierto, mucho gusto, muchachos! Soy Guillermo García Amor, para servirles. —Termina de saludar a los chicos quienes con entusiasmo responden con varias de las cortesías que se prestan para la presentación.
—Yo me llamo Fernando, y como dice mi papá les agradecemos la ayuda —les saluda de mano a cada uno y reitera las palabras de su progenitor—. Aquí tienen su casa para lo que se les ofrezca, si andan aquí cerca no duden en venir. Nuestra casa es su casa.
—El gusto es nuestro y no agradezcan, es un placer poder hacer algo bueno por otra persona —afirma Jasiel—. Nosotros somos primos, Patricio y Emiliano —señala a los rubios de la camada—, son hermanos. Él es Gustavo —señala a su primo que está parado a la orilla— y yo soy Jasiel Rivera.
Zil deja a su nena entretenida con un pulpito reversible y al cuidado de su madre, luego de cerciorarse que su hija está bien sale de la casa para agradecer a sus rescatadores. Observa a todos reunidos en un casi círculo, mientras escuchan atentamente a su padre.
—Hey… —llama su atención y todos giran sus cabezas para verla—. Solo quería agradecerles por… —un nudo se forma en su garganta y traga un poco para que pase—. Por ayudarme antes, fueron muy amables. No tenían que detenerse y, sin embargo…
El llanto que tanto intentaba controlar ahora sale a raudales por sus ojos cayendo por sus mejillas para por fin perderse en la tela de su pecho. Fer se apresura a ella y la abraza fuerte, Tita sale de la parte lateral de la casa con un cantarito de agua y se apresura a ella para darle de beber.
Los chicos que antes sospechaban sobre el posible maltrato que ya antes la chica había sufrido por parte del tipo de la carretera, al ver tal escena no pudieron sino comprobar que así era. Algo turbio le había pasado antes y ahora solo sufría un episodio de trastorno postraumático. Tenía todas las señales, ellos sabían reconocerlas y era claro que Zil era una de esas personas que las tenían.