Sinceridades

1037 Palabras
—Creo que es mejor que vayas a descansar, no estás bien Zil —afirma su hermano con cariño mientras la sostiene contra su pecho y ella llora.  —Espera —responde. Se aparta de su hermano y avanza a los cuatro primos que le habían rescatado—, no puedo más que agradecer por su ayuda. Si no se hubieran detenido, no sé qué hubiera sido de mí.  Jasiel, el mayo y líder de todos se acerca a la Zil. Esta extiende su mano para saludar, pero en vez de eso, él la toma de la mano y la acerca hacía su cuerpo. Ella se muestra un poco resiliente a su tacto, pero en cuestión de segundos siente una chispa de seguridad en los brazos del joven. Acepta el abrazo dejándose en volver por los brazos fuertes de Jasiel y le regresa el acto.  Jasiel envuelto por la valentía y la seguridad sobre lo que pasó se acerca al oído de la joven y le susurra algunas palabras que luego de momento le sacan una ligera sonrisa, pero no una sonrisa cualquiera, era algo más como una sonrisa de alivio.  —Gracias —responde Zil alejándose de los brazos de Jasiel y dándole un beso en la mejilla. Tal acto no puede pasar desapercibido para nadie y menos para el joven alto de ojos grises y piel canela frente a ella, que al hallarse en esa situación se sonroja. Ella al darse cuenta de que se ha expuesto decide hacer lo mismo con cada uno de sus salvadores y se acerca uno a uno a besarlos en la mejilla. —Gracias a todos, mi vida está en deuda con ustedes —dice cuando termina de agradecer uno a uno.  —Estamos en deuda todos —corrige Don Memo. Tita le acerca el vaso de agua a su nieta quien bebe con calma para luego encaminarla hacía dentro ya que se nota cansada y dolorida.  —Necesitas un baño, estas fría, mojada y dolorida —avisa Tita mientras ayuda a Zil a recostarse en el viejo sofá de la cabaña. —Sí, Tita linda. Me urge un baño y un par de diclofenacos —confirma mientras se soba el vientre.  Tita se percata que continuamente su nieta se toca el vientre lo que hace que se acerque para comprobar los daños. Le levanta la blusa en contra de su voluntad ya que se ella no se deja al principio, pero luego de un momento la deja, sabe que será una lucha interminable el no hacerlo.  —¡Santo Cristo! —grita Tita cuando nota los moratones en la piel de Zil y lo mallugado de su vientre.  Todos la escuchan y corren a donde ellas, en un momento la habitación se llena por todos los habitantes y visitantes, excepto el desconocido en la habitación de fuera.  Zil intenta cubrirse, pero es en vano, todos la miran.  —Debemos llevarla a con mi niño —sugiere Fer muy alarmado.  —¡Vamos! —dispone Don Memo muy preocupado. Saca las llaves de su vieja camioneta y las extiende a su hijo— Toma las llaves Fer, yo no podré manejar… Es claro que está muy preocupado por su hija y que los pensamientos vengativos se arremolinan en su cabeza. Aún se pregunta que pecado estarán pagando para que las cosas más malvadas le sucedan a su amada hija.  La madre de Zil quien yace cuidando a su indefensa nieta se preocupa, sabe que no debe salir con ella ni exponerla así que solo pide que la lleven con cuidado mientras ella y tita cuidan a el desconocido y a la pequeña.  Los Rivera piden llevarla a ella y a Don Memo acompañada de Emil, mientras los demás se van en la camioneta con Fer. El patriarca no muy seguro de ello lo acepta pues sabe que su hija irá más cómoda en la Pick—up que en su camioneta.  Fer los va guiando por el camino más corto hasta la clínica de su padrino, el Dr. Eduardo. Cuando llegan ahí la trasladan de inmediato a una pequeña sala para hacerle una radiografía. Todos se quedan en la sala de espera mientras revisan a Zil, con la desesperación a flor de piel. Don memo se queda meditando entre lo que es bueno y lo que es correcto, entre lo que debería hacer y lo que debe.  Al cabo de una hora aproximadamente tienen noticias de ella. Podrá ir a casa, pero debe estar en reposo, mantiene distintas contusiones en el cuerpo y este estará inflamado por algunos días. “Con el cuidado y medicamento adecuado se repondrá de la mejor manera” dijo el doctor de turno quien se mantuvo distante y frío con la situación.  Cuando preguntó que había sucedido Zil dijo la misma mentira que había intentado hacer creer a su familia, con la diferencia que aquí le creyeron con mucha facilidad. Mientras le entregan a Don Memo los medicamentos y las instrucciones, Fer intercambia números con los primos Rivera quien luego de eso se despiden pues necesitan llegar a Mazatlán esa misma noche.  Cuando salen de la clínica, la oscuridad comienza a opacar la luz hasta cubrir en su totalidad el cielo. Cuando llegan a casa ayudan a Zil a salir, llevándola hasta el sofá. —Cariño, ¿cómo estás? —inquiere su madre preocupada. —¿Y la nena? —pregunta como respuesta. —Bien, hija. Ella duerme —se acerca Zil acariciando su cabeza. Esta se queja y todos la miran con precaución. —¿Nos dirás realmente lo que pasó? —pregunta Memo con desesperación.  —Sí, pero antes solo quiero que sepan que no tomaremos ninguna represalia —afirma decidida a su familia. Todos asienten con la cabeza y ella toma una bocanada de aire para comenzar a hablar.  La familia escucha atenta todo lo sucedido mientras consuelan a Zil quien entre lágrimas y suspiros cuenta a detalle lo que pasó. Es ahí en medio de la tristeza, la sinceridad y el dolor que los corazones son sanados por el apoyo y el amor de una familia que, pese a toda circunstancia, se mantienen unidos y llenos de amor para dar. 
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