Estornudo.
Estornudo.
Absorbo mi nariz.
Mi garganta y nariz pican, mis ojos arden y están llorosos. Una gripe horrible me golpea casi terminando la semana y apenas puedo venir a trabajar hoy, me siento tan mal que lo único que puedo hacer es estar en mi escritorio tumbada con el cachete en la mesa y pañuelos a mi alrededor.
Ha pasado ya una semana de mi encuentro con Alan y las cosas no pueden ir mejor, nos vemos todos los días luego de su entrenamiento y mi trabajo. Mis sentimientos por él siguen como cuando nos conocimos hace casi tres años.
—Ah. Creo que alguien se está muriendo. —me dice América llegando a mi escritorio.
—No grites—mi voz sale peor de lo que creía la tenía.
—O ya está muerta—ríe recostándose justo alado de mi rostro.
—Gracias, América, por colocar tu hermoso trasero en mi rostro—le digo bromeando. Ella sonríe.
—Te gusta mi trasero, lo sé. —vuelvo a estornudar.—No deberías de estar aquí.
—No es que tenga muchas opciones, debo trabajar.
Mi celular suena. Me incorporo en mi silla y cuando abro la notificación es una noticia.
«Asesinato en la calle 34»
Me levanto de mi silla y tomo mis cosas.
—¿Noticia? —América me sigue por el pasillo.
—Un asesinato.
—¿Asesinato? —pregunta sorprendida.
—Sí, acaba de llegarme la notificación.
—¡Suerte! —me choca cinco América antes de salir del canal.
Nos dirigimos hasta la calle 34 tratando de esquivar todos los semáforos posibles. Cuando llegamos está completamente normal, no pasa nada.
Miro a mi alrededor saliendo de la furgoneta, observo mi celular para ver si me equivoqué, pero no. Todo está muy tranquilo.
—¿Estás segura que es aquí? —me pregunta Arthur bajando del auto.
—Claro—confirmo pasándole mi celular.
Camino hasta el frente de la furgoneta mirando al otro lado de la calle, pero nada, todo está sumamente tranquilo. Las personas caminan y los carros siguen con total normalidad en esta avenida.
De repente todo pasa tan rápido que no me da tiempo de reaccionar.
—¡Bella! —Sergio me aparta del lugar donde estoy y caemos en el asfalto tan fuerte que el dolor en mi brazo derecho es insoportable.
Alzo mi vista y un bus que estaba a punto de cruzar el semáforo está completamente aplastado por una valla que estaba justo arriba donde yo estaba. No entiendo nada, mi respiración se agita, mis oídos zumban, la adrenalina recorre todo mi cuerpo y empiezo a temblar.
Es una valla enorme y pesada, estaba justo arriba mío y venia directo a donde estaba parada.
Mi corazón late en mis oídos y mi garganta se cierra. Hace mucho tiempo no me sentía en peligro.
Y entonces reacciono, el autobús tiene gente, están tratando de huir, pero está botando gasolina y la valla suelta chispas que provienen de la electricidad en su interior. Me levanto rápido del piso y corro hasta el vehículo, las personas adentro están desesperadas. Tomo una rama de árbol gruesa y empiezo a romper los vidrios.
—¡Ven! ¡Por aquí! —le hablo a una chica quien tiene a un bebé en brazos el cual tomo y luego ayudo a la chica a salir.
—Gracias—está llorando y en sus ojos se ve la desesperación.
—Ve hasta allá—le señalo donde está yendo el resto de las personas.
—Gracias—repite alejándose de mí.
—Bella—Sergio llega hasta mí—La noticia—me toma por los hombros. —Están llegando otras televisoras y nosotros podemos tener la primicia.
Trago grueso, miro a Sergio y luego miro a las personas que están tratando de salir del autobús. No puedo, no puedo dejar que esas personas mueran asfixiadas o quemadas cuando yo puedo hacer algo al respecto.
Cuando intento acercarme nuevamente al incidente una voz me detiene.
—¡Bella! ¡Sal de ahí ¡—siento cómo alguien toma mi mano y corre conmigo al otro lado de la calle. Volteo el rostro y lo veo parado entre la desesperación de las personas.—¿¡Que mierda crees que haces!?
¿Qué hace él aquí?
—No, Alan. Tengo que ayudar—mi voz sale más ronca de lo que pensé.
Trato de zafarme de su mano cuando pasa. Alan me atrae a él y me abraza con fuerza, caemos al piso justo en el momento cuando el autobús explota. Por suerte estamos lo suficientemente alejados, pero aun así mis oídos zumban me aturdo tanto que me mareo.
—Explotó—murmuro—Y no pude hacer nada.
—¿¡Cuál es tu maldito problema con querer salvar a todo ser vivo que esté en problemas!?—Alan grita en mi rostro cuando ya estamos sentados en el piso. Mi respiración es irregular y mis ojos se llenan de lágrimas—Bella, lo siento—Alan me habla más suave.
—No pude hacer nada—lo miro a los ojos.
Me siento culpable por no poder hacer nada en salvar más personas.
—No es tu responsabilidad—se levanta del piso y me extiende su mano para levantarme. Suspiro—Escúchame—me toma por los hombros. Ahora me doy cuenta que estamos sucios y lleno de cenizas—No es tu culpa, no tendrías por qué estar aquí ¡Maldita sea! Me aterré cuando te vi ahí parada en medio de un desastre.
Mi estómago duele y tengo náuseas. Miro todo a mi alrededor, las llamas que calientan toda la cuadra y los bomberos llegando al lugar.
—Müller—Sergio y Arthur se acercan a mí—¿Estás bien? —pregunta Arthur. Yo solo asiento, estoy demasiado aturdida.
Luego del protocolo de dar testimonio a la policía, y ser examinada por paramédicos estoy camino al canal nuevamente.
Mi cabeza duele mucho y mi nariz se niega a dejar de bajar los mocos, mi garganta pica tanto que en varias ocasiones toso.
Alan viene en su camioneta detrás de nosotros, se niega a dejarme sola y más luego que los paramédico le dijeron que tengo una gripe fuerte y hay que cuidar que no se vuelta bronquitis luego de inhalar humor.
La primera en abrazarme apenas llego a la televisora es América, quien tiene una mirada preocupada que me conmueve.
Estoy en el salón de descanso con América, Alan, Jenna, Arthur y Sergio.
—No pude hacer más por salvar a esas personas—murmuro recostada en el sillón.
—Hiciste mucho—comenta Sergio.
—Tampoco pude ni hacer la nota.
—Lo importante es que ustedes están bien—comenta Jenna.
Yo estornudo y mi cabeza palpita más fuerte.
—¿Por qué ustedes estaban allá?—Alan habla por primera vez.
—Me llegó la noticia...—susurro. Mi garganta duele mucho.
Sigo sin entender mucho de lo que ha pasado las últimas horas.
La notificación que me llegó se trata de una comunidad de periodista que cuando sucede algo mandan una alerta de dónde y que está sucediendo, no sé cómo funciona exactamente, pero en el tiempo que llevo usándola, nunca ha fallado.
—Arthur, Bella y Sergio—entra Helen, la directora de la televisora, en pocas palabras la jefa de la jefa de la jefa. Todos nos acomodamos en nuestros asientos. Helen casi nunca sale de su oficina hablar con los reporteros, o con nadie, ella solo habla con personas de alto rango. Su vista va hasta Alan, supongo que sabe que es desconocido aquí. —Supe lo que sucedió—me mira—¿Están bien?—pregunta. Helen es de unos cuarenta y tantos años, tal vez cincuenta y es una señora bastante elegante e intimidante.
—Sí—mi voz sale muy ronca—Estamos bien todos—me levanto del sillón—Pero no pude cubrir la nota, señora Helen—mi voz sale tan mocosa que me avergüenzo. Miro al piso—Lo lamento, lo recompensare.
—No hay problema—levanto mi vista—Váyanse a casa—mira a Arthur y Sergio al otro lado de la habitación—Y tú—me dice a mí—No vuelvas hasta que no te cures de ese apestoso resfriado. No quiero que contagies a alguien.
Sale de la habitación resonando sus zapatos de tacón y yo vuelvo a respirar. Obvio que le tengo respeto, ella con un chasquido de sus dedos puede echarme.
Toso y absorbo mi nariz nuevamente, odio enfermarme.
—Ya la escuchaste, Bella—Jenna camina a mí y coloca una mano en mi hombro—Ve a casa. —sale de la habitación.
—Yo me voy—Arthur pasa a mi lado.
—Ve a descansar, Müller—Sergio aprieta mi hombro y sigue a Arthur.
—Bella—América y Alan se levantan para colocarse frente a mí—Vete, no quiero que mueras frente a mí—los tres reímos.
—¿Quieres que te lleve? —la voz de Alan sale tan suave.
—Traje mi auto.
—Pero yo no—América sonríe—préstame el tuyo, Alan puede llevarte.
La miro con cara de; ¿En serio?
Ella solo sonríe.
Busco mis cosas, le doy las llaves de mi auto a América y ahora estoy en la camioneta de Alan camino a mi departamento.
Tapo mi boca con un pañuelo cuando toso y estornudo.
—¿Quieres ir a un médico? —su vista la turna de la carretera a mí.
—No, gracias—recuesto mi cabeza en el asiento. —Se me quitará con un té de limón y paracetamol.
—¿Segura? —la mirada preocupada de Alan me causa tanta ternura.
Ya en mi departamento, Alan me deja para irse a entrenar. Algo que prácticamente le tuve que rogar porque quería quedarse conmigo.
Estoy tirada en mi mueble, con una taza de té de limón que me ha preparado Margot, (mi señora del servicio) humeando en mis manos.
Mi celular suena en la mesa del centro, el cual tomo viendo que es Ben.
—¿Dónde estás? ¿Cómo estás? ¿Qué pasó? —la preocupación de mi hermano es clara en su voz.
—Estoy bien—sorbo mi nariz. —¿Cómo te enteraste? —pregunto.
—Harry fue hasta el canal para recogerte, se consiguió a América y ella le conto, él me acaba de llamar. ¿Dónde mierda estás?
Se me olvidó por completo que había quedado en verme con Harry para cenar juntos.
—En mi departamento, ando algo...—antes de terminar mi frase los tonos que suenan del otro lado me informan que Ben ha colgado.
Tiro mi celular en la mesa nuevamente, me recuesto en el sillón para acurrucarme con la sabana que me ha dado Margot. Me siento tan mal, la temperatura de mi cuerpo está empezando a subir a pesar de que me he tomado algo para la fiebre.
******
—Señorita, Bella—siento que me mueven, pero el sueño es tan pesado—Señorita—reconozco la voz de Margot, pero la escucho lejana—Su hermano está aquí.
Despierto de mi breve siesta de enferma cuando escucho a Ben entrando a mí departamento junto con un grupo de personas. No sabía que él tenía tantos guardaespaldas.
Su rostro está descompuesto, la corbata la tiene desecha, y tiene un sobre amarillo en sus manos, es raro verlo así y más un jueves por la tarde. Sí he presentido estos días que algo anda mal con él, pero pensé que era el mismo virus que me estaba afectando a mí.
Aunque supongo que yo no me veo mejor.
Me estiro tratando de incorporarme, el dolor punzante de mi cabeza me está fastidiando. Estornudo nuevamente, lo que hace que mis ojos sigan llorosos y rojos.
Me siento un poco caliente.
Ben camina hasta el comedor y me mira, arruga sus cejas en señal de preocupación.
—¿Estás bien? —su voz es neutra—Siento que no estás bien. —en su rostro también hay rastros de gripe, pero más leve.
Siempre voy a maldecir esta conexión de hermanos mellizos, siempre nos enfermamos juntos, y no hay un momento que uno no presienta lo que al otro le está pasando.
—Tengo gripe, al igual que tú—camino hasta mi comedor.
Él me atrae a su cuerpo y me abraza, me abraza tan fuerte y protector que mi corazón se siente en casa.
—Gracias a Dios estás bien—susurra en mi oído.
—No fue nada, solo fue un accidente...
—No, Bella—me toma por los hombros y veo la preocupación en sus ojos. —Mira.
Toma el sobre amarillo en sus manos y saca lo que hay dentro.
Al principio no entiendo nada, hay fotos de Jazmín saliendo del hospital en Chapel Hill. Fotos de Aurora caminando por algún lugar de España.
Mis cejas se arrugan sin comprender nada y tomo una foto mía entrando al canal, si no mal recuerdo es de hace como tres días. Mi garganta arde tanto y mi cabeza palpita aún más fuerte, me atrevo a decir que puede ser migraña.
Pero lo que más me impacta es una foto de mi padre. Mi corazón se acelera y mi respiración se detiene cuando veo la fotografía del día que papá murió, está extendido en su auto como si fuera a manejar cubierto de sangre y sus ojos abierto. Mi mano empieza a temblar y llevo la que tengo vacía a mí boca.
Nunca vi ningún tipo de pruebas de la muerte de mi padre, nunca supe cuántas balas lo maratón o cuál fue exactamente la hora de su muerte, nunca quise saber ningún detalle y ahora ver estas fotos en mis manos me marean.
Mi mundo cae a mis pies y el dolor en el pecho vuelve luego de tanto tiempo.