Corrieron sin mirar atrás, jadeando, con el pecho ardiendo y los pies llenos de lodo, hasta que por fin divisaron el muelle entre la neblina espesa del atardecer. El sonido del agua golpeando la madera y el lejano motor de un barco fueron como un canto a la libertad. Ahí estaban. Varios botes se mecían con suavidad, listos, esperando, como si el destino les hubiera tendido una última mano. Pero el alivio duró apenas un segundo. De pronto, Aidé soltó un grito desgarrador. —¡Ahhh! Se tambaleó y cayó de rodillas. Su pie derecho había pisado mal entre las tablas sueltas del muelle. Se torció con un crujido sordo. —¡Aidé! —gritó Serena, corriendo hacia ella. La tomó entre los brazos, su rostro palideció al ver el tobillo ya hinchándose. —¡Es un esguince! —confirmó, aterrada—. ¡Maldició

