Los gritos desgarraron el aire como un eco de tragedia inevitable. El disparo resonó con fuerza, pero el destino —por una mínima, milagrosa fracción de segundo— se inclinó a su favor. La bala no alcanzó su blanco. Fue esa explosión la que permitió a Mateus moverse, casi como un espectro entre el humo y el caos, para tomar a Mariel entre sus brazos y sacarla de allí. —¡Ve por ella! ¡Ve por tu hijo! ¡No te detengas! —gritó Aidé, su voz rota por una mezcla de rabia, desesperación y un dolor que apenas comenzaba a nacer. Sus ojos se encontraron por un segundo. Y en esa mirada muda Detrás de todo, Aidé sollozó en la cama. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que se le rompería en el pecho. No pudo evitar sollozar. El miedo era tan crudo, tan real, que apenas podía respirar.

