Serena llegó pronto a ese puerto, y apenas puso un pie en tierra firme, una brisa fría le erizó la piel. Era como si el viento le diera la bienvenida con una bofetada helada. Sus piernas temblaban, no solo por el clima, sino por la incertidumbre que la envolvía. Una ciudad nueva, un mundo extraño, un lugar sin rostros familiares ni recuerdos que la cobijaran. Estaba sola. Completamente sola. Y por primera vez en mucho tiempo, lo sintió en los huesos. Sus pasos resonaban sobre las losas húmedas de la ciudad costera. Caminaba sin rumbo fijo, con una maleta en la mano y un alma desgarrada en el pecho. El invierno comenzaba a asomarse, y todo parecía gris, frío, y lejano. Como su futuro. —Papá… —susurró—. Te extraño tanto… Nos arrebataron todo. Pero lo hice por nosotros, porque somos inocen

