Al día siguiente.
Serena abrió los ojos con un jadeo que cortó el silencio. Su cuerpo dolía como si hubiera sido golpeado por una tormenta, y su cabeza era un caos de punzadas y confusión.
El techo familiar de su habitación en la cabaña le pareció un espejismo.
¿Cómo podía estar allí? ¿Había soñado todo?
Con el corazón latiendo con fuerza, se incorporó de un salto. El dolor en su costado le arrancó un quejido, pero no se detuvo.
Miró alrededor.
Todo estaba inquietantemente igual: los muebles rústicos de madera, la cortina de cuadros que cubría la ventana, y el aroma suave a pino que siempre la tranquilizaba.
Sin embargo, el silencio era demasiado profundo, demasiado opresivo.
—¿Cómo puede ser? —murmuró en un hilo de voz que parecía no pertenecerle.
El suelo frío le recordó que no llevaba botas.
¿Quién las había quitado?
Su piel se erizó al pensar en él, en la mirada oscura y salvaje de la bestia que la había cazado.
«No dejaré que me mate, no sin luchar», se prometió mientras se agachaba para tomar un cuchillo del cajón.
Era pequeño, pero su hoja era lo suficientemente afilada para defenderse.
«Si tengo que morir, al menos lo haré peleando».
Con pasos lentos, casi felinos, avanzó por el pasillo hacia la cocina.
Su respiración era irregular, y podía escuchar los latidos de su corazón retumbando en sus oídos.
Entonces, un sonido rompió la calma: utensilios tintineando. Se asomó con cautela, y lo vio.
Leonid Volko estaba en la cocina. Estaba de pie, tranquilo, con las mangas de su camisa arremangadas y sus tatuajes a la vista.
Cocinaba, como si estuviera en su propia casa.
Serena observó cómo apagaba el fogón con calma y servía algo en dos platos.
El terror y la ira se mezclaron en su pecho como una tormenta desatada.
Su mente no podía procesar lo que veía.
¿La bestia cocinando? ¿Por qué no venía a matarla de una vez?
Las palabras de su padre resonaron en su mente como un eco lejano:
«Si la vida te pone contra una bestia, no dudes. Ataca primero, sin piedad».
Serena decidió que no se quedaría esperando.
Con un grito desgarrador, se lanzó hacia él, blandiendo el cuchillo con todas sus fuerzas.
La hoja brilló un instante bajo la luz tenue antes de que la mano de Leonid atrapara la suya en el aire.
El impacto fue brutal. El cuchillo cayó al suelo con un ruido metálico, pero Serena no se rindió.
Golpeó, pataleó, arañó como un animal acorralado.
Leonid, con la calma de un cazador experimentado, la inmovilizó contra la pared.
Sus brazos fuertes la rodearon como un cerco infranqueable.
—¡Maldito miserable! —escupió Serena, mientras las lágrimas ardían en sus ojos.
Leonid inclinó la cabeza, su mirada fija en la de ella, como si quisiera penetrar su alma.
—¡Serena, basta! —su voz era un gruñido bajo, pero contenía un poco de cansancio—. No soy tu enemigo. Te salvé la vida.
Las palabras fueron como un balde de agua fría.
Serena dejó de luchar, su respiración agitada empañaba el aire entre ellos.
Sus ojos buscaron los de él, y entonces lo reconoció.
Ese hombre. El hombre al que había salvado una vez. El hombre que había robado su primer beso.
—¿Tú? —susurró con incredulidad, antes de gritar con rabia—. ¡Volko!
Leonid sonrió con esa mezcla de burla y peligro que la hacía estremecer.
Dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal.
—Sí, ese soy yo. Leonid Volko. Tu salvador, Serena.
Ella apretó los puños, temblando de frustración y miedo.
—¿Dónde está mi padre? —gritó de repente, su voz quebrándose—. ¡¿Quién quiso matarme?!
Leonid se apartó, dándole la espalda.
Sus dedos recogieron el cuchillo del suelo, pero no lo dirigió hacia ella. Lo sostuvo en sus manos como si estuviera sopesando algo más grande, más oscuro.
«Antes de castigarte por los pecados de tu padre, voy a divertirme contigo, Serena. Descubriré quién eres realmente. Y cuando lo haga, sé que Viktor se revolcará en su tumba».
Finalmente, se giró para mirarla.
Su rostro había cambiado; la dureza en sus ojos era un reflejo de algo más profundo.
—Lo siento, Serena —dijo, con una voz sorprendentemente suave—; Tu padre ha muerto.
Las palabras golpearon como una bala directa al pecho.
Serena se tambaleó, sus piernas cedieron y cayó de rodillas.
—¡No es cierto! —sollozó con desesperación—. ¡Papá!
El grito desgarrador llenó la cabaña, haciendo eco en las paredes como un lamento de otro mundo.
Serena se llevó las manos al rostro, sus lágrimas cayendo en cascada mientras su mente se resistía a aceptar la realidad.
Leonid la observó desde arriba, inmóvil.
Una parte de él, la parte que alguna vez fue humana, se tensó ante el espectáculo de su dolor.
Pero la otra, la bestia que había jurado vengar a su familia, lo disfrutaba en silencio.
«El pequeño mirlo ha perdido sus alas», pensó con una sonrisa sombría mientras la joven se desmoronaba frente a él.