De Ermitaño a Salvador
Albert Carrigan se mantenía inmóvil a pesar de que la temperatura estaba al menos varios grados por debajo de cero, pero su férrea disciplina y resistencia natural venían a ayudarlo en los momentos más difíciles de su vida, aunque a veces parecía que no había salida.
El Alce estaba a más de doscientos metros de distancia, pero estos animales tenían un excelente olfato y un oído extraordinario, era muy difícil moverse sin que lo notara el animal y éste saliera huyendo, poniéndose fuera del alcance de su rifle Sauer S404. Éste tenía un alcance de unos 160 metros con precisión y en eso era muy bueno, pero hubiera preferido tener un rifle de francotirador, a esa distancia sería un juego de niños matar a ese animal.
Miró de nuevo por la mira, el animal seguía acercándose, pronto estaría en el rango de tiro seguro, entonces tendría más comida para el largo invierno y otra piel más para vender. Albert era uno de los pocos tramperos que hacía vida permanente en las heladas montañas de Alaska, donde sólo había una corta temporada que hasta era ridículo llamarla “verano” porque no era caliente para nada, pero sí desaparecía la nieve a baja altura y se veían árboles y arbustos con flores y también se descongelaban los ríos y lagos.
Ya llevaba en esas regiones cerca de veinte años, después de la muerte de su amada Mary, su pérdida, unida a otras pérdidas hicieron de Albert un ermitaño, había decidido desaparecer del mundo civilizado hasta donde pudiera, y las inhóspitas montañas de Alaska le habían dado ese refugio que buscaba.
Había servido en los marines durante unos veinte años, como franco tirador y como jefe de operaciones especiales, ascendió rápido por su férrea disciplina y su persistencia, además de sus notorias habilidades con las armas de todo tipo y el combate en general. No había nadie en su regimiento que le hubiera ganado una pelea. Incluso había escapado de un campamento rebelde en Afganistán matando a varios guardias con sus propias manos.
Albert sentía el frío aun debajo de su pesado abrigo, pero seguía sin moverse, se quedó mirando al hermoso animal por la mira telescópica, ya casi estaba en el rango óptimo de alcance, poco más de ciento veinte metros. En eso el animal se detuvo y movió las orejas en todas direcciones, Albert rogó que no fueran los lobos, sino podría ir despidiéndose de su presa, los lobos harían que huyera de inmediato.
Movió el rifle para mirar hacia donde había volteado el animal, sabía que el instinto de éstos era casi infalible, así que escudriñó entre los arbustos y escasos árboles que había en esa dirección, podrían ser algunas personas, quizás otros cazadores, porque justo en esa dirección quedaba una carretera que unía dos pueblos relativamente grandes, y uno de ellos estaba cerca de la frontera con el vecino Yukon Canadiense.
De repente notó que una persona corría tropezando en el irregular paisaje y en la nieve, pero no se detenía a pesar de que se veía que estaba cansado, Albert miró con cuidado y olvidándose del alce ajustó la mira para ampliar más la imagen, por fortuna había llevado la misma mira que utilizaba para rifles de largo alcance del ejército.
Era un hombre bastante delgado, se veía que no era muy alto, como entre un metro sesenta y cinco a un metro setenta, iba mal abrigado por cierto, llevaba una chaqueta gruesa que le funcionaría bastante bien en los estado más fríos de norteamérica, pero no como para este mar infernal de nieve casi perpetua. Llevaba unos guantes de cuero liviano y unos pantalones de mezclilla. ¡A quién demonios se le ocurría caminar por esa montaña en esas condiciones!
Era solo cuestión de tiempo que el frío hiciera mella en su resistencia y en su físico, luego caería congelado como un pescado en el lago Helado del norte en pleno invierno. Pensó que quizás se había accidentado su auto en la carretera, pero si fue así, ¿qué demonios hacía corriendo como loco en esa dirección, y subiendo?
Eso le pareció muy extraño, porque nadie que conociera este territorio haría eso a menos que lo estuviera persiguiendo una fiera salvaje, la carrera podía matarlo si se le congelaban los pulmones. Decidió ver si lo seguía algún oso o los lobos, era difícil ayudar a esa distancia, estaba a más de doscientos metros.
En eso vió a otros dos hombres, mucho más corpulentos que el que iba delante, obviamente lo perseguían, eso no le gustó para nada a Albert, los dos sujetos no le inspiraban la menor confianza y fuera de eso no eran autoridades, aquí la policía y los rangers siempre iban uniformados. Los dos sujetos parecían gorilas o guardaespaldas.
Decidió acercarse, detrás de él corría una zanja en esa dirección más o menos, eso lo acercaría a unos cien metros o menos, se levantó con cuidado, miró hacia donde estaba el alce, pero éste ya había desaparecido en el bosque. Bajó hacia la amplia zanja y corrió varios metros, cuando llegó al lugar que calculó que estaría más cerca de ellos subió la cuesta y se apostó con el rifle listo por si acaso cualquier cosa.
Lo que vió ahora le gustó mucho menos, el sujeto delgado estab en el suelo y los dos gorilas le apuntaban ahora con sendas pistolas de alto calibre, ajustó la mira para ver más de cerca, y en ese preciso momento al sujeto se le cayó el gorro que llevaba puesto y una larga melena quedó expuesta al frío viento que lo hizo ondular. ¡Era una chica!
Ahora si que Albert sintió como la ira le iba llenando el pecho como si fuera una suerte de volcán ardiente que llenaba con lava un angosto recipiente, los sujetos se reían al ver a la chica tratando de recobrar aliento e intentando levantarse, pero cuando casi lo había conseguido, uno de ellos le dió una patada en el pecho, la chica cayó hacia atrás hecha un ovillo.
Ellos volvieron a reír y levantaron las armas para apuntar mejor, obviamente con la intención de disparar, eso no lo iba a permitir él. Rápidamente se escucharon un par de detonaciones del rifle de alto calibre.