Mustafa Conduje por las avenidas frías del palacio con las manos apretadas en el volante. El motor rugía como mi odio: constante, necesario. No soporto a ese bastardo; desde el primer día, cada gesto suyo me recordaba que mi lugar había sido usurpado. Pensé en papá, en la manera en que lo miraba con amor y en Alessia, que ahora dormía en la cama de Suleiman como si nada. Me devolvió el veneno anoche, esa perra se está dejando follar por él, ella también me traicionó. Llegué a la oficina con la coraza puesta: traje impecable, pasos medidos. Abro la puerta y allí está él, Suleiman, detrás del escritorio como un rey en su trono, mirando un mapa con la calma de quien no teme a nada. —¿Para qué quieres verme? —pregunté, clavándole la vista, sin dejar que se notara la tensión en la garganta.

