Toda la tarde estuve con Helena, charlando en la terraza mientras buscábamos en internet nombres para el bebé. Pasamos horas desplazando la pantalla, leyendo significados, origen, historia… pero ninguno me convencía en lo más mínimo. Cada nombre me sonaba ajeno, distante, como si no perteneciera a ese pequeño ser que se movía con fuerza dentro de mí. Cuando cayó la noche, cené con mis padres y Nikolaos. Maxi había informado a las sirvientas que se sentía muy mal del estómago —aunque todos sabíamos que más que dolor era enojo— y de Lyra no había rastro en toda la casa. Intenté disfrutar la cena, pero había una tensión suave en el aire, como si algo se estuviera preparando. Hasta que mi padre dejó los cubiertos con un sonido seco, casi ceremonial. —Lo he estado pensando mucho —dice Strav

