Alessia Terminé en el jardín con Selim, y el muy bribón decidió que era el momento perfecto para saltar directo al barro. Intenté detenerlo… pero cuando me lanzó esa sonrisa traviesa, ya estaba perdida. En menos de un minuto ambos estábamos cubiertos hasta las rodillas, el vestido arruinado, el pelo pegado a la frente y Selim riendo como si el mundo le perteneciera. —¡Mírame, sultana Alessia! —gritaba, chapoteando con los pies, salpicándome a propósito. —¡Eres un desastre! —le respondí riendo, intentando atraparlo, pero él se escapó y me lanzó otro montoncito de barro—. ¡Eh, pequeño traidor! Cayó al suelo riéndose a carcajadas y me acerqué a limpiarle un poco la cara con mis manos también sucias. Él me miró con esos ojos brillantes, tan parecidos a los de Suleimán cuando deja de ser un

