—No te necesito para nada —dije molesta, sintiendo cómo la voz me temblaba de rabia—. Criaré a mi hijo yo sola... Ya me dejaste claro que no te importo. —Mi hijo es un sultán —respondió con esa soberbia que me erizaba la piel—. Y tú sigues siendo mía, Alessia. —¿Tuya...? —solté una carcajada amarga, mirándole con desprecio—. Sí, claro... soy un polvo fácil, ¿no? Una diversión para tu ego, la tonta que caía cada vez que chasqueabas los dedos. Él dio un paso hacia mí, y por un instante creí ver algo en su mirada, una chispa de duda... pero se desvaneció enseguida, reemplazada por esa maldita arrogancia que lo definía. —No te atrevas a hablarme así —gruñó, su voz grave y contenida, como si luchara por no perder el control—. No sabes lo que dices, Alessia. —Lo sé perfectamente —repliqué s

