Suleiman Estaba verdaderamente enojado. No solo molesto… furioso. La sala olía a sangre y miedo; los guardias ya habían retirado el cuerpo, pero la mancha oscura en el piso seguía allí, recordándome cada detalle. La sirvienta estaba muerta. Lana había mordido exactamente el lateral del cuello, un punto preciso… mortal. No fue un ataque caótico ni desesperado. No fue un mordisco al azar. Fue ejecución. Yo conozco a esos animales. Una perra común muerde brazos, piernas, hombros. Pero Lana… Lana fue directo a la arteria. Eso solo lo hace un animal entrenado para matar si recibe una orden o detecta una amenaza. Azhar entró a la sala, muy serio. —Sultán… —me dijo con cautela—. La criada murió al instante. No sufrió. La mordedura fue… precisa. —Lo sé —respondí sin mirarlo. Tenía las man

