El plan

1031 Palabras
–Siéntate –dijo, señalándole la sala de estar–. Haré café.     Félix, la única persona en el mundo que odiaba a Pedro D’Angello un poco más que Enzo, entró en la cocina y desapareció. El joven tomó asiento en uno de los sillones, cansado, un poco más tranquilo ahora que no estaba en la mansión.    Soltó un suspiro, se desabotonó un poco la camisa y se miró las manos mientras escuchaba los sonidos del hombre que hacía café. Había sentido que se asfixiaba. Entre aquellas paredes que habían sido testigos de los días más horribles de su infancia, había sentido permanentemente que una mano le apretaba el cuello.     ¿Cómo podría vivir allí? El empapelado le recordaba la sangre que en algún momento había manchado esas paredes. El silencio le parecía estruendoso, como si gritara. Los muebles parecían reacios a darle la bienvenida. “No perteneces aquí”. Era como si toda la mansión lo señalara y murmurara eso. “No eres parte de esta familia. Vete”.     Pero no se iría. Lo quemaría todo, si era necesario, para que su mente dejara de imaginar murmullos, para que su memoria olvidara los gritos, los golpes y la sangre.     Félix regresó de la cocina con dos tazas humeantes de café y las apoyó sobre la mesa. Enzo alzó el rostro para agradecer con una sonrisa cansada. Aquel hombre le había servido demasiadas tazas de café. Lo había rescatado de la calle, alimentado y enseñado todo lo que sabía. En resumen, lo había convertido en un hombre.     –¿Y? ¿Cómo se sintió volver? –preguntó, alzando las cejas mientras se sentaba.     El paso del tiempo había arrugado su rostro y blanqueado su cabello, pero su mirada seguía siendo la mirada inteligente y despierta que sido siempre. Su cuerpo también estaba en buen estado, como si el tiempo solo se hubiera ensañado con su rostro.     Enzo sonrió y bajó los ojos. Se distrajo rodeando la taza con las manos.     –Horrible –dijo, con un tono sincero.     –Me imagino que sí.     –Todo seguía igual. Los muebles, las paredes… Incluso el ama de llaves.     Enzo la recordaba bien. Siempre clavaba los ojos en él con una mirada culpable, pero nunca le dirigía la palabra. Obedecía las órdenes del “señor” aunque eso significara encerrarlo y dejarlo días sin comer.     –¿Y él? –preguntó.     El joven creyó ver que un brillo ansioso aparecía en su mirada. Un odio tan fuerte que, si lo dejaba libre, podía volverlo loco. Félix nunca le había contado con claridad por qué odiaba tanto a Pedro D’Angello, pero después de años de convivencia, Enzo había comprendido superficialmente algunas cosas. Rita D’Angello. La mujer a la que él, años atrás, había considerado su madre. Todo tenía que ver con ella.     –No despierta –dijo, tensando los hombros y apretando la taza de café–. Está conectado a un respirador y duerme como si no fuera… un hijo de puta.     Félix apretó los dientes y se forzó a beber café. Después de un sorbo y algunos segundos, su mirada pareció calmarse.     –¿Qué hay de su hija? –preguntó, con curiosidad–. ¿La conociste?     Esbozó una sonrisa ladeada, amarga e irónica.     –¿Que si la conocí? Fue casi la única persona con la que hablé. No dejó de gritarme.     Félix esbozó su propia sonrisa, bebió otro sorbo de café mientras sus ojos se perdían más allá de la mesa.     –Es igual que él, entonces…     –Idéntica –masculló–. El mismo carácter. La agresividad constante, como si estuviera resentida con el mundo. El odio en la mirada. La manera de gritar. Todo es idéntico, salvo el echo de que es mujer y está en silla de ruedas.     –Tenía miedo de que se pareciera a ella –murmuró, con la mirada perdida en otro sitio.     –¿Miedo?     Félix pareció regresar a la conversación, de pronto, arregló sus palabras con una sonrisa. Se encogió de hombros antes de beber otro sorbo de café.     –Si se pareciera a su madre, sería todo un poco más difícil –dijo, sin explicar nada.     Enzo no preguntó, porque de todas maneras comprendía y porque no quería hablar de Rita frente a él. Se apagaba cuando alguien mencionaba su nombre. Parecía perderse en recuerdos y regresaba un poco más anciano, con la mirada un poco más ensombrecida.     Sabía lo que quería decir, porque a él le pasaba igual. Era más fácil odiarla si se parecía a la persona que más odiaba en el mundo. Era su hija. Su aspecto y su actitud se lo recordaba continuamente, y recordarlo le bastaba para sentir el deseo de destruirla junto con todo lo demás.     –¿Qué sigue? Ahora que te mudaste –preguntó Félix, antes de beber todo su café de un sorbo.      –Acostumbrarme a la casa, supongo –dijo, con una mirada fría que parecía atravesar la mesa–. Romper a su hija, hasta que ya no tenga deseos de luchar por nada. Poner todo a mi nombre. Y echarlos.     –Y rezar por que ese hijo de puta se despierte –añadió el anciano–. Tiene que ver que se ha quedado sin nada.     –Se despertará. La basura es lo que más resiste.     Se despertaría, seguro. Enzo lo esperaba con tanta ansiedad que, algunas noches, soñaba con ello. El viejo abría los ojos y, en los sueños, él siempre estaba ahí. A veces, le sonreía con crueldad. A veces, se abalanzaba para ahorcarlo. A veces… simplemente se quedaba paralizado y se convertía de nuevo en el niño que había sido.     Pero solo eran sueños. Hacía mucho que había dejado de ser ese niño. Había crecido con una sola idea en la cabeza: vengarse. De niño asustado había pasado a ser un adolescente con un deseo y luego un hombre con un plan.     Toda su vida giraba alrededor de aquel fuego que no podía apagarse con nada. Ya era demasiado tarde para intentarlo. Era mejor dejarlo arder. Dejar que se expandiera y lo consumiera todo. A todos.     A la casa.     Al viejo.     Y a ella.
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