Montón de mierda

1013 Palabras
–No puede salir, señorita… –balbuceó una de las criadas que estaba de pie en la puerta–. Son órdenes…     Daniela las observó de hito en hito, con una mirada incrédula que había olvidado brillar de ira. Miró sus rostros, mientras las cinco clavaban los ojos en el suelo. Todas vestían el uniforme de servicio y recogían sus cabellos de la misma forma, como clones idénticos. Sus miradas brillaban con miedo y, sobre todo, con vergüenza.     –¿Órdenes? –preguntó, procesando las palabras. Sus labios comenzaron a formar una sonrisa crispada.     –Órdenes del señor…     –¿El señor les pagará el sueldo a partir de ahora? –dijo, entre dientes. Una de ellas asintió.     –Ha amenazado con despedirnos…     –Les ha prometido un bono a fin de mes –añadió la voz de Elena, con reproche. La muchacha se giró para mirar al ama de llaves mientras las demás intentaban esconder un rubor en sus rostros–. Ni yo he podido hacer que se muevan de allí.     –Déjenme pasar o no tendrán ni bono ni trabajo –dijo, con la voz un poco más furiosa.     –El señor dijo que es peligroso para usted si sale –balbuceó una de ellas–. Dijo que la última vez intentó hacerse daño…     Daniela sintió que la furia ardía en su estómago y sobrepasaba a la vergüenza. Ignoró los ojos sobresaltados del ama de llaves y clavó una mirada fulminante en las sirvientas.     –¡¿No se moverán?! –gritó, mientras su rostro se contraía en una mueca de rabia–. ¿Quieren recibir ese bono mientras están en prisión?     –El señor dijo que usted diría eso…     –Dijo que él es su tutor y que legalmente…     –¡No es tutor de nadie! –gritó, sintiendo que su furia llegaba a tope y que su corazón latía tan de prisa como si quisiera salir del pecho y golpear personas.     Porque ella no podía. No era capaz de levantarse de la silla y abrirse paso a empujones, ni siquiera podía dar tres pasos sin caerse. Todo lo que podía hacer era enfadarse y gritar, pero a nadie le importaba. Estaba encerrada. Tanto legal como físicamente, encerrada en la mansión y encerrada en ese maldito cuerpo.     Sus ojos se llenaron de lágrimas furiosas, pero no derramó ni una mientras daba vuelta a la silla de ruedas y se alejaba de allí a toda velocidad. “Aunque quieras salir, no irás a ningún lado”. Sonrió, saliendo al jardín trasero con una mirada vidriosa.     Se detuvo debajo de dos árboles, alzó los ojos hacia el cielo y los cerró un instante mientras el viento la despeinaba. Intentó que su corazón dejara de golpear su pecho. Intentó tragar o contener la rabia. Pero, incluso cuando la brisa fresca bailaba a su alrededor, continuaba sintiendo una asfixia insoportable. Algo que la destrozaba y ardía. Una impotencia que la hacía querer llorar de rabia.     Abrió los ojos y dejó que sus manos guiaran las ruedas por encima del césped. Solo se detuvo cuando aquel edificio, semi oculto por árboles y enredaderas, apareció frente a ella. El quincho que su padre había hecho construir para ella después del accidente. Las barras de rehabilitación, las colchonetas para estirar los músculos, los instrumentos para hacer gimnasia.     Daniela nunca había usado nada de eso. Sus ganas de ponerse en pie (sus ganas de vivir) se habían evaporado junto con el eco de aquellas palabras: “no volverá a bailar”. ¿Para qué ponerse en pie, si no podía hacer giros ni saltos? Lo único que había deseado después del accidente había sido morir. Los había intentado y todas las veces alguien la había detenido.     La rabia que ardía en su pecho, lentamente, se convirtió en dolor mientras miraba el edificio. Un dolor insoportable que estaba seguido por recuerdos. El escenario lleno de gente. Los aplausos de cortesía antes de empezar la función. La oscuridad profunda que parecía abarcar el mundo, el silencio absoluto, y, entonces, las luces. Los reflectores como un haz que las cegaba por un instante y las transformaba en los únicos seres que existían en ese momento y en ese lugar.     Y luego la música. Tan fuerte que no le permitía escuchar nada más, tan profunda que llenaba todos los rincones de su pecho. Entonces solo quedaban el cuerpo y la música. Desaparecían los espectadores y alguna historia se contaba con los pasos de baile en aquel lugar del mundo, el único lugar del mundo que parecía iluminado y donde la música podía sonar así.     Un relevé, un arabesque y un grand battement en rond. La descaída de la música y el final. El silencio, el estruendo de los aplausos, las luces. Y volver a la realidad con la sensación de que se había estado, por un rato, en algún sueño.     Daniela limpió con brusquedad la lágrima que se había deslizado por su mejilla sin permiso, enfadada con sus recuerdos. ¿Por qué no se borraban? ¿Por qué no podían desaparecer? Apretó los dientes y giró la silla para regresar a la mansión. Pero sus manos fueron quedándose sin fuerzas.      “Aunque quieras salir, no irás a ningún lado”. Una mezcla de voces hizo eco en su mente. “Tus funciones llenaban los teatros”. “Tu padre pidió que se te declarara… incapacitada legalmente”. “No puede valerse por sí misma porque sus piernas no funcionan”.     Se aferró a los aros de la silla hasta que sus nudillos se volvieron grises y el dolor que sentía, lentamente, volvió a convertirse en rabia. Se giró hacia el edificio que esperaba entre las ramas de los árboles, lo miró con tanta intensidad como si lo desafiara.     No quería depender de nadie. Sobre todo, no quería depender de ese imbécil. Tutor legal, qué montón de mierda. Por primera vez, dirigió la silla hacia aquel sitio que no se había usado nunca.     No se dio cuenta de que la estaban observando.
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