Episodio 20

1212 Palabras
POV RÒSE Vestidos, zapatos y joyas. Habíamos visto todo eso y más. Las chicas habían renovado por completo su vestuario y, de paso, habían hecho lo mismo conmigo. Aunque intenté pagar todo con mi dinero, ellas se opusieron rotundamente, alegando que no era necesario, que era un regalo de parte de ambas. Un regalo bastante costoso, si se consideraba la cantidad de ceros que tenía mi nuevo guardarropa. Pero a ellas no les importaba. Trabajaban duro y se daban estos lujos sin pensarlo dos veces. En cambio, yo sí me fijaba en cada gasto, en cada cifra. No me gustaba que gastaran plata en mí, pero sabía que o lo aceptaba… o compraban aún más cosas. Con ellas era así, o aceptabas o perdías. —Tienes que ponerte más linda de lo que ya eres —dijo Rozana con ese tono que no admitía réplica. —¿Para qué? —pregunté, confundida, mientras sostenía un vestido frente al espejo—. Es solo una inauguración del hotel de ustedes. A mí nadie me dará importancia. —Eres importante para nosotras —se adelantó Alana antes de que Rozana abriera la boca—. Y lo sabes. Si nosotras vamos a estar deslumbrantes, tú también debes estarlo. Ninguna puede brillar menos que la otra. Daisy llegará en unas horas. Cloe será la única que no venga, decidió quedarse cuidando a mi madrina. —¿Cómo está la señora Bloper? —pregunté, intentando sonar casual, aunque el tema me preocupaba. Ella era, de algún modo, el sostén emocional de todos. Si algo le pasaba, todos lo sentíamos. —Está mejor —respondió Rozana, mirándose al espejo con un vestido entre las manos—. Aún no saben qué tenía exactamente, pero al menos se está recuperando. Tobías se aseguró de que siga cada indicación médica al pie de la letra. No hay manera de que se escape de los estudios. —Ese niño es todo un Bloper —dijo Alana, sonriendo con orgullo—. Tiene la tenacidad y la inteligencia de todos ellos. —Y el encanto —agregó Rozana, riendo—. Con esa sonrisa puede manipular a Alana como ninguno. —¿A mí sola? —Alana la miró de reojo. Rozana giró el rostro, haciéndose la distraída. Las dos sabían perfectamente que eran igual de débiles ante los encantos del pequeño Tobías. Y yo no pude evitar sonreír. Si ese niño ya era así, no quería imaginarme lo que haría cuando creciera. Sería la perdición de cada chica que se cruzara por su camino. —Bueno, bueno, mejor sigamos con lo que falta —cambió el tema Rozana, caminando hacia la salida de la tienda. Ya había ordenado que enviaran todo al hotel, así que no teníamos que cargar con bolsas—. Se suponía que el idiota de mi hermano, Emmet, Henry y tu esposo iban a venir con nosotras. —Se fueron a comprar los trajes por su cuenta —contestó Alana con una sonrisa traviesa—. Saben que si venían, no terminábamos nunca. ¿O acaso crees que Stefan fue a buscar a Daisy y a mi hermano solo porque sí? Sabía que se venía una jornada eterna de compras cuando mencionaste la palabra vestidos. Rozana rodó los ojos, encogiéndose de hombros, y yo las seguí en silencio. Nunca había tenido amigas. Y aunque técnicamente ellas eran mis jefas, se sentía diferente. Ellas eran… hogar. Pertenencia. Calidez. Me habían adoptado sin pedírmelo, y aunque nunca lo diría en voz alta, las amaba por eso. Seguimos de compras hasta que el hambre empezó a surgir. Decidimos almorzar algo antes de que los chicos vinieran a buscarnos. En el aire se respiraba expectativa. Faltaban solo unas horas para la inauguración del hotel, y aunque quería relajarme, una parte de mí seguía tensa. Por dentro, aún sentía ese vacío inexplicable, esa sensación de estar a punto de enfrentar algo que no entendía del todo. Algo… que tenía que ver con Liam. POV LIAM —¿Así que te acostaste con ella? La pregunta de Henry me tomó completamente desprevenido. El saco que tenía en las manos resbaló y cayó al suelo. —¿De qué hablas? —solté, intentando sonar indiferente. Henry soltó una risa baja, de esas que solo usa cuando sabe algo que no debería. Miró alrededor, asegurándose de que Adriel estuviera lo suficientemente lejos, entretenido probándose trajes. —No me digas que Stefan no te contó quién era la chica con la que te acostaste —dijo con una sonrisa—. Pensé que al menos eso te lo habría dicho. Lo miré confundido. Stefan me había dicho que era una chica cualquiera. Que no había sido nada. Que no tenía sentido recordar. —Si vas a decir algo, dilo ya —le advertí, cruzando los brazos—. No tengo paciencia para tus rodeos. Henry se encogió de hombros, aunque sus ojos tenían ese brillo incómodo de quien está a punto de soltar una bomba. —Ròse. El mundo se me detuvo por un segundo. Ròse. Su nombre sonó en mi mente como un eco, llenando cada rincón. Y, de pronto, todo encajó. Los sueños, los flashes, las sensaciones que había estado teniendo las últimas semanas. No eran sueños. Eran recuerdos disfrazados de sueños. “No recordaremos nada de esto mañana.” “Jamás podría olvidar esta noche, ninfa.” Las palabras me golpearon como un puñetazo en el pecho. Me lo había dicho. Ella sabía que lo olvidaría, y aun así, lo había hecho. —Tendrías que habérmelo dicho antes —le reclamé, caminando de un lado a otro, con el corazón acelerado—. ¿Cómo pude olvidarme de algo así? —La verdadera pregunta es por qué lo olvidaste —dijo Henry, serio por primera vez—. Vi el video, Liam. Vi lo que pasó. Y te juro que ni tú ni ella estaban en condiciones normales. Esas bebidas… estaban adulteradas. —No me importa eso —espeté, pasándome una mano por el cabello—. Me importa que la olvidé. Que la miré a los ojos durante dias y no recordé la única noche en que fue mía. Henry no respondió. Se limitó a levantar el saco del suelo y a sacudirlo, dándome tiempo para procesar. En ese silencio, algo se rompió dentro de mí. No sabía si era culpa, deseo o miedo, pero me atravesó el pecho con fuerza. —¿De qué hablan? —preguntó Adriel, acercándose con un traje colgado del brazo. —De nada —respondí con brusquedad, antes de que Henry dijera una estupidez. —Ni te lo imaginas —agregó Henry, divertido, y luego añadió, dirigiéndose a Adriel—. ¿Ya podemos irnos? Adriel asintió sin hacer más preguntas. Eso era lo que me gustaba de él, no se metía donde no lo llamaban. Mientras salíamos de la tienda, mi mente no dejaba de repetir su nombre. Ròse. Esa noche perdida. Ese beso que no recordaba. Ese cuerpo que había sido mío y al que, sin embargo, no podía volver sin desarmarme. Ya no había vuelta atrás. Si ella había soportado tanto sin decirme nada, yo tendría que enfrentarla. Y si lo había olvidado una vez… Esta vez me encargaría de recordarlo todo.
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