POV LIAM
Un mes había pasado volando, y, sin embargo, nada ni nadie lograba sacarla de mi cabeza. Ròse estaba presente en cada pensamiento, en cada suspiro, en cada silencio que me dejaba atrapado en mí mismo. Ni siquiera la presencia de Alana en Roma era un alivio.
De una manera extraña, había dejado de sentir algo por Alana, pero, en cambio, todos mis sentimientos se habían intensificado hacia Ròse de una forma que jamás habría creído posible. Cada gesto suyo, cada palabra, cada mirada se alojaba en mi mente y no me permitía concentrarme en el trabajo. Los documentos que tenía que revisar los leía una y otra vez, dudando de cada línea, de cada decisión, como si ella pudiera aparecer en cualquier momento y arruinar mi concentración con solo cruzarse en mi camino.
Mi vida se había convertido en un caos silencioso, y la única forma de poner orden era adelantar mi viaje a Nueva York. Verla, aunque fuera a distancia, parecía la única medicina posible para esta obsesión que me consumía, pero también era un lujo que no podía darme. La empresa requería atención, los hoteles necesitaban supervisión, y mi hermana estaba allí para cubrir cada detalle, mientras yo trataba de mantener mi cabeza en algo más que en los recuerdos de esos ojos azules.
Agradecía la presencia de mi hermana. Aunque sabia que prefería estar en Nueva York por la situación crítica de la madre de Henry, cuya salud estaba empeorando, generando ansiedad y tensión entre todos los que la rodeaban. Alana tampoco quería dejar a su madrina; su optimismo habitual se había disipado y se había mudado prácticamente a la casa de los Bloper, permaneciendo allí casi sin salir, con la esperanza de que su compañía y cuidados marcaran alguna diferencia, aunque habia momentos como ahora que tenia que viajar a Roma para firmarme documentos que nadie mas que ella podia firmar y eso la tenia de mal humor.
Firmé los últimos documentos con manos que temblaban más de lo usual. Cada trazo, cada firma, era un recordatorio de la responsabilidad que tenía y de cuánto estaba deseando que ese tiempo terminara, solo para poder escapar aunque fuera mentalmente de esta prisión de emociones que me tenía atado. Salí de la oficina buscando un par de tragos, cualquier cosa que me ayudara a despejar la mente y a dejar de pensar en ella.
POV RÒSE
Había regresado a Roma para ayudar a Rozana a firmar algunos documentos urgentes. Rozana no podía dejar sola a su hija, y yo había tenido que asumir la tarea de estar presente, de asegurarme de que todo se resolviera sin contratiempos.
—Gracias por venir —me dijo Rozana mientras firmaba los papeles en un pequeño café cerca de su casa—. Todo ha sido una locura. Henry no ha podido venir y Cloe tampoco. Alana y yo hemos ido de acá para allá, y estamos aterradas de que lo que hemos hecho no sea suficiente para la Señora Bloper.
—Están haciendo todo lo que pueden —le respondí, sosteniendo su mano—. No son doctoras, no pueden hacer más de lo que ya están haciendo.
—Lo sé —susurró, suspirando—. Pero siento que deberíamos moverla, cambiar de médicos… algo más.
—Hazlo —dije con firmeza—. Tienen los recursos, pueden llevarla a Londres, Tomás tiene contactos y podría garantizar que reciba la atención adecuada.
Rozana me miró, dudando, mientras explicaba que la madre de Henry se negaba a moverse de su casa, y que incluso Elizabeth habría tenido que interceder para convencerla. La situación era delicada, desesperante, y me di cuenta de cuánto dependían de nosotros para mantener todo en equilibrio.
Cuando terminó de firmar los documentos, me abrazó con fuerza y me dijo que podía quedarme todo el fin de semana. No objeté; necesitaba un respiro. Los hoteles que debía supervisar y la ayuda que prestaba a Henry me habían dejado exhausta, y esta pausa era bienvenida, aunque mis pensamientos no encontraban descanso.
POV LIAM
Ese mismo fin de semana, mi mundo continuó siendo un torbellino de emociones. Había intentado convencerme de que podía despejarme, de que podía ocuparme de todo sin pensar en ella, pero era imposible. Su recuerdo me seguía a donde fuera: en cada esquina, en cada reflejo en la ventana, en cada sombra que se movía a mi alrededor.
Ròse estaba en Roma por obligaciones me habia confesado mi hermana, pero incluso esa distancia no disminuía el impacto que tenía sobre mí. La veía sonreír, concentrada, interactuando con todos a su alrededor con una naturalidad que me volvía loco. Cada gesto suyo, cada mirada fugaz, me hacía dudar de mí mismo, de mi autocontrol, de mi capacidad de mantenerla solo como algo profesional en mi vida.
Y, sin embargo, no podía permitir que nadie notara lo que sentía. Mi sobrina Elizabeth, adorable e inocente, a veces me hacía preguntas inocentes que me dejaban en evidencia ante mi propia incapacidad de ocultar mis pensamientos. Una simple frase suya podía recordarme que estaba perdido, que mis emociones estaban fuera de control, y que el peligro real no era perder el control, sino perderla a ella.
Intenté concentrarme en el bar donde mi hermana me había llevado para distraerme, para olvidar siquiera por unas horas. Pero ahí estaba: la persona que me atormentaba y me fascinaba al mismo tiempo. Sentada sola en la barra, con un trago frente a ella, completamente ajena a todo el ruido de alrededor, robando mi atención como un imán. Quería alejarme, quería ignorarla, pero cada fibra de mi ser estaba atenta a su presencia.
El deseo, la frustración, la melancolía, todo se mezclaba en un torbellino emocional que no podía controlar. Cada sorbo de alcohol era un intento vano de olvidar, cada mirada suya un recordatorio de lo que no podía tener. Y aún así, había algo en mí que no podía dejarlo ir, que no podía permitir que la distancia y la razón apagaran lo que sentía.
Me apoyé en la barra, observando cómo su figura se movía con naturalidad, cómo su risa llenaba el espacio y me recordaba que la vida seguía, incluso cuando yo me sentía atrapado en este laberinto de emociones. No podía respirar tranquilo, no podía pensar con claridad. Mi corazón estaba dividido entre el deber y el deseo, entre la responsabilidad y la necesidad de estar cerca de ella.
Y mientras la veía, comprendí que no había escapatoria posible. Ròse había entrado en mi vida de manera inevitable, y aunque quisiera ignorarlo, aunque intentara convencerme de que podía vivir sin ella, la verdad era que no podía. Su presencia era un fuego que consumía todo a su paso, y yo, por primera vez, estaba dispuesto a dejar que me consumiera.