POV LIAM
“Fuera de la vista, fuera de la mente.”
Esa frase no dejaba de repetirse en mi cabeza mientras conducía hacia la empresa. La repetía como un mantra inútil, una oración silenciosa que intentaba convencerme de que si no la veía, dejaría de sentir este remolino de sentimientos dentro de mí. Pero era imposible. Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo de ella me asaltaba, en la forma de su risa suave, de su mirada intensa, del modo en que su vestido rojo se ajustaba a sus curvas, delineando su silueta con una perfección que parecía imposible.
Mi mente se negaba a concentrarse en cualquier otra cosa. Los números, los contratos, las reuniones, todo parecía desvanecerse ante la presencia de su recuerdo. Y me di cuenta de que no podía seguir así. La única manera de evitar esta tortura constante era adelantando su viaje a Nueva York. Si ella se iba, al menos tendría la oportunidad de aclarar mis sentimientos y poner en orden mis pensamientos antes de que mi corazón se desbordara en algo que pudiera arruinarlo todo.
Al entrar a la empresa, la energía del lugar me resultó pesada y agotadora. Intenté fingir normalidad, pero fue inútil. Evité saludar a todos, evité la mirada de mis empleados, evité cualquier conversación superficial. Solo quería llegar a mi oficina, sentarme y ordenar mis pensamientos antes de enfrentarme a la realidad de lo que estaba sintiendo.
Al llegar a mi piso, la busqué con la mirada. Allí estaba, concentrada en su computadora, impecable en cada detalle, perfecta incluso en la sencillez de su postura. Había algo hipnótico en cómo se sumergía en su trabajo, en cómo fruncía levemente el ceño al leer, cómo sus dedos se movían sobre el teclado con precisión. Todo en ella me atraía, me confundía, me consumía.
—Señor —su voz interrumpió mi torbellino de pensamientos, suave y profesional—. El señor Bloper lo está esperando en su oficina.
Por un instante, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Henry, siempre tan calculador, siempre tan meticuloso, había organizado todo para que yo tuviera que enfrentarme a decisiones que mezclaban lo profesional con lo personal. Pero ahora no importaba. Todo giraba alrededor de ella.
Caminé hacia mi oficina, intentando mantener la compostura. Henry estaba sentado en su sillón, el teléfono en mano, aparentemente tranquilo, pero con esa mirada de quien lo ve todo y no se sorprende de nada.
—¿En qué puedo ayudarte? —pregunté, intentando sonar firme, mientras me sentaba frente a él.
—Necesito que firmes unos documentos que tu hermana olvidó pedirme ayer —respondió—. Ella está entregando todo el poder sobre las empresas Grey a ti. Se concentrará en Roma y en su nuevo proyecto.
El peso de sus palabras cayó sobre mis hombros. No era solo la responsabilidad que asumía, era la certeza de que ella confiaba en mí para manejar algo más grande que nosotros mismos. Y ahí estaba, al mismo tiempo, la sensación de alivio y de miedo. ¿Sería capaz de estar a la altura? ¿Podría mantener todo en orden sin que mi cabeza explotara con los recuerdos y la presencia de Ròse?
—Lo hace para que no me vaya otra vez —afirmé, más que preguntar—. Le dije que no me iría, debería bastarle mi palabra.
—Es precavida —murmuró Henry encogiéndose de hombros—. Yo tampoco confío completamente en que te quedes. Cuando algo no sale como quieres, tiendes a escaparte.
Respiré hondo. Sabía que no podía discutir. No quería justificarme más de lo necesario. Sabía que él entendía mis razones, aunque no las compartiera, y por primera vez me agradecí a mí mismo por no ceder a la tentación de escapar, de huir de lo que ahora sentía de verdad.
—Tú sabes que lo que hice por Alana era lo mejor que podía hacer —dije, defendiendo lo que me consumía por dentro—. Jamás volverá a pasar.
Henry no replicó, solo me observó. No necesitaba palabras. Sabía que él también se había dado cuenta, que no era solo fascinación, que había algo más profundo que amenazaba con desbordarse si no tomaba control.
—Ròse se va a ir a Nueva York conmigo—me informó de repente—. Tiene que comenzar su nuevo trabajo desde ya. Tu hermana se va a quedar aca para seguir con los proyectos que tiene con Alana.
Mi corazón dio un vuelco. Por un lado, un alivio imposible de disimular; por otro, un miedo que lo devoraba todo. Ella estaría lejos, y eso me permitiría respirar, pero también me obligaría a enfrentar lo que sentía por ella en la distancia.
—No tengo otra secretaria —protesté, casi en un murmullo.
—Tu hermana va a buscarte a una tan eficiente como Ròse —dijo Henry mientras se dirigía a la puerta—. Espero que no te des cuenta demasiado tarde de lo que realmente sientes.
Y así se fue, dejándome con el silencio, con mi mente acelerada y el peso de lo inevitable. Quedé sentado, dejando que los pensamientos fluyeran, recordando cada gesto, cada mirada, cada sonrisa de Ròse que me había dejado sin aliento más de una vez. La ansiedad y la melancolía se mezclaban, creando un cóctel de emociones que no podía ordenar.
Me levanté y caminé hacia su escritorio, observándola mientras trabajaba. La distancia física entre nosotros se sentía como un muro infranqueable, y aun así, mi corazón latía con fuerza cada vez que ella levantaba la vista y nuestras miradas se cruzaban por un instante. Era un instante que parecía eterno, cargado de todo lo que no podíamos decir en palabras.
La amaba. Y a la vez, temía amarla. Porque el sentimiento era demasiado grande, demasiado intenso. La admiración por su dedicación, la atracción por su belleza, el respeto por su inteligencia; todo se mezclaba y me hacía sentir que cualquier movimiento en falso podría arruinarlo todo.
Suspiré y cerré los ojos, dejando que los recuerdos de nuestras últimas semanas me invadieran. Sus risas, su manera de hablar con la familia, cómo se movía con naturalidad entre nosotros, como si ya perteneciera a ese mundo que yo había intentado mantener separado. Pero no podía. Nunca había podido.
Y mientras respiraba hondo, acepté una verdad que no podía ignorar más: ella estaba entrando en mi vida de manera inevitable, para quedarse o para enseñarme que algunas cosas, por más que queramos controlarlas, simplemente suceden.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesto a dejar que sucediera.