POV ROSE
Cuando llegué a la casa Grey, ya todos estaban reunidos en la enorme sala de estar, esperando a que anunciaran que la cena estaba lista. El ambiente tenía ese brillo cálido de los hogares grandes y familiares: luces suaves, murmullos, risas contenidas y el sonido de cubiertos siendo acomodados en la mesa del comedor.
Mi hermana no me había querido acompañar. Tenía una montaña de tareas de la universidad y, fiel a su estilo, prefirió quedarse en casa para terminar todo antes de dormir. Para Leslie, el estudio siempre había sido lo primero, incluso antes de las reuniones familiares o las invitaciones de Rozana. Era algo que admiraba profundamente de ella: su disciplina, su compromiso. Siempre me había hecho sentir orgullosa verla tan enfocada, tan firme en lo que quería.
—¿Por qué no vino Leslie? —preguntó Elizabeth apenas me vio entrar, con los ojos brillantes, ignorando por completo el postre que llevaba entre las manos—. Se suponía que íbamos a comer la Red Velvet juntas.
—Tenía que estudiar —le respondí, sonriendo.
Elizabeth frunció los labios, con ese puchero que usaba para manipular a todos.
—Podía estudiar después. —Suspiró con dramatismo—. Ahora tendré que compartir mi torta con mi hermano, y no quiero.
—Aunque Leslie viniera, igual iban a tener que compartir —intervino Rozana desde detrás de su hija, cruzándose de brazos—. Tienes que aprender que no todo es para ti, pequeña bribona.
Elizabeth giró lentamente hacia ella, con una sonrisa de pura inocencia.
—Solo estaba bromeando, mamá.
Rozana arqueó una ceja.
—Sí, claro. Como si no te conociera.
Elizabeth soltó una risita y, antes de que su madre pudiera decir más, salió corriendo directo hacia Liam, que la esperaba con los brazos abiertos. Él la alzó en el aire, girándola, mientras ella reía a carcajadas. La escena me arrancó una sonrisa involuntaria. Liam tenía esa manera natural de conectar con los niños, como si el peso del mundo se disolviera apenas los abrazaba.
Rozana se acercó a mí, con una expresión más relajada.
—Gracias por el postre, Rose. Sabes que no hacía falta traer nada.
Me encogí de hombros, disimulando el leve ardor en mis manos de tanto sostener la caja.
—No es nada. Me gusta cocinar para ustedes.
Mientras hablábamos, el ama de llaves se acercó para llevarse el postre a la cocina, y aproveché para estirar los dedos, que ya se me estaban entumeciendo.
Rozana volvió a su sitio junto a Henry, en el sofá principal. Alana estaba sentada en otro, con Adriel, conversando animadamente. Yo me quedé de pie unos segundos, observando cómo Liam jugaba con sus sobrinos. Estaba de espaldas, pero podía notar el movimiento de sus hombros al reír. Y, aunque intentaba no hacerlo, sentía su mirada recorrerme cada cierto tiempo, como una corriente eléctrica invisible.
—Siéntate, Rose —me ofreció Tomás con amabilidad, señalando uno de los sillones individuales frente a él.
—Gracias —dije, sentándome.
—Pensé que Leslie vendría contigo —comentó.
—Tenía mucho que estudiar. Últimamente tiene demasiada lectura acumulada, además de los trabajos prácticos. —Suspiré—. Apenas tiene tiempo de respirar.
—Abogacía es una carrera exigente —apuntó Alana, recordando con nostalgia—. Cuando Henry estudiaba, no dormía. El muy terco decidió hacer dos carreras al mismo tiempo. Yo pensaba que se iba a desmayar un día de tanto agotamiento… pero terminó ambas, como si nada.
Sonreí.
—Por suerte Leslie solo estudia una. Sé que podría con más, pero no quiero que se sobreexija. Prefiero verla feliz… y descansada.
—Eso te honra, querida —añadió Rozana desde el sofá, con esa voz suya que siempre sonaba maternal pero firme.
Agradecí su comentario con una sonrisa leve.
La conversación continuó entre anécdotas y preguntas sobre mi reciente viaje a Las Vegas. Todos querían saber cómo había sido, aunque nadie se atrevía a mencionar directamente a mi prometido ni a mi padre. Sabía que la curiosidad estaba en el aire, pero mientras Liam estuviera presente, nadie se atrevería a tocar ese tema. No en voz alta.
Sin embargo, cada vez que alzaba la vista, lo encontraba observándome. Su mirada era tranquila, casi casual, pero yo podía sentir el peso de ella, la tensión que me envolvía cada vez que coincidíamos.
El vestido rojo no ayudaba. Había elegido ese color casi inconscientemente, sin pensar demasiado. Pero ahora, bajo la luz cálida del salón, sentía como si me marcara, como si gritara algo que no me atrevía a decir.
Y él lo notaba.
Cuando nuestras miradas se cruzaron por un segundo, me estremecí. No fue deseo solamente. Fue miedo, fue anticipación.
Y fue también esa sensación peligrosa de reconocer a alguien que podría destruirte con solo un roce.
POV LIAM
Verla con ese vestido rojo fue como recibir un golpe en el estómago.
No entendía lo que me pasaba con ella. No sabía si era simple fascinación, si mi mente estaba confundiendo admiración con deseo… o si realmente me estaba enamorando.
Y esa idea me aterraba.
No podía permitirme sentir algo por Rose. No cuando ella era tan cercana a mi familia, tan querida por todos. Si cruzábamos una línea, si las cosas salían mal, todo se volvería incómodo. Ella se alejaría —porque Rose era así, orgullosa, prudente—, y todos terminarían culpándome.
Y lo peor… sería perder la luz que ella traía cada vez que estaba con nosotros.
—Es hermosa, ¿no? —la voz de Elizabeth me sacó de mis pensamientos.
La miré, confundido, hasta que noté que me observaba con una sonrisita traviesa, mientras yo tenía los ojos fijos en Rose.
—Tú también eres hermosa —dije rápido, intentando disimular.
—No. —Negó con convicción—. Yo soy adorable. Ella es hermosa, como tía Alana. Cuando sea grande, Cloe y yo vamos a ser más hermosas que todas las chicas.
Solté una carcajada.
—Eres demasiado engreída para tu edad.
—Soy realista. —Me miró con sus enormes ojos azules y una sonrisa idéntica a la de su madre—. Mi mamá es hermosa, y tía Alana también. Es obvio que nosotras también lo seamos.
A veces olvidaba que tenía solo siete años. Hablaba con la seguridad de una adolescente, con la inteligencia de alguien mucho mayor. Había heredado el carácter fuerte de su padre, pero también la sensibilidad de Rozana. Y eso era lo que más me preocupaba, esas emociones intensas que podían volverse contra ella, del mismo modo que habían jugado en contra de Rozana cuando era mas joven
El silencio se estiró unos segundos hasta que Elizabeth volvió a la carga.
—Igual no me respondiste, tío. ¿Es hermosa o no?
Solté un suspiro resignado. Volví a mirar a Rose. Estaba de pie junto a Rozana, riendo por algo que Henry acababa de decir. Su cabello brillaba con las luces del techo, y el rojo del vestido contrastaba con el tono cálido de su piel. Tenía una elegancia natural, sin esfuerzo, como si no fuera consciente del efecto que causaba.
—Tienes razón —admití al fin, en un susurro solo para ella—. Es hermosa. Pero que quede entre nosotros, ¿sí? Nadie puede saber que lo dije.
Elizabeth me observó sería, procesando la información, y luego asintió solemnemente.
—Está bien. Pero solo si prometes no alejarla de mí.
Mi sonrisa se tensó.
Y ahí estaba la trampa, mi sobrina la adoraba, la veía como una hermana mayor. Si algo pasaba entre Rose y yo, si algo se rompía… Elizabeth sería la primera en sufrirlo.
La miré una vez más. Rose levantó la vista y, por un instante, nuestras miradas volvieron a cruzarse.
Y supe que estaba perdido.