Episodio 6

1300 Palabras
POV RÒSE Después de preparar el postre, fui directo a darme una ducha. El vapor llenó el baño con un aroma a vainilla y jabón neutro, y durante unos minutos me quedé quieta bajo el agua caliente, tratando de calmar la ansiedad que me recorría el cuerpo. Esa noche debía ir a cenar a la casa de mi jefa, y aunque no era la primera vez que me invitaba, algo en mí sabía que esta cena sería distinta. Tal vez porque Rozana siempre insistía en que me arreglara bien, como si mi presencia dijera algo sobre ella. O quizá porque, esta vez, Liam también estaría allí. Y él… era mi problema. Me enjuagué el cabello y cerré los ojos. Intenté convencerme de que no pasaría nada, de que podría controlar mis impulsos como siempre. Pero solo pensar en verlo bastaba para que mi estómago se contrajera. Sabía muy bien que mi aspecto lo afectaba más de lo que él admitiría, y por eso solía vestir de manera sobria, casi como una mujer mayor. Era una forma de protegernos a ambos. La única vez que me había visto distinta fue aquella noche en el bar, cuando el destino —o la mala suerte— decidió que coincidiéramos en el mismo lugar. Entre tantas ciudades, entre tantos bares, terminamos eligiendo el mismo. Todavía podía sentir la forma en que sus ojos me recorrieron esa noche, como si me desvistieran en silencio, y el modo en que el aire se volvió denso cuando nuestras miradas se cruzaron. Eso fue casualidad. Pero lo de hoy no lo sería. Esta vez él me vería como yo realmente era, no como la secretaria correcta ni como la chica que todos creían conocer. Y sabía que eso podía despertar algo que llevaba tiempo tratando de enterrar. Me miré al espejo antes de salir del baño. El vapor empañaba mi reflejo, pero podía reconocer en mis ojos esa mezcla de nervios y deseo que tanto detestaba. Esperaba que mi fuerza de voluntad fuera más fuerte que las malditas ganas que tenía de besarlo. Porque si no lo era… no quería imaginar las consecuencias. Elegí el vestido azul que la señora Alana me había regalado para mi cumpleaños. Aún conservaba la etiqueta, como si hubiese estado esperando el momento adecuado para usarlo. Me lo puse con cuidado, dejando que la tela se deslizara por mi piel. El color resaltaba mis ojos, que curiosamente se veían más oscuros de lo habitual, casi como si el vestido los reflejara. Completé el atuendo con una chaqueta de cuero negra y mis botas altas. Me observé en el espejo de cuerpo entero: una versión de mí misma que pocas veces mostraba. Una que sabía muy bien cómo llamar la atención… incluso la de Liam. —Ese vestido es un sueño —escuché detrás de mí. Me giré para encontrar a mi hermana, apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida. —Tú tienes mejores —le recordé, alzando una ceja—. Rozana te regala ropa cada vez que pisa un centro comercial. Si sigues así, vas a tener que donar media colección. —Uso prácticamente toda mi ropa —replicó con su clásico tono defensivo. Odiaba regalar cosas, incluso aquellas que no usaba. Era un rasgo que tenía desde niña. —Sí, claro —dije riendo—. Igual, me alegra que estés apartando ropa. Elizabeth puede ayudar a elegir qué donar, le haría bien. Suspiró, visiblemente incómoda. —Ya estuve seleccionando algunas cosas. Elizabeth me ayudó ayer, cuando vino a visitarme. —Leslie… —la miré con paciencia—, tenés que dejar que la niña se junte con chicos de su edad. Ella me devolvió una mirada entre molesta y resignada. —Tiene amigos. Cloe, Alexis, Lucas, Tobías… —Estás nombrando a todos sus primos —dije con una sonrisa cansada. —También son sus amigos —se defendió. —Sabes a lo que me refiero. Ella rodó los ojos. No podía ganarme esa discusión, y ambas lo sabíamos. Elizabeth era una niña maravillosa, pero arrastraba la misma fragilidad emocional que su madre. Esa sensibilidad extrema que, en el pasado, había llevado a Rozana a tomar decisiones impulsivas. Los médicos habían insistido en que la niña debía socializar más, aprender a lidiar con frustraciones pequeñas, esas cosas que los otros niños manejaban con naturalidad. Pero no era fácil. A la mínima provocación, Elizabeth podía tener un ataque de furia, una palabra mal dicha, un dulce que alguien no compartía, un juguete que no le prestaban… Y eso mantenía a Rozana y a Henry en vilo. Todos hacíamos lo posible para acompañarla, para enseñarle que el mundo no se adapta a los caprichos de nadie. Sabía que no sería un camino sencillo, pero Elizabeth era fuerte. De alguna manera, saldría adelante. Quería creerlo. Suspiré. Tomé mi bolso y el perfume ligero que siempre usaba. Antes de salir, me miré otra vez al espejo. No era por vanidad, era miedo. Miedo a lo que esa noche podría despertar. POV LIAM Cuando desperté, lo primero que vi fue la cabecita rubia de Elizabeth apoyada sobre mi brazo. Sus pestañas largas temblaban, aunque sabía que no dormía. Era su juego favorito, fingir que seguía dormida para que no la levantara. Sonreí. —Princesa —murmuré, acariciándole el cabello—, si sigues durmiendo antes de cenar, luego no vas a poder descansar bien. Ella apretó los labios, sin abrir los ojos. —Pero tengo sueño ahora —dijo con voz adormecida—. Quiero dormir con mi tío favorito. Reí en silencio. —Los hermanos de tu padre van a querer matarme si te escuchan decir eso. —No me importa. Tú me amas más. No podía negarlo. Elizabeth era mi debilidad. Era lo más cercano a una hija que tendría jamás. Desde que su madre cayó enferma, yo había estado allí, en sus cumpleaños, en sus llantos, en cada noche que pedía un cuento antes de dormir. —mi papá me dijo que te ibas a quedar a dirigir las empresas —dijo de repente, abriendo los ojos y mirándome con esa seriedad precoz que tanto la caracterizaba—. ¿Es cierto? Por dentro maldije al bocazas de su padre, pero no podía mostrarlo. No frente a ella. —Sí, princesa. Me quedaré un tiempo. Tu madre necesita ayuda, y las empresas son parte de ustedes. Algún día serán tuyas y de tus hermanos. Ella frunció el ceño. —No quiero dirigir una empresa. Quiero que tú lo hagas siempre. Así yo puedo gastar toda la plata que quiera. Solté una carcajada. —Eso no funciona así. Tienes que aprender a valerte por ti misma. Mira a tu madre y a tu tía Alana, ellas manejan sus negocios y hacen lo que quieren con su dinero. Elizabeth abrió los ojos con curiosidad genuina. —¿De verdad? —De verdad —afirmé, sonriendo—. Por eso tienes que estudiar, esforzarte. Quiero que saques las mejores calificaciones cuando empieces el instituto. Eres el futuro, pequeña. Ella asintió, convencida, y se acomodó otra vez a mi lado. Sentí su respiración volverse tranquila, confiada. La observé un instante, y una idea cruzó por mi mente, tan clara como incómoda, tal vez estaba cometiendo un error quedándome aquí. Porque cada día que pasaba, todo se mezclaba más —el trabajo, la familia, y esa tensión silenciosa que crecía cada vez que Rose entraba en una habitación. La última vez que la vi, con un vestido igual… tuve que apartar la mirada. Porque en el fondo sabía que si la miraba un segundo más, no habría fuerza en el mundo capaz de detenerme. Y eso, más que cualquier negocio, más que cualquier empresa, era lo que realmente me asustaba.
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