LIAM La decisión ya estaba tomada. Aun cuando ninguno de nosotros había abierto la boca, todos sabíamos que era la mejor opción. No solo por las empresas, sino también por Rose. Ella necesitaba esto más que nadie. Las palabras de Henry aún resonaban en mi cabeza, el testamento de su madre tenía solo dos cláusulas. La primera, que debía casarse si quería acceder a la herencia. La segunda, que antes de hacerlo, debía dividir los bienes. Simple. Frío. Cruelmente calculado. En cierto modo, era parecido al testamento que el padre de Alana y Thomas había dejado, aunque con una diferencia fundamental, Rose podía casarse con quien quisiera. No había un nombre impuesto ni una unión forzada por un apellido. Esa mínima libertad, sin embargo, no parecía bastar para aliviar el peso que cargaba sob

