Cena.

1432 Palabras
Entramos juntas al restaurante. El ambiente es puro lujo: lámparas de cristal que cuelgan como joyas sobre nuestras cabezas, reflejando destellos cálidos sobre las mesas perfectamente vestidas. Los camareros, con sus uniformes impecables y gesto profesional, se deslizan entre las mesas con elegancia casi teatral. La iluminación tenue invita a susurrar secretos, pero grita con sarcasmo que la cuenta esa noche va a desangrar a cualquiera que se atreva a mirar el menú. Mientras seguimos al maître, ajusto la chaqueta de cuero que llevo encima, intentando mantener la dignidad intacta. No vine a impresionar a nadie aquí, mucho menos a esos tipos vestidos como si fueran a una reunión de millonarios. Vine por mis amigas, y punto. Giramos hacia el salón principal, y entonces los veo. Tres hombres sentados alrededor de una mesa redonda junto a un ventanal enorme que deja entrar la luz artificial de la ciudad. Dos de ellos son claramente hermanos: idéntico mentón fuerte y mandíbula marcada, sonrisas fáciles que se cruzan entre ellos, y una conversación animada que delata la complicidad de años compartidos. Uno tiene el cabello oscuro y perfectamente peinado, con esa mirada desafiante que da la sensación de que todo lo controla; el otro, un poco más relajado, lleva una barba de tres días que lo hace ver un poco más rudo pero igual de carismático. El tercero... es otra cosa. Alto, de porte impecable pero sin la pretensión que suelen tener estos lugares. Lleva un traje bien cortado, oscuro, que parece hecho a medida pero sin esfuerzo aparente. Su cabello castaño oscuro cae ligeramente despeinado, como si el viento lo hubiese acariciado justo antes de entrar. Pero lo que más atrapa son sus ojos: un azul profundo, helado y penetrante, con una intensidad que no se pierde ni con la luz baja del lugar. Es el amigo de los chicos, el que tampoco sabía de la existencia de las gemelas, y que ahora se entera al mismo tiempo que yo. Cuando nos acercamos, veo a Sara sentarse junto al que debo suponer es su novio. Él levanta la vista, y en ese instante nuestros ojos se cruzan. Por un segundo, todo se desvanece a nuestro alrededor. No hay luces ni voces, solo esa mirada fija en la mía. Su expresión cambia apenas: sorpresa, curiosidad, y algo más que no alcanzo a descifrar, como si estuviera intentando leerme en silencio. Yo, claro, finjo no notar nada. Elevo ligeramente la barbilla, mostrando mi mejor cara de “Soy amigable”, como quien conoce gente podrida en dinero todos los días y se lleva bien con todos ellos sin despeinarse. Aunque por dentro, siento el corazón martillando contra las costillas, como si quisiera salirse a correr. No vine a esto. Vine por mis amigas. Y sin embargo… Dani me toma del brazo con esa mezcla de urgencia y cariño, y me arrastra hasta la mesa. —Chicos, ella es Emma. Y Emma… estos son Greg, Bastian, y Aiden. Aiden se pone de pie con una elegancia natural y me ofrece la mano. —Un placer, Emma. —Su voz es cálida, segura, pero hay un dejo de algo que no alcanzo a entender del todo. Aprieto su mano con firmeza, recordando las enseñanzas de mi padre. —El placer es mío. —Sonrío, cortés, sin más. Por dentro, maldigo un poco a mi corazón. No estaba en mis planes que esto sucediera. Nos sentamos. La cena apenas comienza. Y algo me dice que esta noche no será tan simple como pensaba. Los chicos que salen con mis amigas son la mitad de la naranja que tenían extraviadas. Bastian es serio, no sonríe mucho, y al igual que Sara, observa todo con ojos de cazador que no dejan pasar un detalle. Greg es otra historia: cariñoso, atento, le habla a Danielle con una dulzura que parece sacada de una novela romántica, y no deja de tomarle la mano ni un segundo. Comienzo a pensar que si no se están besando cada dos minutos es porque estamos en público, un lugar donde las apariencias tienen que mantenerse intactas. Aiden, como yo, no sabe qué decir, qué hacer, ni siquiera qué demonios está pasando. Porque antes del postre, las parejas se concentran en su burbuja perfecta, y nosotros quedamos ahí, con cara de póker, tratando de entender en qué rincón de esta historia estamos parados. - Busco mi bolso y sonrío, apenas. El chico que está tan perdido como yo nota el movimiento y frunce el ceño con ligera curiosidad. —Voy a salir a fumar. ¿Quieres acompañarme? —pregunto en voz baja, inclinándome apenas hacia él—. Al parecer, han olvidado que estamos aquí. Asiente sin pensarlo, pero no sonríe. Se pone de pie de inmediato y corre la silla en cuanto yo me levanto. Ese gesto, simple y automático, me hace arquear una ceja. No pierde la caballerosidad ni en un contexto tan absurdo como este. —De haber sabido que fumabas, te habría invitado a salir hace veinte minutos. —dice con voz baja, un poco más áspera que durante la cena. Aiden parece algo molesto, y a decir verdad… yo también lo estoy. Nadie quiere ser el accesorio silencioso en la mesa de las parejitas perfectas. Tomo el bolso y salimos juntos hacia el patio interno del restaurante. El aire aquí es más fresco, más respirable. Hay algunas mesas al aire libre con parejas esparcidas, pero no es tan concurrido como el interior sofocante del salón principal. Caminamos en silencio, pero es un silencio cómodo. De esos que no exigen palabras apresuradas para tapar el vacío. Llegamos a una mesa en un rincón discreto. Él corre una silla para mí con esa misma elegancia medida. Me siento, algo desconcertada por el gesto. Luego toma asiento frente a mí, con movimientos tranquilos, como si por fin pudiera bajar un poco la guardia. Aiden saca del bolsillo interior de su chaqueta una cajetilla de cigarrillos negra y discreta. Me ofrece uno sin decir palabra. —Gracias. —digo, aceptándolo. Él enciende mi cigarrillo primero con un encendedor de plata, y luego el suyo. Da una primera calada y, por fin, sus labios se curvan en algo que se parece más a una sonrisa. Apenas. —Y bien, Emma. —Su tono es relajado, casi íntimo—. ¿A qué te dedicas. Cruzo las piernas y dejo que el humo se escape lentamente. —Soy diseñadora. De moda. Por un instante, me preparo para la pregunta inevitable: ¿Dónde trabajas? Que no la haga, por favor. Aiden asiente levemente. —Interesante. —Dice, y su mirada azul se mantiene fija en la mía, sin rastro de juicio ni condescendencia—. No esperaba encontrar otra diseñadora esta noche. —Ni yo esperaba terminar en una cena de parejas. —Respondo con una sonrisa ladeada. —Parece que estamos empatados, entonces. —¿Y tú, Aiden? ¿A qué te dedicas? —Un camarero se acerca para dejar la carta sobre la mesa y se retira—. ¿También trabajas en la misma empresa que los chicos? —Sí. Trabajo en la misma empresa que Greg y Bastian. Mi móvil vibra dentro del bolso, pero no pienso ver la notificación en este momento. —Eso es genial. ¿En qué área? Aiden toma la carta que dejó el camarero y parece que ya se decidió. —¿Qué te gustaría beber, Emma? Me da igual. Estamos en una charla amable, parece un buen tipo, aunque un poco serio. —Lo que sea que vayas a tomar, para mí está bien. —No sé por qué, pero dibuja una pequeña sonrisa que desaparece tan rápido como llegó. Levanta la mirada y busca al camarero con la mirada. No hace falta que lo llame ni levante la mano; este se acerca y Aiden le pide una botella de whisky, hielo y dos vasos. —Dijiste que lo que yo vaya a beber, estaba—Dice. — Asumo que puedes con esto. Puedo con eso, pero parece que Aiden quiere saber si estoy lista para un trago fuerte y una buena conversación. —Supongo —responde—. ¿Tienes que conducir después o vas en taxi a casa? —No tengo que manejar. Tranquila. La botella es presentada y abierta frente a nosotros. El whisky se sirve en los vasos un segundo después. Trago grueso al ver la marca y lo que vale: Macallan, 25 años. Joder. Aiden levanta su copa y sonríe. —Por la cena de prestación de pareja más rara de la historia.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR