Llaves robadas.

1447 Palabras
Aiden y yo brindamos por esta cena, que más que elegante, resulta un poco bizarra. —¿Trabajas con las chicas o en otro lugar? —la pregunta llega con un tono curioso, suave, pero es justo la que no quería escuchar. No puedo mentir, pero contarle lo que pasó me humilla un poco. —No trabajo con mis amigas. Estuve tres años en la Boutique Velvet —hago una pausa, y tomo un trago largo, el sabor amargo me devuelve el recuerdo del despido. —Me despidieron esta misma tarde. Aiden me mira con esa calma que no juzga, solo escucha. —Parece que tuviste un día complicado, Emma. Pero seguro que pronto encontrarás algo mejor. Quizás con las gemelas. Asiento, convencida. Sé que ellas me querrán con ellas en su taller, como siempre quisieron. —Seguro. Ellas me han ofrecido trabajar con ellas desde hace años. No porque no quieran que crezca profesionalmente sola, sino porque somos como hermanas, y hacemos todo juntas. No les gustó cuando me fui a otro lugar hace un tiempo. —Entiendo. Como te dije, pronto vas a encontrar algo, con ellas o por tu cuenta. —Su tono es tranquilo, sin condescendencia. Mi móvil vibra de nuevo. Aiden sonríe, prende otro cigarrillo y me ofrece uno, que esta vez rechazo con un gesto. —¿No vas a ver quién te escribe? —pregunta, curioso. —No. —Podría ser algo importante. —No tengo a nadie importante que me escriba a esta hora. —Me encojo de hombros. —¿No tienes un novio celoso o preocupado porque no llegaste aún a casa? Ahora sí, no puedo evitar reírme. Dejé a mi ex, un novio tóxico, hace ya dos años. No pienso repetir esa historia. —No, no tengo novio. Y sinceramente, tampoco quiero uno por ahora. —Auch, adiós a mis esperanzas de pedirte una cita. —dice con una sonrisa ladeada. Ahora es él quien ríe y vuelve a llenar nuestros vasos. —Mi ex era como tú —comento, sin filtro—. Quería saber todo de mí, pero no me contaba nada de él en las citas. Aiden inclina la cabeza, curioso. —¿Entonces por qué seguiste con él? ¿Llegó a contarte algo o te enseñó su vida después de las primeras citas? Lo miro, medio sonriendo. —¿Y tú? ¿Alguna novia? —disparo la pregunta de vuelta, sin perderle el ritmo. - —No, no. Responde tú primero. ¿Qué pasó después de las primeras citas? —Tú ya sabes a qué me dedico, dónde trabajaba, sabes sobre mi ex tóxico… y tú no me cuentas nada. —Es justo. No te he dicho nada. Te contaré algunas cosas. —Exhala el humo de sus pulmones y apaga el cigarrillo—. Tengo treinta años, soy soltero, tengo una hermana y trabajo en la empresa Harrison, esa misma en la que trabajan los chicos. Mis padres y mi hermana viven en Barcelona y yo viajo regularmente para verlos. Ah, y tengo un gato. Se llama Simón, tiene ocho años. Parpadeo varias veces. —Ahora sabes más tú de mí que yo de ti, Emma. —Aiden sonríe apenas—. Así que es justo que me digas qué pasó con el ex tóxico. Ahora sí, parece genuinamente interesado. —Después de las primeras citas me mostró su mundo, su familia… pero no tenía libertad. No quería que trabajara ni que siguiera estudiando mi carrera. Él es soldado. En su último viaje, sus amigos vigilaban todos mis movimientos. Muchas veces sus hermanos me seguían, y eso me molestó mucho, porque yo no había hecho nada para que desconfiara de mí. Así que esperé su regreso… y terminamos. —¿Y cómo lo tomó? —Mal. Tuve que pedir una orden de alejamiento. Pero de eso ya pasaron dos años. —Lamento que las cosas hayan terminado así. ¿No hubo nadie más después de él? —No. Como te dije recién, no quiero saber nada de relaciones serias por el momento. Aiden asiente en silencio. Y justo entonces, escucho el maldito móvil vibrar de nuevo. —Lo siento. Tres mensajes ya me ponen en alerta. Saco el móvil de la cartera. Lo primero que hago es ver la hora… y mis cejas se arquean. Llevamos dos horas aquí afuera. Los que abandonamos a nuestros amigos ahora somos nosotros. Los mensajes son de Sara: Parece que tú y Aiden congeniaron. Nos fuimos hace horas. Espero que puedas regresar a casa después de esa botella de whisky. Oh cierto, no podrás… te robamos las llaves del apartamento. Ten un poco de sexo, ambos se comen con la mirada. ¡Definitivamente la noche va bien si ni miraste el móvil en todo este tiempo!. No estamos en casa, así que no vayas por las llaves. Te amamos. Hijas de perra. —¿Algo va mal? —pregunta Aiden, al verme fruncir el ceño. —Sí. —Empiezo a rebuscar en el bolso las llaves… que no encuentro—. Mis queridas amigas me robaron las llaves. Él frunce el ceño, sin entender. Nerviosa, vacío el contenido del bolso sobre la mesa. Aiden, curioso, toma mi móvil y al leer los mensajes suelta una carcajada. Las malditas llaves no están. —No te preocupes. Lo arreglaremos. Pero déjame decirte… qué gran imaginación tiene tu amiga. Suelto un suspiro y comienzo a guardar mis cosas. —Tranquilo. Ellas son así de dementes. —Hago un gesto con la mano, algo resignada. —Lamento esto, pero ya es hora de irme. Recupero el móvil cuando me lo devuelve y abro la App de Uber para pedir un auto. Pero Aiden me lo quita con rapidez y cancela el viaje cuando ve el destino. —De ninguna manera voy a dejar que te vayas sola a un hotel. Mucho menos con un conductor que no conoces. Puede ser peligroso, Emma. —En algún lugar tengo que pasar la noche. Perdí mi llave de repuesto, y como ya sabes… las gemelas no están en casa. —Puedes venir a la mía. Tengo habitaciones de sobra y te prometo que no soy un depredador s****l. —Me dedica una sonrisa tranquila, como si eso lo dejara todo claro. - —Auch, adiós a mis esperanzas de tener sexo casual con el chico lindo de ojos azules. —Bromeo mientras termino de guardar mis cosas—. Mis amigas estarán decepcionadas de mí mañana. —No tienen por qué estarlo. —Su tono no suena en absoluto a broma. Levanto la mirada y trago grueso. —Estaba bromeando, Aiden. —Le aclaro, intentando que mi voz suene ligera. Pero su mirada seria me dice que él habla en serio. —Adiós a mis esperanzas de tener sexo casual con la chica linda de ojos grises. —Devuelve, con un gesto que no logro leer del todo. Sacudo la cabeza. —Casi me lo creo, Aiden. Por poco pensé que hablabas en serio. —Suelto un suspiro, aliviada. Luego cambio el tono—. Si no puedo pedir un Uber, ¿puedes llevarme tú al hotel? —Lo dije en serio. Y puedo llevarte al hotel… o a mi casa. Pero te aseguro que no te irás sola. —Su tono es tranquilo, casi protector. Se pone de pie y abrocha los botones de su chaqueta. Cuando intento levantarme, el mundo da una ligera vuelta. No me había dado cuenta de cuánto había bebido. O quizás ese whisky me ha emborrachado más de lo que pensaba. —No dormiré contigo, Aiden. Acepto que me lleves al hotel. —Agarro mi bolso, cierro mi chaqueta de cuero y nos dirigimos hacia la salida. Él se detiene en la caja a pagar la botella, sin llevarse el resto. —No hablé de dormir. —Dice en voz baja. —¡Aiden! —Me pone nerviosa. —¿Qué? —Se hace el desentendido, con una ligera sonrisa. —No seas… no digas más nada. ¿Dónde está tu auto? Creí que no ibas a conducir, hemos bebido bastante. Saca el móvil de su bolsillo y envía un mensaje rápido. —Y no lo haré. No pasa ni un minuto. Tres vehículos salen del estacionamiento: dos camionetas oscuras escoltando un lujoso Mercedes-Benz en el centro. Dos hombres bajan, uno abre la puerta trasera para nosotros. Aiden me toma de la mano con suavidad y me ayuda a subir. —¿Tienes seguridad? ¿Quién diablos eres? —Pregunto. Todas mis señales de alerta se disparan. —Solo un hombre precavido. —Responde con calma, mientras cierra la puerta y se acomoda a mi lado.
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