Desperté en una cama fría en un cuarto gris. La luz del sol que ingresaba por la ventana y los pájaros que cantaban me despertaron del todo. Me reincorporé un poco, sentándome. —Hola Angélica. Me volví hacía la voz y una señora de no más de cuarenta años, rubia y de traje n***o estaba sentada en una silla en una de las esquinas de la habitación. —¿Quién es usted? —La directora del orfanato, Angélica. Miré por la ventana desde la cama y vi como las nubes grises empezaban a tapar el cielo azul. —Necesito ir afuera—empecé a levantarme de la cama. Ella se puso de pie. —Necesitas descansar—dijo con tranquilidad—, no puedes salir afuera. —Venga conmigo, prometo no lastimarme, de verdad necesito aire. —Angélica... —Por favor—supliqué con desesperación—, necesito salir afuera. Acompáñem

