Fue luego de varios minutos que pude reconocer a dónde estaba. Se trataba de una biblioteca, llena de estantes con diversos autores en cada uno de ellos. Se extendía por un pasillo largo y no lograba ver su final. Gabriel estaba a mi lado. —¡Ni siquiera tuve oportunidad de decir si o no para este viaje!—protesté—¿Dónde estamos? —Donde tú tienes que estar. —¿A qué te refieres con eso? —¿Acaso no te resulta familiar este lugar? Miré un instante más, buscando algún indicio que determinara si eso era cierto. —No—dije, finalmente—¿Qué hacemos aquí? Apretó los labios. —Escúchame Angélica, la mayoría de mis colegas saben que tú eres uno de mis ángeles favoritos—comenzó a decir—así que, es necesario que sepas que te he salvado el culo. —¿Eh? —Si te he traído hasta aquí es porque no será

