Donovan
Los reos me miran de lejos, nadie se acerca y espero así continúe porque ganas de hacer crecer mi lista no faltan.
Rasuro mi barba mientras leo el periódico que me hace apretar las cuchillas que deslizo por mi barbilla.
Muerto.
El hijo de perra está muerto, sin darme el tiempo de mandarlo al infierno yo mismo. El maldit0 de Slade no pudo haber caído por algo que podía haber esperado.
Matarlo con mis propias manos ha sido la única razón para mantenerme con vida todos estos años. Copiar cada cicatriz que tengo en el cuerpo ha sido mi motivación para vivir y ahora…
Miro mi reflejo con la imagen que tengo detrás de mí. Esa es otra.
Ella es mi otra deuda para cobrar.
Me faltan muchas. Pero espero solo una. Disfrutaré romper su alma, impregnar su ser de dolor, volver trizas cada centímetro de su vida y volcar su razonamiento, porque así como llegó a ser fuerte, sé que puedo llevarla al infierno para hacerla conocer el miedo.
Me limpio el rostro y observo a quiénes me evitan. Saben con quién no meterse. Por eso esta prisión me terminó gustando, ya que en cuestión de semanas cedió a mi propio control con solo reducir el número de reos.
Cualquier persona con dos dedos de frente es capaz de comprender que salir es perder el control de ella. Aunque de todos modos, no será nunca al nivel que me gusta.
Corto el trozo de papel que apuño metiéndolo al fuego, en el cual otros tiran su basura. Este es extinguido si pasa el límite y no me quejo, pues suficiente tengo para soportar calor.
Al salir con la toalla en mi cuello algunos apartan los ojos, se hacen a un lado y prefieren devolverse por su camino. Huyen de mí. Eso deberían saber los que están afuera.
Llegué a este sitio hace casi cuatro, pero admito que prefiero esto a la pocilga donde se encargaron que estuviera todos estos años, creyendo poder doblegarme, sin lograr más que entrenar mi extremidades para ser más resistentes.
Ingenuos todos que al ver que físicamente no pudieron conmigo, buscaron por otro lado.
“Ordenó que lo matarán. No le sirvió y no lo quiso”.
Las palabras me encapsulan en esa noche de la que salgo volviendo a mi realidad. Porque no vuelven a joderme de la misma forma.
Le voy a arrancar el alma cuando tenga la oportunidad.
Fue su decisión, la hubiese respetado de no ser por lo que vi que hicieron con él. No debía haber ordenado tanta saña con...
No pienso recrear el momento en el cuál se creó ese motivo que ahora tengo. No es necesario porque lo voy a tener presente cuando se necesite. Y no es ahora.
Mi celda no se diferencia en mucho de las demás, lo único es el cuidado que tienen para no circular cerca. La mayoría no quieren ni respirar cerca y cuando les resulta imposible rodear, casi corren.
Saben que no debe tentar a su suerte. No sería bueno para ellos. No me llevaría esfuerzo someter a nadie a su propia muerte.
—Tienes visita, Hunt. —me habla uno de los custodios. —La chica bonita.
Mi hermana.
No digo una sola palabra colocándome la camisa del mismo color que el pantalón para ir a donde me esperan. Dándome cuenta de las miradas bajas de todos cuándo camino frente a ellos.
Si le temen a mi versión tranquila y calmada, nunca serán capaces de soportar lo que en realidad soy. Son débiles, de almas pobres y resistencia inútil. Nada llamativo, nada interesante.
—Estás fuera, —asegura mi hermana en cuanto me siento. —Todo está listo para tu salida.
—¿Cuándo?
—En unas horas. Te dije que lo lograríamos, —sonriendo me toma la mano. —Por fin nos iremos a Alemania.
Es tan inocente. Por eso la quería fuera de esto.
—Por supuesto. —empleo mi uso de aquello que muy pocos reconocen. Ni siquiera ella, es inocente hasta cierto grado, pero admito que sabe desenvolverse bien. Lleva mi sangre después de todo.
—Vendrán a tí, con una orden para ponerte en libertad. Realicé cada paso para que no haya dudas en cuánto a la orden. —aprieta mis dedos. —No hay dudas y quien giró el documento va a mantener la boca cerrada.
Omito preguntar cómo lo hizo tan rápido, ya que el proceso no es lo que me interesa realmente.
—Prepara el Jet para la salida, —pido serio y asiente. —Debo partir inmediatamente a Austria en cuanto salga.
—Dijiste Alemania antes.
—Tengo algo que recoger allá, —establezco logrando que se relaje.
—Quieres salir de este territorio, es comprensible y apoyo tu idea. Que se queden en su caos, total se matarán entre ellos, —afirma. —Alejarse es lo mejor.
—Que mis apartamentos se pongan en uso. Necesito todo preparado para cambiar de vida.
Creyeron quitarme todo, pero ¿quién sería yo si no tuviera la mayoría de mis posesiones en sitios que ni esperan?
Ronald se quedó con algunas de mis posesiones, pero jamás tuvo conocimiento de todas ellas. Sólo una persona lo hizo y también le voy a cerrar la boca.
—Está bien. Creo que tengo contactos que podrían ayudarte con tu imagen—, dice mi hermana. —Creo que no quieres ser el mismo físicamente de cuando entraste. —no lo sería ni intentándolo. —Te ves exactamente igual y un cambio de vida requiere de un cambio de imagen ¿no crees?
No lo había pensado de esa forma, pero tiene razón, es inútil querer aparentar quien no soy y ese Donovan de hace años no es el que atravesará la salida de esta prisión asquerosa.
Regreso a mi celda, activando automáticamente el botón que me devuelve a mi rutina de ejercicio extremo. Nada me agota, nada me satisface; el dolor nunca es suficiente.
Si la vida le da a alguien la oportunidad de regresar, es porque el infierno de los que están libres aún no ha alcanzado su cuota de sufrimiento. Para eso fui creado, sin más limitaciones que las que yo mismo me impongo. Todos pensaron que podían detenerme, pero solo me dieron un respiro, un respiro que utilicé para todo, menos para retroceder.
Cierro los ojos y regreso a ese lugar asqueroso donde pasé años. Ratas por doquier, un frío que congelaba mis huesos. Sin más luz que la que se filtraba por la parte superior.
Escucho el sonido de cadenas en mi mente y mi piel se eriza. Mis propios jadeos de dolor resuenan en mis oídos. La piel comienza a arder y no puedo evitar mirar mis manos, marcadas por las llamas en las palmas.
Perder mi identidad. Eso es lo que querían.
“El fuego que lanza el dragón es de los que más destroza, porque no busca intimidar, sino desatar un terror que no se puede detener.” Eso decía una nota de mi padre, y ahora todos lo sabrán.
Cada flexión, cada golpe al saco de arena, cada estiramiento de mis músculos ya no duelen como al principio. Ahora, ese dolor solo mantiene abierta la puerta al ser mitológico que yace en mi interior. Mi mente revive los recuerdos una y otra vez, y mi rostro se empapa de sudor nuevamente. Aprieto los nudillos, que resuenan al impactar otra vez en la lona que cubre una liana, colgada con pequeños bultos que uso como distracción
Todo esto lo creé para perfeccionar lo que no pueden imaginar. Se llevaron mi humanidad, y espero que también hayan olvidado la suya, porque lo que se va a desatar no tiene vuelta atrás.
Siento el sudor recorrer mi columna, pero aún así no es suficiente. Es poco para lo que quiero. Nada es suficiente, nada lo quita. He olvidado cómo olvidar la tormenta gris que ella carga en los ojos.
“Nada puede contra los dos.” dijo una vez.
Ella fue quien propició lo que pudo contra mí.
“Eres lo que le da fuerza a mis fuerzas.”
Ella fue quien me las quitó temporalmente.
“Nada impedirá que vaya por ti.”
Fue ella quién mandó por mi cabeza.
Ella lo deseó todo. Ella lo tomó todo. Y ahora, no queda nada más que mi rencor, ardiendo como un fuego que nunca se apaga. Cada recuerdo de ella es una chispa que aviva las llamas de mi odio. No hay redención, no hay perdón.
En esta vida, hay quienes hacen promesas y quienes las cumplen. Yo soy quien las cumple. Los ríos parecerán pequeños cuando rodeen la pirámide de poder que destruiré, la misma que los clanes de Brooklyn construyeron mientras yo estaba confinado.