Capítulo 1
—¿De verdad hace falta que vaya? —dije.
Era una pregunta estúpida, pues ya estábamos en la carretera desde hacía más de media hora, y ni hablar que mi destino ya estaba decidido desde hacía meses. No era exactamente una pregunta retórica. Pero tampoco esperaba una respuesta satisfactoria. Simplemente la formulaba como una especie de desahogo, y, quizás, para darle una oportunidad a papá de que me diera una explicación más convincente. Él estaba al volante. Me miró de reojo, con el ceño fruncido. Quizás pensaba que me había vuelto idiota.
—Ya somos familia. Es mejor que empiecen a llevarse bien —respondió.
Llevarnos bien, pensé para mí. ¿Era eso posible? Samara era una psicópata, o al menos eso sospechaba. Abril era una emo con delirios místicos. Y Aurora… bueno, Aurora siempre fue difícil de definir, pero estaba claro que le caía tan mal como a sus hermanas.
Hacía menos de un año que papá me había contado que había empezado una relación con Amalia, mi exprofesora de historia. Ya de por sí eso me resultaba raro. Amalia era una mujer rubia, de ojos celestes. Tenía un cuerpo despampanante, con apenas unos kilos de más, que, para mi gusto, le sentaban muy bien, pues la mayor parte de ese supuesto exceso de peso iba a parar a sus caderas, ensanchándolas, y a su trasero, engordándolo exquisitamente. Cuando era mi profesora, yo me sentaba en la primera fila, y me deleitaba desnudándola con la mirada, mientras escribía en el pizarrón, de espalda a la clase.
Y ahora se había convertido en mi madrastra. Qué locura. Bueno, en realidad todavía no vivíamos juntos. Pero papá y Amalia habían decidido casarse, ahora debíamos mudarnos a su casa. Ya de por sí eso me molestaba. Pero la realidad es que la casa de papá solo contaba con tres habitaciones. Las nuestras y una para recibir invitados. Sería imposible meter a mis tres hermanastras en esa misma habitación. Todas ellas debían estar acostumbradas a su propio espacio. Así que me tuve que tragar el orgullo y aceptar las condiciones. Podía haber insistido en el hecho de quedarme a vivir solo en casa. Pero papá había sido muy tajante al respecto. Quería que empezara a relacionarme con mi nueva familia lo antes posible. El hecho de que ya contara con dieciocho años no era un punto a mi favor, como yo esperaba, sino al contrario, ya que papá adujo que, debido a mi edad, no había tiempo que perder, y debíamos ensamblar esa familia lo antes posible. Como buen abogado que era, el viejo tenía siempre un argumento en la punta de la lengua.
Pero también tenía que reconocer que sentía cierta intriga por saber cómo iba a concluir ese extraño experimento. Era lo que se llama la “fascinación por el horror”. Muchas personas no podían evitar ver en la televisión o en internet, a personas que consideraban grotescas, como si uno estuviera en una feria ambulante llena de fenómenos deformes. La repulsión era igual de intensa que la atracción hacia esos seres. Y yo sentía algo idéntico a eso hacia mis futuras hermanastras, y por la realidad que ahora se cernía sobre mí.
Pero no podía negar que estaba en desventaja. Eran tres contra uno. Sabía que a Amalia le caía bien, pero igual la cosa estaba desequilibrada.
Conocía a las tres, pues eran del barrio, e iban a la misma escuela a la que iba yo. Samara era la peor. Había tenido el disgusto de compartir los primeros años de la secundaria con ella. Luego se cambió de turno (gracias a dios), porque no quería estar en el mismo curso en el que su madre era profesora.
Todavía ardo de rabia cuando recuerdo algunas de sus jugarretas. Había una en particular que, por mucho que me avergüence admitirlo, me dejó traumado. Un día, en la hora libre (había faltado el profesor de computación), algunos chicos del curso estaban jugando a algo que en ese momento no supe de qué se trataba. Yo me había quedado con mi grupito (el típico grupito de loosers que hay en todos los cursos), jugando cartas. Samara estaba con el grupo de chicos cool, obviamente. Casi parecía la imagen de una berreta película yankee. Ella sentada sobre la mesa, con la pollerita a cuadros corrida hacia arriba por la posición de sus piernas, una encima de la otra, dejando sus carnosos muslos a la vista, representando una imagen aparentemente natural, pero que me resultaba muy sensual, casi pornográfica.
Torpemente, me quedé mirándola más tiempo del conveniente. Y es que Samara, lo que tenía de odiosa lo tenía de sensual. Tenía el pelo castaño lacio. Los ojos color miel. Era una especie de versión más pequeña de su madre. Era la que más se parecía a la profesora Amalia. Solo diferían en el color de pelo y los ojos, y en el hecho de que Samara era delgada, excepto su trasero, el cual era enorme considerando lo pequeña que era. Enorme y hermoso, como el de su madre. Además, tenía una cara preciosa, redonda, de piel suave. Parecía una bebota.
—¿Qué pasa, Chispita? —me preguntó Adrián.
Era el galán del salón, y quien además era el interés amoroso de Samara, aunque nunca se habían puesto oficialmente de novios que yo supiera. Tenía la corbata algo suelta, aprovechando que no había profesores que lo instaran a ponerse el uniforme correctamente. Aunque igual siempre hacía lo que quería. Tenía un físico impresionante considerando su edad. Y era excelente en los deportes. Bien podría ser el típico brabucón de las películas ya mencionadas. Esas en donde el capitán del equipo de football era una especie de semidiós en la preparatoria. Resulta que, en esa escuela de Buenos Aires, el poder de Adrián y de Samara era muy parecido al de esos personajes ficticios. Y yo me sentía un alfeñique a su lado. Era pequeño, delgado, y usaba anteojos de culo de botella.
Nunca entendí por qué me había puesto ese apodo: “chispita”. Pero estaba claro que le resultaba muy divertido. Se acercó a Samara. Le dijo algo al oído. Y ella sonrió, mientras dirigía su mirada hacia mí.
Me encogí en mi asiento. Seguí jugando al truco con otros tres chicos. Por lo visto Adrián se había burlado de mí o algo parecido. Quizás le dijo que la estaba mirando. Pero luego no me dijeron nada más. Mejor hacerme el tonto, pensé. Me dije que en el futuro debería tener más cuidado con mis miradas indiscretas. Aunque era difícil no mirar a Samara. Ya en ese entonces no me caía nada bien, pero igual no podía evitar desviar mis ojos hacia su trasero y sus piernas. Realmente estaba buenísima.
El grupito de Samara y Adrián empezó a hacer más ruido. Entonces me di cuenta de que estaban jugando a “verdad consecuencia”. Un juego infantil comparado con el truco, que exigía inteligencia y astucia.
Entonces escuché que Samara eligió “consecuencia”. Lo dijo en voz alta, casi como si quisiera que todo el curso la escuchara. Javi, uno de los chicos que estaban con ella le dijo cuál sería la prenda. “Tenés que besar a Carlitos en la boca”, le indicó, refiriéndose a mí.
Pensé que había escuchado mal. O que quizás se referían a otro Carlos. Alguno de otro curso. Pero entonces Adrián me llamó.
—¡Ey, vení, Chispita! —gritó. Lo miré, entre asustado y sorprendido.
Esto había ocurrido apenas un par de años antes de la mudanza, pero en ese entonces yo era muy diferente a como lo sería después de la escuela. Era sumamente tímido e introvertido. Y los chicos como Adrián me intimidaban mucho.
—¿Qué? —pregunté.
—Vení —me dijo Javi, el que había dicho la prenda, y que además era otro de los chicos cool—. Te sacaste la lotería.
Miré a los tres chicos que estaban jugando a las cartas conmigo. Se encogieron de hombros, desentendiéndose del asunto, aunque me pareció que estaban ansioso por ver qué pasaba. Caminé, nervioso, hasta donde estaba ese grupo de chicos que normalmente me trataban como si tuviera lepra. Samara se había bajado de la mesa, y ahora me daba la espalda.
—Sami tiene que hacer una prenda —explicó Adrián—. Y la prenda es que le des un beso en la boca.
Miré a Sanara, ahora que la tenía de frente. Estaba sentada en su pupitre. Se veía imperturbable. Parecía que de verdad estaba dispuesta a recibir un beso mío. Pero yo estaba muy nervioso, y no me gustaba nada que todos nos estuvieran mirando.
—¡Beso, beso, beso! —empezó a corear Javi. Al rato todo el curso lo imitaba.
Era muy incómodo. Decidí poner fin a esa estupidez. Si no les seguía la corriente, podían estar así toda la mañana. Y por lo visto ningún docente de otra aula parecía dispuesto a ir a poner orden. Me acerqué a Samara. Me incliné. Tenía los labios gruesos, y sus ojos eran grandes y hermosos. No dijo ni hizo nada, lo que me daba a entender que de verdad esperaba que la besara. Entonces arrimé los labios a los de ella. Cuando ya di por sentado que el beso iba a ser una realidad, ella corrió la cara.
—¡Ay no! Me quiere besar en serio —dijo.
Los chicos de su grupo estallaron en carcajadas. Me puse rojo como un tomate. Era una trampa. Otra oportunidad para burlarse de mí. Samara tenía las manos levantadas, con las palmas abiertas, como para impedir que yo me acercara más. Su rostro miraba a un costado, con una expresión de repugnancia que jamás creí que podía generar en alguien. Como dije, nunca fui un adonis, pero tampoco solía producir un rechazo tan profundo en las chicas. Además, estaba ahí porque ellos me habían llamado.
Pero en ese momento no pude atinar a decir nada en mi favor. Sonreí como un idiota, como si yo fuera parte del juego, y no el mero objeto de sus burlas. Mientras me iba a sentarme de nuevo a mi lugar, deseando que la tierra me tragara, escuché lo que decían de mí.
—Parecía Quasimodo —dijo Adrián, burlándose.
—Al menos se animó el pibe —dijo Javi. El más amable entre los odiosos.
—Ay, yo pensé que me iba a besar de verdad. ¿Se imaginan? ¡Qué horror! —decía Samara, sin importarle que yo la escuchara.
Esa fue solo una de sus tantas maldades durante esa época. Se caracterizaba por tener una maldad más típica de los hombres que de las mujeres. Se burlaba de mí frente a toda la clase. Y siempre se resguardaba en ese grupito del que de alguna manera era la líder.
Y ahora tenía que convivir con esa horrible adolescente. Mientras el auto avanzaba por la carretera, sentí que la vena de mi frente palpitaba. Los viejos recuerdos me estaban poniendo de mal humor.
Me dije que ya no era el mismo chico de antes. En ese par de años había dejado de ser tan inseguro, y ni hablar que mi aspecto tampoco era el mismo. Si me hacía alguna maldad se la iba a devolver. No iba a perdonar nada. No iba a dejar que me avasalle. Y lo mismo iba para sus hermanas. No eran particularmente despreciables como su hermana menor, pero igual me generaban muchas reservas.
Llegamos por fin a la casa. Lo bueno de esa mudanza era que no teníamos que trasladar más que lo esencial. Algunas cosas estaban en el auto, y otras las traeríamos en otro momento. Era un situación extraña, y el futuro me parecía incierto. Sentía que era como esas fusiones que a veces se daban entre dos empresas gigantes. Nunca se sabía realmente quién saldría ganando y quién perdería con ese traro. Y en mi caso yo estaba siendo arrastrado a ser parte de ese acuerdo.
Esperaba que dentro de aproximadamente un año papá entendiera que ya no era un niño, y me permitiera irme a vivir solo. Pero por ahora tocaba armarse de paciencia y ser lo más sociable que se pudiera.
No me sorprendió que la única que salió a recibirnos fuera Amalia. La hermosa MILF estaba vestida de manera simple, con un pantalón de jean y una camperita de lana que tenía el cierre un poco abierto. Era realmente hermosa, y además siempre había sido sumamente amable conmigo. Deseé que ojalá las hijas fueran, aunque sea, una cuarta parte de buenas de lo que era su madre. Con Samara sabía que eso sería imposible. Pero con la otras, quizás…
Mi exprofesora saludó a papá con un abrazo y un beso efusivos. Nunca comprendí cómo era que se enamoró de él. Papá era un hombre exitoso, y según comprendía, atractivo para las mujeres, eso no lo podía negar. Era un hombre delgado y canoso, que siempre andaba con su traje impecablemente prolijo y elegante, y conservaba un muy buen estado físico. Sin embargo, era muy acartonado para alguien tan alegre y simpática como ella. Pero, en fin, algo se me estaría escapando, porque terminaron juntos.
—Bienvenido, Carlitos —dijo después.
Me abrazó intensamente. Tenía un perfume rico, y su mejilla se sentía muy suave en mi piel. Tenía apenas unas arrugas alrededor de sus ojos, que solo aparecían cuando sonreía. Eso, para mi gusto, al igual que su supuesto sobrepeso, me resultaba sumamente atractivos, pues era la marca de una mujer madura. Pero ya tenía que dejar de mirarla así. Era la mujer de papá después de todo.
Por lo visto las hostilidades no iban a aparecer de entrada, porque dos de mis (recién adquiridas) hermanastras, esperaban en la sala de estar. Samara estaba irreconocible. Tenía el pelo atado en un rodete, lo que de frente la hacía lucir como si tuviera el pelo corto. Los rasgos de su rostro resaltaban increíblemente. Aturdido, tuve que reconocer que estaba mucho más linda que la última vez que la vi, lo que era mucho decir, pues en todos los recuerdos que tenía de ella estaba hermosa. Al igual que yo contaba con dieciocho años. Tenía una blusa blanca y una falda tableada que me hizo recordar los tiempos de cuando íbamos juntos a clase. Estaba inexpresiva. Ni seria, ni incómoda, ni molesta, y mucho menos alegre, obviamente. Si no la conociera, asumiría que era un chica seria y pulcra. Pero para mi desgracia, sí la conocía, y sabía que eso era solo una pose.
Papá saludó a ambas con un beso en la mejilla. Samara esbozó una leve y atractiva sonrisa cuando él apoyó la mano en la cintura. Pero luego volvió a ese estado en el que no era posible adivinar qué le pasaba por la cabeza. Me acerqué para saludarla. Un seco beso en la mejilla. No pude evitar recordar en ese momento aquella vez en que corrió la cara, con asco, para evitar que la besara.
Luego saludé a Abril. Era un año mayor que yo, pero físicamente parecía más pequeña. Tenía el pelo rizado, de un color n***o muy intenso, lo que me hacía pensar que estaba teñido. La chica era muy delgada, tenía la piel pálida y la ropa negra que usaba, al estilo emo, resaltaba esa palidez de una manera que se me hacía desagradable. No era precisamente una chica fea, pero al lado de Samara parecían un pony al lado de un unicornio. La saludé también con un beso.
Ella sí me pareció algo contrariada. Supongo que esa mudanza no nos caía muy bien a ninguno de los adolescentes que nos veíamos involucrados en ella.
Escuché que papá preguntaba por Aurora, y Amalia le contaba algo al oído. Evidentemente no era de mi incumbencia.
En principio las cosas no parecían ir tan mal como esperaba. No es que me importara lo que las personas pensaran de mí (antes quizás sí, pero ya no). Pero si mi llegada a esa casa hubiera comenzado con la ausencia de las tres hermanas, tendría que dar por hecho que la convivencia iba a ser muy difícil. Si bien no pretendía que fuéramos grandes amigos (más bien especulaba con estar ahí un año cuanto mucho, y luego olvidarme de ellas. Pasar las navidades juntos, quizás, si papá seguía en pareja con Amalia, cosa que dudaba), tampoco tenía ganas de que se concretara esa guerra que por momentos temía.
Pero enseguida me enteraría de que la cosa no había empezado bien en absoluto.
—Bueno, ¿dónde está mi cuarto? —pregunté.
Amalia miró a papá con incomodidad.
Puede que parezca raro, pero no conocía la casa. Habíamos tenido algunas cenas con Amalia, en donde me iban adelantando cómo sería esa unión familiar. En esas reuniones siempre me recalcaba que a sus hijas les iba a encantar conocerme, aunque el hecho de que ellas nunca participaran de ellas no me daba buenos augurios. La cuestión es que se suponía que iba a haber una habitación que solía usarse para invitados.
—Carlitos. Obviamente vas a tener tu habitación propia, como te lo prometimos —dijo.
Ya me esperaba una mala noticia. Mi cara se ensombreció. Instintivamente vi a Samara, pensando que iba a reírse de mí, como siempre hacía en la escuela cuando yo me encontraba en un momento incómodo. Pero no pasó nada de eso. Al contrario, frunció el ceño levemente, aunque enseguida volvió a poner esa cara de imperturbabilidad
—Tuvimos algunos problemas —explicó mi nueva madrastra—. Se suponía que iban a buscar las cosas que tenemos en ese cuarto hace dos días, pero todavía no pasaron. Uso ese cuarto como una especie de depósito. Está lleno de cajas y algunos muebles viejos.
—Ajam —fue lo único que dije.
—Bueno, esto es apenas un contratiempo. Ni siquiera un percance —se apuró a decir papá.
—Así que pensamos que mientras que esperamos a poder acondicionar tu nuevo dormitorio, compartas la habitación con una de las chicas —explicó Amalia.
Fruncí el ceño, y noté que empezaba a sonrojarme, como en los tiempos de la escuela. ¿Dormir con una de las chicas? ¿No era más práctico que dos de ellas durmieran en una habitación y me dejaran una para mí solo? Parecía lo más lógico, sin embargo, me di cuenta de que, si habían decidido eso, era por algo. Probablemente ninguna de las tres habían estado dispuestas a ceder espacio en su dormitorio. Algunas mujeres eran muy mezquinas con esas cosas. Por no querer compartir entre ellas, terminaron por elegir una situación más incómoda.
Sin embargo la idea de dormir bajo el mismo techo que la insoportable Samara o la freaky Abril, no se me hacía muy interesante.
—Puedo dormir acá en el sofá de última —dije.
Samara miró a su mamá, como si de repente se sintiera llena de esperanzas.
—Nada de eso —dijo Amalia, tajante. La cara de decepción de Sami me llenó de alegría—. Acá no vas a tener las mismas comodidades que en un dormitorio. Además, a veces yo o Abril nos levantamos muy temprano y te molestaríamos. Es solo unos días. Me encantaría dejarte una de las habitaciones de las chicas para vos solo, pero… —Dejó sin terminar esa frase. Dirigió la mirada a sus hijas, como esperando que ellas completaran la frase por ella. Pero, tal como había deducido, parecían preferir que una de ellas compartieran su habitación conmigo antes de abandonarlas. Esas cuatro paredes debían ser una especie de santuario para cada una de mis hermanastras.
—Bueno, si esto ya es algo que está arreglado, no le demos más vuelta. ¿Eh, Carlitos? —dijo papá.
Obviamente era una de esas preguntas que ya llevaban implícita la respuesta. Debía decir que sí, que no había problemas. Me hubiese gustado hacerle pasar un mal rato a papá, pero por esta vez obedecí.
—Claro, si ellas no tienen problemas, yo tampoco. Por unos días no va a pasar nada —dije, mostrándome mucho más predispuesto de lo que me sentía.
—Además, así aprovechan a conocerse mejor —acotó Amalia.
Pobre mujer, pensé para mí. Para que accediera a dejar que durmiera con sus hijas habría tenido que ser presionada por ellas. Seguramente fue una ardua negociación. Y todo porque eran unas caprichosas. La primera imagen que me daban como familia no era muy buena. Incluso Amalia me decepcionó un poco debido a su poco carácter.
—Bueno Sami, acompañalo a tu dormitorio. Abril, ayudalo con sus cosas —dijo Amalia.
—No, no hace fal… —dije. Pero la pequeña Abril ya había agarrado una de mis valijas y se alejaba, silenciosa, hacia donde supuse que estaba la escalera.
—Es por acá —dijo Samara.
Ella no se molestó en cargar nada. Amalia no se lo había ordenado, y se aprovechó de eso. Pensé en tener la cortesía de subir primero que ella. Pero se me adelantó, y cuando llegué a la escalera, ya iba varios escalones delante de mí.
Como es natural, mi mirada se desvió, por momentos, hacia su llamativo trasero. Ojalá fuera por dentro la mitad de linda de lo que es por fuera, pensé, mientras me deleitaba con su orto. Al igual que me pasaba en la escuela, una vez que mi mirada se posaba en ella, era muy difícil desviarla. Esa pendeja tenía un efecto muy fuerte en mi persona. Y esa noche iba a dormir con ella.
La cosa no se hizo menos fácil cuando se adelantó un par de escalones más. Ella era muy ágil, y yo estaba lento debido a las cosas que cargaba. Su falda aleteaba mientras sus piernas se estiraban para alcanzar otro escalón. Cuando llegó al final de la escalera, sucedió lo obvio. La distancia que me llevaba, la escalera empinada, y el hecho de que ese día había elegido ponerse una pollera, hicieron que durante un instante tuviera acceso a ese turgente orto que tanto me gustaba (muy a mi pesar).
Vi, con un culposo deleite, que llevaba una linda braguita blanca con pintitas rosadas. Pero, por suerte, enseguida me percaté de lo mal que quedaría si me pescaba viéndola. Me hice el tonto, y agaché la cabeza, como si estuviera muy concentrado en los escalones, para no tropezarme.
El cuarto era el último del pasillo. Abril ya había dejado mi bolso, y cuando volvió me regaló una triste sonrisa forzada que me resultó desagradable. Hubiera preferido que no se molestara en fingirla.
—Gracias —le dije igualmente.
Samara se había quedado en el umbral de la puerta, esperándome. Entré a la habitación. Me sorprendió lo cargada que estaba. Tenía su impronta en cada rincón. El color rosa primaba en ese amplio dormitorio. El cubrecama, las almohadas, las paredes, y alguno de los peluches que tenía, eran de ese color. Me sorprendió la cantidad de peluches que había, pero traté de disimularlo. ¿Acaso tenía doce años?
Al lado de su cama había otra cama de una sola plaza. El problema era que, si bien el espacio era muy amplio, al estar lleno de chucherías, no había tanto lugar como para que las camas estuvieran separadas. De hecho, estaban pegadas, como si juntas formaran una horrible cama de tres plazas.
—Bueno, espero que lo de mi cuarto se solucione rápido. Así no te causo molestias —dije, conciliador, pues estaba consciente de que no podía tener una actitud negativa tan pronto. Además, no estaba diciendo más que la verdad.
—La cosa es así —dijo Samara, como si no diera importancia a mis palabras—. Lo de tu cuarto va a tardar más de lo que pensás. No solo hay que vaciarlo. Tiene muchos problemas de humedad. No tiene conectado el aire acondicionado. la cañería del baño es un desastre. En fin. Con mucha suerte va a estar en condiciones en un par de semanas.
—Qué mierda —dije yo, instintivamente.
—Lo mismo digo —dijo Samara—. Así que acordamos con las chicas que vas a quedarte en el dormitorio de cada una de nosotras por turno.
—¿Qué? ¿Me voy a tener que mudar de habitación todos los días? —dije, indignado.
—No dije que todos los días. En realidad, quedamos en que íbamos a hacer turnos de dos días cada una. Entenderás que para tres chicas que no te conocen de nada, ya de por sí es difícil albergarte en un lugar tan íntimo como lo es nuestro dormitorio —explicó la adolescente pedante.
—Claro que lo entiendo. Además, yo valoro mi privacidad tanto como ustedes —remarqué—. Pero en algo estás equivocada. Dijiste que no me conocen de nada. Pero sí que me conocen. Bueno, ellas apenas de vista, pero vos... ¿No me digas que te olvidaste de los dos años que cursamos juntos? Es cierto que ya no estoy tan delgado y me operé de la miopía, pero seguro me recordarás —expliqué, con una ira contenida, ya que nuevamente los viejos recuerdos de cuando me hacían bullying acudieron a mí.
—Sí, te recuerdo. Pero que yo sepa nunca fuimos amigos —remarcó ella, dándome la espalda.
—No. Es verdad. Nunca lo fuimos —dije, con rencor.
Entre que acomodé mis cosas ya se hizo de noche. Claramente no tendría espacio para mi computadora. Ya hablaría con papá al respecto. No pensaba estar durante semanas sin ella. En ese cuarto no cabía nada más. Incluso parte de mi ropa tuvo que quedar en un bolso porque el ropero de Samara, si bien era enorme, no tenía lugar para muchas cosas más.
Después de ese corto intercambio de palabras, me sentí algo tenso durante la cena. El silencio de Abril tampoco resultaba reconfortante. Pero decidí no darle importancia. Solo era una antisocial. Ya bastante tenía con su hermana. Ella aún no me había hecho nada malo. Aurora, por su parte, no cenó con nosotros. No se me escapó el hecho de que no la nombraron en ningún momento.
La única que hacía la velada agradable era Amalia, como siempre. Me encontré dándome cuenta de que me gustaba tanto como cuando había sido mi profesora. Cualquiera pensaría que el hecho de que fuera la mujer de papá, y que además me encontraba en un ambiente algo incómodo, en lo último que pensaría sería en mi madrastra de manera lujuriosa. Pero ahí estaba, deseando llenar esa carita de ojos azules de leche. Me dije que esa actitud mía se debía únicamente a que necesitaba relajarme de alguna manera. Pero aparté la idea. Enseguida iba a tener que ir al dormitorio de Samara, y no podría desahogar mi calentura con una paja. Debía dejar de pensar en ello.
Pero eso me llevó a hacerme una pregunta: ¿Cuánto tiempo estaría sin poder masturbarme? No es que lo hiciera todos los días. Pero no recordaba estar más de una semana sin autosatisfacerme. Esa mudanza estaba teniendo efectos que no había calculado.
No estaba seguro de si esperar hasta bien tarde para ir a dormir, o subir antes de que lo hiciera Samara. No quería coincidir con ella. Durante el día encontraría qué hacer, pero de noche estaba obligado a compartir el espacio con esa víbora, así que tenía que hacer lo posible por interactuar con ella lo mínimo e indispensable. Por su actitud estaba claro que no servía de nada comportarme afablemente.
Finalmente me despedí de todos y fui al dormitorio a las diez de la noche. Qué locura, era demasiado temprano. Desde que terminé la secundaria, y convencí a papá de tomarme un año sabático, no me dormía hasta las tres de la madrugada. Pasé el tiempo con el celular, con las luces apagadas. Samara apareció cerca de la medianoche. Yo no había podido conciliar el sueño, pero cuando la oí entrar fingí que ya estaba durmiendo.
Era realmente muy incómodo estar en un lugar en el que no te soportaban. Me dije que, si me tenía que defender, no dudaría en hacerlo.
Al menos tuvo la delicadeza de no hacer ruido mientras se ponía el pijama, según creí. Pero entonces rompió el silencio con una risa. Una risa que se me antojó increíblemente odiosa. Me pareció que un celular había vibrado. Quizás recibió un mensaje. Qué carajos me importa, me dije, recriminándome, pues le estaba dando mayor atención de la que se merecía.
Entonces su voz irrumpió en la penumbra. Habló en susurros.
—No tenés idea de quién está durmiendo en mi dormitorio, boluda —dijo, aparentemente hablando con una amiga. Casi me atraganto con mi saliva al escucharla. La pendeja estaba hablando de mí. ¿Quién se creía? Sentí de nuevo la vibración del celular. La chica con la que hablaba, probablemente otra excompañera de la escuela, había picado, y ahora, de seguro le preguntaba que quién estaba en du dormitorio—. Chispita, ¿te acordás? Chispita está durmiendo al lado de mi cama.
No pudo evitar levantar la voz al decirlo. Y seguido de eso, otra odiosa carcajada.
“Me lo prometí”, me dije. “Nunca más me iba a dejar pisotear”.
No se la dejé pasar. Encendí la luz. Durante un instante me quedé sin poder decir nada, estupefacto ante su presencia. Estaba en ropa interior, parada al lado de su cama. La misma braguita blanca con pintitas rosas que había visto, acompañada por un corpiño. Sus caderas sinuosas y su piel desnuda me idiotizaron por más tiempo del aconsejable. Pero cuando vi su gesto desencajado, percatándome de que realmente la había tomado por sorpresa, espanté esa horrible lujuria que se había despertado en mi interior en cuestión de segundos.
—Me llamo Carlos —dije, serio—. Te agradecería que me llames por mi nombre.
Continuará