Capítulo 2
El silencio que siguió en esa habitación oscura me hizo pensar que había logrado hacerle cerrar la boca. Me pregunté si también se sentiría avergonzada. Aunque eso era demasiado para alguien como Samara. Igual me conformaba con que se quedara calladita.
Pero, como debí suponer, la pendeja tuvo que romper el silencio.
—No te llamé de esa manera por molestarte. ¡Así te decían todos en la escuela! —dijo.
Pensé en fingir que ya me había dormido, pero no pude con mi genio.
—Solo me llamaban así los que me molestaban. Tu amigo Adrián y ese grupo con el que te relacionabas. Mis amigos nunca me llamaron así. Además, ¿por qué carajos me pusieron ese apodo?
—Y qué se yo —respondió Samara—. Y si ni siquiera sabés por qué es ese apodo, ¿por qué te molesta?
—Convengamos en que Chispita no es un apodo que se le pone a alguien que respetes —acoté.
Samara soltó una risa.
—Bueno. Eso es verdad. Pero… Qué sé yo. Nunca te llamé de esa manera para ofenderte.
—Aunque no lo hicieras, siempre encontrabas la manera de ofenderme —le recordé—. Además, me llames como me llames, no me gustó la manera en la que hablabas de mí, como si fuera algo aberrante el hecho de que esté durmiendo en tu mismo dormitorio.
Me di cuenta de que estaba mucho más enojado de lo que creía. Mis manos se cerraron, formando un puño y mis dientes estaban apretados, como si estuviera mordiendo algo con fuerza.
—Sos demasiado susceptible me parece —dijo ella. Por una vez sonó seria—. Además, estás equivocado. No lo dije de esa manera. Estaba hablando con Cande. ¿Te acordás de ella?
—Otra de las chicas cool. Aunque no era tan perra como vos —respondí.
Me arrepentí de haber sido tan sincero. Era demasiado pronto para llevar la discusión al terreno de los insultos. Pero fue lo que sentí. Samara era una perra, y estar con ella me hacía poner los pelos de punta.
—Pensá lo que quieras. Pero estás equivocado. Muy equivocado —dijo ella.
—Equivocado, ¿en qué? —pregunté, fastidiado.
—No importa. Seguí viviendo en tu mundo de fantasía en donde sos el único buenito y todos los demás somos malvados. Ahora quiero dormir.
Eso me sacó de quicio.
—¿De qué carajos estás hablando? Yo no me considero mejor que todo el mundo. Pero vos, y tus amigos siempre me trataron como mierda. Y esa vez en la que me humillaste frente a toda la clase… —dije, pero me interrumpí. No le iba a dar el gusto de demostrarle que seguía herido por ese beso que nunca se concretó, después de años de que sucediera—. Muchas veces me agrediste sin que yo te hiciera nada.
—No recuerdo que fueran tantas veces las que te molesté. Yo simplemente soy así, sarcástica, pesada, un poco idiota. Eso no lo niego. No era nada personal —dijo ella, cínicamente—. Aunque…
—Aunque, ¿qué? —pregunté.
—Bueno, hubo una vez en la que sentí que me pasé de la raya. Aunque igual hice cosas peores… no sé, algo de eso me hizo sentir culpable. Pero ese idiota de Adrián se había empecinado en hacerte esa broma.
—Lo del beso… —dije yo. Por lo visto no iba a poder esquivar el tema—. Ahora resulta que fue culpa de Adrián —agregué después, con ironía.
—Bueno, bueno. No digo que no tuve la culpa. Solo que la idea había sido suya. Y el boludo de Javi le siguió la corriente.
—¿Esa es tu manera de disculparte? —pregunté—. Igual ya pasó, ya fue. Solo espero que no seas tan imbécil como entonces.
—Lamento informártelo, pero sigo siendo igual que antes.
—Qué pena. Igual, no me hacía ilusiones.
Por fin se quedó callada. No me gustó que supiera que había quedado traumado con aquello. Pero que reconociera que se había pasado de la raya me hacía sentir bien. Sentí como que había salido ganando en esa discusión, aunque fuera por poco.
De repente sentí que se movía en la cama. Se acercó tanto a la mía que la sentí a mi lado, como si de verdad estuviéramos durmiendo en la misma cama. Entonces sentí que me tanteaba con la mano. Una vez que encontró mi cara, aferró mi mentón con una de sus manos, con fuerza, como si intentara inmovilizarme.
—¿Qué hacés? —pregunté.
Entonces sentí en mis labios algo suave, y levemente húmedo. Eran sus labios. Samara me estaba dando un beso. No fue un beso prolongado, pero tampoco un simple pico donde nuestros labios se separaban inmediatamente. Estuvimos unidos durante unos instantes, hasta que ella volvió a su lugar.
—¿Te volviste loca? —pregunté.
Samara soltó una carcajada. Cuando logró componerse, respondió:
—Solo fue un beso. No te hagas ideas —dijo.
—¿Y por qué me lo diste?
—Por lo de aquella vez —explicó—. La verdad es que te hubiera dado ese beso. Solo para que el boludo de Adrián se sintiera herido en su orgullo. Pero había otro problema.
—Cuál —quise saber.
—Cande —dijo ella, como si con eso bastara para explicarse—. Le gustabas mucho —explicó finalmente.
Sentí que estaba descubriendo todo un mundo que desconocía. Recordaba a Candelaria. Una chica rubia, delgada, que solía usar trenzas. Nunca había prestado mucha atención en ella. Ni siquiera en el último año, en donde la imponente presencia de Samara ya no opacaba a todas las otras chicas del curso, pues se había cambiado de turno. Pero ahora recordaba algunas miradas, algunos gestos, algunas conversaciones efímeras que se resignificaban ante las palabras de mi hermanastra.
¿Podría haber vivido tan equivocado durante tantos años? No es que hubiera sentido algo especial por Candelaria, pero que una chica linda como ella gustara de mí contradecía todo lo que creí de mí mismo en esas épocas. ¡Cuánto me habría ayudado saberlo!
—De todas formas, no tendrías que haberte comportado de esa manera. Había muchas otras formas de evitar que te besara. No hacía falta que esperes hasta el último instante —acoté yo.
—Es que no pensé que te ibas a animar a besarme. Como eras tan... Qué querés que te diga. Reaccioné como pude. Tampoco fue para tanto.
—No, no fue para tanto. Pero la manera en que lo hiciste… Como si sintieras asco ante la idea.
—Bueno, te acabo de demostrar que no me da asco besarte. Pero te repito, fue solo un beso. No fantasees con otras cosas.
—¿Y por qué iba a hacerlo? Obvio, fue solo un beso. Un beso seco y aburrido.
—Es lo que hay —dijo ella.
Me desperté al día siguiente con la misma incomodidad con la que me había ido a dormir. Sin saber si levantarme antes o después que ella. No quería que pensara que era un degenerado por esperar a verla con poca ropa. Algunos rayos del sol ya entraban en la habitación. Giré para mirarla. Tragué saliva. Estaba intentando tener cuidado con no incomodarla, pero ahora ella estaba recostada sobre la cama en una pose sumamente erótica. Por la noche hizo bastante calor, y el viejo aire acondicionado largaba un viento frío muy tenue. Así que mientras dormía, sin darse cuenta, había corrido las sábanas a un lado. Ahora veía su espalda y su trasero, pues estaba de costado, dándome la espalda. La braga no era pequeña, pero el lado derecho de la tela que cubría su trasero se había metido en la profunda raja, dejando una imagen pornográfica a mi vista.
La visión que había tenido en la escalera había sido muy erótica, pero esto estaba en otro nivel. Además, mientras dormía, se había acercado mucho a mi cama. El orto de mi hermanastra estaba al alcance de mis manos. Vi claramente un lunar que tenía en la nalga izquierda. Y me di cuenta de que unos de sus labios vaginales sobresalía de la bombacha.
Pero me dije que no era buena idea quedarme viéndola así. Mi v***a ya se estaba hinchando. No quería que me considere un pajero. Agarré el cubrecama y las sábanas y tapé su cuerpo. Entonces Samara se removió.
—¡¿Qué hacés?! —preguntó, soñolienta—. Me estabas tocando ¡Degenerado! —gritó después.
—No seas boluda. Mirá si te voy a estar manoseando mientras dormís. Solo te estaba cubriendo, justamente para que no pensaras que te estaba mirando.
—¿Y cómo sabías que hacía falta que me cubras? Claramente me estabas mirando. ¡Pervertido!
—Dejá de gritar, boluda. Estamos en la misma habitación. Es obvio que te voy a mirar en algún momento. Vi que estabas con el culo al aire y tuve la deferencia de taparte.
Samara se desternilló de risa.
—Sos muy fácil. Ya veo por qué te ofendés con tanta facilidad. Te tomás todo muy en serio, y no sabés diferenciar la ironía de la verdad. Te vas a llevar bien con Aurora, en eso se parecen, aunque lo de ella es mucho más extremo.
Fruncí el ceño. ¿Que me iba a llevar bien con Aurora? Era tan distante como Abril, y se me hacía que podría ser tan infumable como Samara. Nunca hubiera pensado llevarme bien con la mayor de las hermanas, esa chica gorda y antipática.
—¿Y qué tiene que ver Aurora con todo esto? —pregunté.
—Ah, no te contaron —dijo ella—. Bueno, no importa. Me voy a bañar.
—¡Pero si yo me estaba levantando para ir a bañarme! —dije.
—Jodete, por despertarme —retrucó ella.
Pegó un salto y fue corriendo al baño. Claramente no le importaba que la viera en ropa interior. Su pomposo culo era encantador. No pude evitar mirarlo. Era un trasero tan llamativo que era muy difícil desviar la mirada de él.
Traté de que mi erección desapareciera, pero no era fácil. No me extrañaba, lo que no significaba que no resultara inoportuno. El estímulo visual que tenía, con Samara durmiendo a mi lado, era demasiado. Y ahora perecía que cabía la posibilidad de que nos lleváramos bien, o al menos mejor que antes. Su actitud de hacía un instante demostraba que seguía siendo la misma idiota de siempre, pero era probable que tuviera algo de razón. Yo me tomaba todo demasiado a pecho (quizás).
Vi que me llegó un mensaje de Sofía. Era una chica con la que chateaba hacía un par de meses, y con la que ya había tenido tres citas. Si todo marchaba bien, pronto seríamos novios. Estaba muy entusiasmado con eso. En el mensaje me preguntaba que cómo me sentía en mi nueva casa. Obviamente le había contado lo de mi nueva familia. Decidí llamarla, aprovechando que mi hermanastra no aparecería por algunos minutos.
Pero justo en ese momento Samara salió del baño. Aparentemente buscaba ropa interior limpia en su ropero. Si estuviera mandando un audio, lo interrumpiría y listo. Pero Sofi ya me había atendido.
—Hola, Sofi —la saludé, algo incómodo por la presencia de mi hermanastra.
Le pregunté a mi interés amoroso (el primero que tenía en mi vida) cómo habían estado sus días, pues hacía unos cuantos que no hablábamos. Mientras ella me respondía, Samara se subió a la cama, cosa que me extrañó. Además, se puso del lado que estaba más próxima a mi cama, quedando nuevamente tan cerca de mí, que parecíamos estar en la misma cama. No me molesté en mirarla.
—¿Y qué tal tu primer día en esa casa? —preguntó Sofi, cuando terminó de contarme sus cosas.
—Bien —dije, sintiéndome restringido por la presencia de Samara—. Hubo algunos inconvenientes, pero en unos días…
Iba a contarle que me vi obligado a compartir la habitación con una de mis hermanastras. Si bien aún no era mi novia, sentía cierta fidelidad hacia ella. Además, si la situación fuera inversa, me parecería insultante que no me contara que estaba durmiendo con un hombre, por más de que lo s****l no tuviera nada que ver en el asunto.
Pero no pude contarle esa parte, porque Samara había interrumpido de la manera más desubicada.
Gemidos.
Samara gemía como si estuviera teniendo sexo con un n***o con el pene de veinticinco centímetros.
—¡Así Carlitos, así, Metémela toda! —decía la muy pendeja.
—¿Quién es? —preguntó Sofía, del otro lado de la línea.
—Nada, es… —balbuceé.
—¡No, no acabes adentro, Carlitos! Ya te dije que no quiero quedar embarazada. Acabame en las tetas. ¡Ay, Ay! —exclamaba mi imbécil hermanastra, entre gemidos que resultaban sumamente creíbles.
—Después te llamo —dije.
Pero cuando traté de cortar, el nerviosismo me jugó en contra, y no logré hacerlo, hasta el tercer intento, cosa que sirvió para que la broma de Samara continuara por unos instantes más.
La miré, boquiabierto. Ella estalló en una carcajada. Nunca alguien pudo generarme tanta atracción y rechazo al mismo tiempo. Y es que su cuerpo cimbreante era una locura, y con los movimientos que había estado haciendo hacía un rato, resultaba terriblemente sexy, pero también tenía ganas de matarla.
—¿Cuál mierda es tu problema? —pregunté, lleno de ira.
—No sé. Tengo muchos —dijo ella—Demasiados traumas de mi niñez. Abusaron de mí cuando era pequeña. Y la única manera de alegrarme el día es molestando a los demás.
Puso una cara de idiota que me generó tanta pero tanta irritación, que de alguna manera se convirtió en una carcajada. No la pude reprimir. De verdad estaba enojado, pero no pude evitar reírme como un boludo.
—Sos una idiota —dije, secándome las lágrimas que me salían de los ojos—. me hiciste quedar mal con la chica con la que estoy saliendo.
—Cosas que pasan —dijo ella, encogiéndose de hombros.
Agarró la braga que había sacado del ropero, y un toallón, y se metió en el baño de nuevo. Me di cuenta de que me había olvidado de Sofía. No me quedó otra que contarle la verdad: que estaba durmiendo con mi hermanastra, y que ella había sido la que había estado fingiendo que gemía. Sofía fingió que no le importaba, pero estaba claro que no le gustaba nada lo que había pasado.
Ese día hizo mucho calor. Con la excusa de ir a buscar algunas cosas de mi antigua casa, pude escaparme por casi toda la mañana. Volví a la hora del almuerzo, porque tampoco quería quedar como un maleducado. Pero solo estaban Amalia y Abril. Incluso papá se había tenido que ir a trabajar. Amalia, como siempre, se mostraba muy amable conmigo. Abril no dijo mucho, aunque tampoco me sorprendió. La hermana del medio era muy retraída. Yo sospechaba que era tan tímida como yo mismo lo era cuando iba a la escuela, solo que ella lo disimulaba mejor. La dejé en paz. Si había algo que incomodaba a las personas tímidas era que la gente insistiera con hacerlos hablar.
—¿Cómo dormiste anoche? —preguntó Amalia.
Recordé el beso. A Samara semidesnuda. Sus gemidos (increíblemente realistas) para gastarme una broma. Siempre me había producido mucha irritación. Ahora ese sentimiento no había desaparecido, ni mucho menos, pero, a diferencia de lo que pasaba antes, las ganas de estrangularla se mezclaban con mucha diversión. Era increíble que esa pendeja me haya hecho reír tanto, pero no pensaba darle mucha confianza. Sabía lo insoportable que podía llegar a ser.
—Bien. Mejor de lo que imaginé —dije. Y no estaba mintiendo.
La casa era muy grande, por lo visto, la mayor parte del tiempo al menos dos de las chicas no estaban ahí, así que me sentí con más espacio del que esperaba. Por la tarde, fui al patio del fondo a tomar un poco de aire, mientras revisaba el celular. Era un patio enorme. Con una piscina que pensaba usar pronto. Me sorprendió encontrarme con Samara. No la había visto llegar. Se encontraba a un costado de la pileta. Sostenía una manguera con la que lavaba un auto que, por lo que me enteré después, compartía con Abril.
—¿Qué mirás? —dijo.
De hecho, no la estaba mirando. Pero ahora sí. Llevaba un vestido floreado con los colores algo desgastados. Ropa vieja para hacer ese tipo de tareas, supuse. Pero, aunque fuera una prenda vieja y simple, se veía encantadora con ella. Estaba descalza y con el pelo suelto.
“Fue solo un beso”, me dije, mientras, con los ojos, le hacía una especie de radiografía. El sol le daba de lleno, y el vestido se tornaba levemente transparente, con lo que podía ver su ripa interior negra. Y ahora me daba la espalda. Se estiró para pasar una enorme esponja en el parabrisas.
—No te estoy mirando —dije—. Se nota que pensás que el mundo gira a tu alrededor.
Dio media vuelta, para mirarme, con el ceño fruncido.
—Mejor que no me mires. Lo único que me falta es un hermanastro degenerado —bromeó.
Me tenté de decirle que la degenerada era ella, que ya me había robado un beso en la boca. Algo que de hecho había sido sin consentimiento. Un beso sin lengua, pero un beso al fin. Pero algo me decía que mejor no tocara ese tema en ese momento. No sabía si Amalia nos estaba escuchando. Por algún motivo sentía la necesidad de que eso quedara entre nosotros. Estaba claro que me estaba provocando, pero no sabía con qué intención lo hacía. ¿Solo para molestarme? ¿O quizás había algo más? Aunque no me sentía un perdedor como en la escuela, Samara seguía estando en otro nivel. Y sin embargo parecía muy deseosa de llamar mi atención. “Es solo para después herirte”, me dije. Era probable que fuera eso. Al igual que con el beso de hacía años, una vez que estuviera muy cerca de ella, se reiría en mi cara.
Aunque solo fuera una especulación, la sola idea me hizo apretar los dientes. Era demasiado pronto para olvidar los viejos rencores.
Entonces sonó una música. Era del celular de Samara. Estaba apoyado en una reposera y ella se había acercado a ponerla. Ahora mi hermanastra volvía a lavar el auto. Pero mientras con las manos hacía movimientos circulares sobre la carrocería, sus caderas se movían sensualmente al ritmo de la música. Era un tema que evocaba a la sensualidad, y mi hermanastra lo reflejaba con movimientos sumamente eróticos. Aunque, justo es decir, con ese cuerpo, el mínimo paso resultaba erótico en esa pendeja insoportable.
El trasero se movía deliciosamente dentro del vestido. Ahora sí, no podía dejar de mirarla. Pero dado que hacía todo eso solo porque yo estaba ahí, no dejé de hacerlo.
Entonces Samara fue por más. Dirigió el chorro de agua a su propio cuerpo, mojando su vestido. La prenda quedó enseguida empapada. La fina tela pegada a su cuerpo. Y Ahora su ropa interior quedaba completamente a la vista.
Si la pendeja pretendía calentarme, lo había logrado. Sentí mi pija hinchada, y tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se convirtiera en una erección óptima. No era solo su trasero. Sus piernas desnudas, sus senos reaccionando a los movimientos ondulantes de su cuerpo, su carita hermosa con los ojos resplandeciendo bajo los rayos del sol, todo en ella despertaban los instintos más lujuriosos en mí, como lo haría en cualquier hombre. A veces su actitud opacaba su belleza, pero no había dudas, estaba terriblemente buena. De hecho, no recordaba haber conocido a alguien tan hermosa como ella, salvo la propia Amalia. Sofía, por mucho que me pese, no tenía ni para empezar a competir con Samara. Aunque claro, lo físico no era todo.
—Podrías venir a ayudar, ¿no? —dijo Samara.
—No es mi auto —dije.
La erección que había intentado desvanecer, había aparecido con una potencia impresionante. Si me levantaba de la silla en donde estaba, quedaría en evidencia.
—Que piba. Parece que nunca va a madurar —escuché decir a mis espaldas.
Me exalté al escucharla. Se trataba de Amalia, mi nueva madrastra. Me había quedado embobado viendo a Samara haciendo ese cadencioso baile erótico. No sabía desde cuándo estaba ahí, apoyada en el marco de la puerta. Si había llegado recién, quizás no había quedado expuesto.
—¿No querés meterte en la pileta? —preguntó. Y luego, dirigiéndose a su hija, exclamó, a los gritos—. ¡Me dejás todo limpio! ¡No se te ocurra hacer como siempre que solo te preocupás de lavar el auto y dejás el piso hecho un desastre!
—Sí, sí, siempre aguafiestas —replicó Samara.
—Quizás más tarde —respondí yo a su pregunta sobre la pileta. Ni loco me ponía de pie en ese momento, teniendo a Amalia a mi lado, estando en un ángulo ideal para ver mi potente erección.
—Yo a veces me meto de noche —dijo.
Imaginarla en bikini no era algo que me ayudara a que mi v***a se ablandara precisamente. Me vi obligado a quedarme ahí, como un bodoque. El hecho de convivir con dos mujeres tan hermosas no iba a hacerme la vida fácil. A mis dieciocho años era extremadamente sensible a cualquier estímulo visual. El hecho de que fuera verano tampoco contribuía en nada. Mi virginidad tampoco ayudaba. Samara ya me había demostrado que no tenía problemas con andar con poca ropa por la casa. Y ahora me enteraba de que Amalia disfrutaba de la piscina con regularidad. No debía sorprenderme ninguno de esos datos. Era su casa, y no tenían por qué comportarse distinto porque ahora había un adolescente de sexo masculino viviendo con ellas.
—Con este calor, no estaría mal un chapuzón antes de dormir —dije.
—Cuando quieras. Recordá que estás en tu casa.
Por suerte se fue. Me sentí culpable, pensado que quizás había quedado como un maleducado. Parecía que quería entablar una conversación conmigo y yo me había mostrado poco interesado en seguirle la corriente.
Más tarde me fui a la habitación de Samara (no podía llamarla “mi habitación”). Pero me encontré conque la cama que había usado a la noche no estaba. Me preguntaba si era otra de las travesuras de la menor de mis hermanastras. Si no tenía cama propia, esta vez sí deberíamos dormir en la misma cama. Y ella acostumbraba a usar solo ropa interior por la noche. Se me hizo agua en la boca. Sentí pena por Sofía. Era apenas el segundo día en ese lugar y no paraba de tener fantasías sexuales con Samara y con Amalia.
—¿Y la cama? —pregunté, cuando Samara apareció.
—En el dormitorio de Abril. Hoy dormís con ella —respondió, como si nada.
—¿Qué? ¡Pero si me dijiste que iba a estar dos días con cada una! ¡No puedo estar cambiándome de dormitorio todos los días, solo por capricho tuyo!
—No es para tanto. Necesito estar sola a la noche, y Abril me debía un favor.
—Qué carajos. Ya veo que seguís siendo la misma de siempre —dije, ofendido. Agarré mi valija y fui sacando las pocas cosas que tenía en el ropero—. Pendeja de mierda —agregué, cuando salí de su espacio sagrado.
Golpeé la puerta de Abril. Al menos la chica emo no iba a ser tan insoportable como su hermana, aunque tampoco sería más simpática.
—Pasá —escuché decir a la chica.
Ese tono de voz no me gustó nada. Quizás estaba paranoico, pero parecía que tenía tantas ganas de que yo esté ahí como las que tenía yo, es decir, ninguna.
—Permiso —dije, entrando a la habitación.
La habitación no estaba tan cargada como la de Samara, pero tenía cosas que me llamaron la atención. Velas aromáticas, pinturas extrañas colgando de la pared, libros raros apilados en una silla. También había un ambiente peculiar. Aunque no se sentía lúgubre, como había esperado.
Era temprano. Pero quería ir acomodando mis cosas. Realmente era muy molesto esa interminable mudanza. Estaba seguro de que, si me quejaba con Amalia, ella saldría a mi favor. Este cambio era de último momento y seguro no lo habían consultado con ella.
—Perdón, sé que para vos debe ser tan incómodo como para mí —dije.
—¿Incómodo? —preguntó Abril—. Literalmente, esto es una mierda. No sé por qué me veo obligada a tener que cambiar mis hábitos por la irrupción de alguien que apenas conozco.
Me quedé sin palabras. Acababa de hablar mucho más de lo que me había hablado desde que llegué a esa casa. Y todas sus palabras eran agresivas. Además, su gesto intensificaba la irritación que transmitía con sus palabras.
Me enfurecí. No iba a dejarme pisotear otra vez.
—Para mí también es una mierda esto —dije—. Quedate tranquila. Prefiero dormir en el sofá del living.
Me dirigí a la puerta, exasperado. Si Amalia me decía que no podía dormir en la sala de estar, le diría que las imbéciles de sus hijas no me querían con ellas, y que yo tampoco quería saber nada con las hermanitas desquiciadas.
—Esperá —dijo Abril.
Me agarró de la mano, con una fuerza que no habría adivinado en una chica lánguida como ella.
—No pasa nada —dije, adivinando que pretendía disculparse. No estaba para aguantar a otra loca. Si estaba de mal humor, que se la agarrara con otro—. No te preocupes, ya entendí que no soy bienvenido acá. Seguro no es nada personal.
—No es eso —dijo Abril—. Es que nosotras somos muy complicadas. Sobre todo, Aurora y yo.
—¿Me estás diciendo que en comparación con ustedes Samara no es complicada? —pregunté, riendo.
—Tiene lo suyo, como todas las mujeres. Pero no tiene problemas específicos como nosotras.
Otra vez Aurora, pensé para mí.
—Bueno, pero que tengas esos problemas no justifica que me hables como me hablaste hace un rato —esgrimí.
—Ya lo sé, ya lo sé —dijo ella. Por una vez se mostró frágil, sensible, hasta un poco tierna. Se detuvo un momento, aparentemente meditando sobre algo importante—. Creo que si vas a vivir con nosotras, lo mejor es que nos conozcas. ¿Estás dispuesto a escucharme?
—Claro —dije, ya de mucho mejor humor.
—Pero más tarde. ahora tengo que salir a hacer un trabajo —dijo.
—¿Un trabajo? —pregunté. No tenía idea de que trabajara. No debía ser algo tan sorprendente, pero dado el horario en que se disponía a marcharse (ya pasando el atardecer), me resultó muy curioso.
—Sí, algo de último momento. Pero no estoy con el atuendo adecuado —dijo.
Por su cabello húmedo parecía que se había bañado hacía un rato. Lucía una remera mangas largas negra y un pantalón del mismo color. Ambas prendas eran holgadas. Todas las veces que la había visto, lucía exactamente igual. Pero no porque usara siempre la misma ropa, sino que el estilo era idéntico.
Me di cuenta de que su rostro era muy bello. Casi tanto como el de Samara, aunque un tanto más ovalado, y de ojos marrones oscuros. Los rulos negros le llegaban un poco por debajo del hombro.
Entonces Abril se quitó la remera. Y yo, por enésima vez desde que llegué a mi nuevo hogar, quedé con la boca abierta. Estaba llena de tatuajes. En los antebrazos. En el ombligo. Debajo de la clavícula… y otros tantos. Después se quitó el pantalón, sin incomodarse por mi presencia. Sabía que, aunque ella no dijera nada, lo correcto sería desviar la mirada. Pero me resultaba imposible hacerlo. Y no solo porque ahora veía otros tantos tatuajes en sus pantorrillas, sino porque me estaba dando cuenta de lo engañosa que podía ser la vista, de lo mucho que podía influir en la imagen la prenda que se elegía usar. Porque, si bien Abril era una chica bajita y delgada, con una fragilidad física evidente, ahora que se había desprendido de sus ropas (de su disfraz), descubría que ese cuerpito era mucho más sinuoso de lo que había imaginado. Sus caderas tenían una anchura que no había percibido jamás. Sus tetas eran pequeñas, pero estaban bien paraditas, lo que hacía que, ahora que estaba en ropa interior, llamaran mucho la atención.
Y la frutilla del postre. Su piel. Esa piel pálida que desde un principio me había parecido un tanto desagradable, ahora, en combinación con tantos tatuajes, la mayoría de ellos dibujados con colores oscuros, la hacían lucir de una manera imponente, magnífica, hermosa y sensual.
Abril sonrió mientras se ponía un extraño vestido n***o.
—Después hablamos —dijo.
Me quedé pasmado, agradeciendo que se hubiera ido, porque si no, mi estupefacción me haría quedar como un idiota. No lo podía creer. ¡Qué equivocado estaba!
Abril estaba buenísima.
Continuará...