Me despierto a la mañana siguiente, desorientada al principio, pero luego recuerdo los eventos de la noche anterior. Miro a mi alrededor, sintiéndome extrañamente segura y confortable en este pequeño refugio.
Mientras me levanto de la cama, mis ojos se posan sobre el cuerpo del hombre, tirado en el mismo lugar. Noto una mancha oscura que no había visto antes en su ropa, y me acerco para examinarla más de cerca.
Al inspeccionar más de cerca, mi corazón se detiene. Es sangre. Hay un agujero en la tela de su ropa, como si hubiera sido perforada por algo. Doy un paso atrás, sintiendo que el aire se escapa de mis pulmones.
¿Una bala? ¿Cómo es posible? El hombre parecía estar tan ebrio que ni siquiera podía mantenerse en pie.
¿Cómo pudo ser herido de bala?
Comienzo a temblar, la realidad de la situación golpeándome de lleno. Esto no fue un simple accidente o muerte natural. Alguien le disparó a este hombre. Y ahora estoy aquí, sola, en su casa.
Un escalofrío recorre mi espalda mientras me doy cuenta de las implicaciones. Si las autoridades descubren lo que ha sucedido, ¿qué será de mí? No puedo ser asociada con un crimen, especialmente en mi condición.
Rápidamente, comienzo a recoger mis cosas, preparándome para huir de este lugar. Debo desaparecer antes de que alguien note mi presencia. Pero entonces recuerdo el dinero que encontré en los bolsillos del hombre. Es todo lo que tengo para mantener a mi bebé y a mí.
Vacilo por un momento, dividida entre la necesidad de protegerme y la de asegurar nuestra supervivencia. Finalmente, tomo una decisión. Guardo las monedas en mi bolsillo y me apresuro a salir de la casa, rezando para no ser vista.
Mientras me alejo, siento una mezcla de alivio y culpa. Sé que debo dejar este terrible incidente atrás, pero una parte de mí se siente culpable por abandonar al hombre, incluso a pesar de las circunstancias. Sin embargo, no puedo arriesgar el futuro de mi bebé.
Después de huir apresuradamente de la casa, me dirijo a un pequeño puesto callejero y compro un poco de pan y guiso caliente. También lleno un cubo de hojalata con agua fresca. Con estas modestas provisiones, me apresuro a encontrar una habitación económica en un hostal humilde donde pasar los próximos días, la misma habitación horrenda, oliendo tan mal como la deje.
Cierro los ojos un segundo tomando aire, debería de estar agradecida por tener un techo sobre mi cabeza. Me siento en la desvencijada cama, dándole vueltas a la terrible situación en mi cabeza. Sé que no puedo quedarme aquí por mucho tiempo, el poco dinero se agotará pronto.
Mientras me acurruco bajo las sábanas desgastadas, una ola de ira comienza a brotar en mi interior. Recuerdos de mi vida pasada, llena de lujo y comodidad, se mezclan con la cruda realidad en la que me encuentro hundida.
Aprieto los puños con fuerza, sintiendo cómo la rabia se acumula en mi pecho. ¿Cómo es posible que todo lo que una vez tuve me haya sido arrebatado de manera tan cruel?
Visualizo esos lujosos salones donde solía reunirme, rodeada de finas vajillas y exquisitos manjares. Recuerdo los vestidos elegantes, las joyas brillantes y las miradas de envidia de aquellos que me rodeaban. Era una vida de privilegios, de la cual ahora soy despojada.
La sensación de hundirme en una tina llena de agua caliente, dejando que el vapor y la fragancia de los jabones me envolviesen, se siente ahora como un recuerdo lejano, casi irreal. ¿Cuándo fue la última vez que pude disfrutar de un baño apropiado, sin tener que preocuparme por la suciedad y el olor a la intemperie?
Y esos delicados sabores de las salsas, las carnes tiernas y los postres elaborados que solía degustar en los banquetes, parecen ahora un sueño inalcanzable. Ni siquiera puedo recordar el último bocado placentero que pude disfrutar.
Todo ese mundo de lujo y comodidad se ha desvanecido, dejándome atrapada en esta realidad cruda y despiadada. Y no puedo evitar sentir una profunda rabia creciendo dentro de mí, por haber sido despojada de todo aquello que una vez me pertenecía.
Aprieto los dientes, reprimiendo un grito de frustración.
Volveré a tenerlo todo, algún día volveré y cada uno que me dio la espalda pagará con lágrimas.
(…)
Miro por la ventana, observando a los hombres y mujeres de las calles. Veo a algunos borrachos tambaleándose, y una idea comienza a formarse en mi mente. Quizás pueda volver a intentarlo, pero esta vez mantendré la guardia en alto.
Unos días después, me dirijo de vuelta al callejón sombrío. Me siento tensa y nerviosa, sé que debo hacer lo necesario para sobrevivir y proteger a mi bebé. Entonces, veo a un hombre apoyado contra la pared, y me acerco a él con cautela.
Para mi sorpresa, noto que le falta un brazo. Aún así, me obligo a continuar, decidida a no dejarme vencer por el miedo.
—Disculpe, señor —digo en voz baja— ¿Le interesaría pasar un rato conmigo? Puedo brindarle compañía a cambio de unas monedas.
El hombre me mira de arriba abajo, en sus ojos veo una mirada de compasión, no de lujuria. Se acerca con más cuidado que el hombre de la noche anterior.
—Muchacha, ¿qué estás haciendo aquí? —pregunta, su voz ronca y suave — Este no es un lugar seguro para una mujer en tu condición.
Me sorprendo ante su tono y sus palabras. Dudo por un momento, sin saber cómo responder, finalmente, decido ser honesta.
—Necesito dinero, señor —admito, con la voz temblorosa—Tengo que cuidar de mi bebé.
El hombre me mira con una mezcla de tristeza y comprensión. Luego, saca algunas monedas de su bolsillo y me las ofrece.
—Toma, muchacha. Seguramente lo necesitas más que yo.
Vacilo por un momento, pero la desesperación me empuja a aceptar el dinero. Mientras lo guardo, siento una mezcla de alivio y vergüenza.
—Gracias, señor —susurro, incapaz de mirarlo a los ojos.
Él asiente y se aleja, dejándome sola. No quería estar con él, no quería que algún hombre usará mi cuerpo, aferrándome con fuerza las monedas que el hombre amable me ha dado, me apresuro de vuelta a mi habitación.
Mis pasos son rápidos, tengo hambre, quiero conseguir un plato de comida caliente.
Apenas he avanzado unos metros, cuando escucho unas risas burlescas a mis espaldas. Me giro para ver a un grupo de niños, quizás de unos diez u once años, que me observan con ojos traviesos y miradas divertidas.
¿Qué es lo gracioso?
—¡Eh, tú! ¿Qué tienes ahí? —grita uno de ellos, señalando las monedas que aprieto contra mi pecho.
Antes de que pueda reaccionar, uno de los chicos, un muchacho muy delgado de cabello revuelto, se lanza hacia mí como un rayo y me arrebata el pequeño puñado de monedas de la mano. Siento un tirón y las monedas tintinean mientras se escapan de mi agarre.
—¡Ladrones! ¡Devuélvanme eso! —grito, sintiendo el pánico apoderarse de mí. Instintivamente, salgo corriendo detrás de ellos, determinada a recuperar mi dinero.
Los niños echan a correr entre las sombras de los callejones, riendo a carcajadas mientras se alejan. Sus pies descalzos golpean el suelo con fuerza, creando un eco que resuena en las paredes sucias.
—¡Vuelvan aquí!
Corro desesperada, pero ellos no se detienen. Corro lo más rápido que puedo, pero el embarazo está dificultando mis movimientos, no puedo detenerme, no puedo perder esas monedas.
De repente, tropiezo con un montón de basura y desechos en el suelo, cayendo boca arriba en cuatro. Un intenso dolor recorre mi vientre, haciéndome soltar un grito ahogado. Me enrosco en el suelo, sintiendo náuseas y un miedo abrumador por el bienestar de mi bebé
Las lágrimas brotan de mis ojos mientras me esfuerzo por levantarme, sin éxito. Los niños se han perdido entre la oscuridad, llevándose consigo el poco dinero que tenía
El pánico se apodera de mí mientras me doy cuenta de que he puesto en peligro a mi hijo por mi propia desesperación.
—Por favor, por favor, que mi bebé esté bien —susurro entre sollozos, acariciando con cuidado mi vientre.
Permanezco allí, encogida y vulnerable, sin saber qué hacer. La angustia y la el miedo me abruman, y ruego a Dios por encontrar la fuerza para salir de esta terrible situación.
Me obligo a ponerme de pie, a pesar del intenso dolor que me recorre el vientre. El pánico se apodera de mí al sentir que algo no está bien. Debo llegar cuanto antes a la habitación.
Camino lo más rápido que puedo, a pesar de las punzadas que me atormentan con cada paso. Cuando por fin alcanzo la estrecha puerta, la abro de golpe y me precipito al interior.
Mis ojos recorren frenéticamente la habitación y me levanto el vestido, un hilo de sangre se desliza por mis piernas, mi ropa interior está manchadas de sangre. Siento que el corazón se me detiene.
—¡No, por favor, no! —grito, aterrorizada.
Mis manos tiemblan cuando me deshago de las ropas y examino mi cuerpo. Hay más sangre de lo que esperaba, y el dolor se intensifica.
Trastabillo hacia la cama, dejándome caer de rodillas. Escondo la cabeza entre las manos, sollozando sin control.
—¡No, mi bebé, no! —Suplico, rompiendo en un llanto desgarrador, arrastrándome hasta la cama.
En mi desesperación, me escondo debajo de las mantas, deseando que todo esto no sea más que una terrible pesadilla. Rezo con fervor, pero no a Dios, sino a cualquier fuerza que pueda escucharme.
Haría lo que fuera con tal de salvar a mi hijo.
—Por favor, por favor, que mi bebé esté bien. Cambiaré mi alma, haré lo que sea, pero no dejes que le pase nada, por favor… —imploro, aferrándome a la tela con desesperación.
El miedo y la horror me consumen mientras me retuerzo en la cama de dolor, no puedo perder a mi bebé, es lo único que me mantiene con vida. Cerré los ojos con fuerza, rezando con cada fibra de mi ser, mientras las lágrimas empapan las sábanas.
Rezo por tener una segunda oportunidad, sin importar el precio que deba pagar.