Capítulo 5.

1937 Palabras
Con el corazón aún acelerado, llevo instintivamente mi mano a mi vientre y me levanto de golpe de la cama, esfumando bruscamente mi sueño. No es momento de dormir, no después de lo ocurrido anoche. Y entonces lo siento. Suaves pero firmes, las pataditas de mi bebé. Una oleada de alivio me inunda, limpiando los restos del pánico que me atormentaron. Mi bebé está bien, a salvo dentro de mí. Las lágrimas brotan de mis ojos mientras una sonrisa temblorosa se dibuja en mi rostro. "Gracias, gracias", susurro, acariciando con delicadeza mi vientre. Había temido lo peor, pero mi pequeño milagro aún se aferra a la vida. Con renovada esperanza, me incorporo lentamente en la cama. El dolor sigue allí, recordándome los peligros que enfrenté, pero ya no me siento tan abrumada. Mi bebé ha superado esta prueba, y eso me da fuerzas para seguir adelante. Observo con atención las sábanas, aliviada de ver que el sangrado ha cesado. Aunque la mancha sigue allí, un recordatorio de lo cerca que estuve de perderlo todo, ahora puedo respirar con más tranquilidad. Me levanto con cuidado, sintiendo un renovado deseo de luchar. Lo peor que pudo haber sucedido no ocurrió, y eso me llena de una determinación que no sentía desde hace mucho tiempo. Voy a proteger a mi bebé, cueste lo que cueste. Caminando con pasos firmes hacia la pequeña ventana, miro hacia el exterior. El mundo sigue girando, a pesar de mi malestar con él. Y ahora, con mi hijo a salvo, siento que puedo enfrentar nuevamente la vida. Es lo único que me importa. Tomo una profunda bocanada de aire, sintiendo cómo la energía y la determinación se apoderan de mí. Ya no me rendiré tan fácilmente. Haré lo que sea necesario para cuidar de mi bebé y sobrevivir a esta situación. Con una nueva chispa de vida en mi interior, me preparo para afrontar lo que el día tenga reservado. Juntos, mi hijo y yo, superaremos esta adversidad. No importa cuál sea el precio, lucharé por nuestro bienestar. Camino con una renovada sensación de esperanza, mi mano acariciando con cariño mi vientre. Después de haber temido lo peor, saber que mi bebé está a salvo me llena de una determinación que creía haber perdido. Mientras me abro paso entre las calles bulliciosas, de pronto, una figura familiar capta mi atención. Allí, a unos pasos de distancia, está Luctiana, la madre de Alejandro. Es una buena mujer; ella sí me ayudará después de todo este tiempo. Un nudo se forma en mi garganta al verla. Recuerdo con añoranza los días en que era bienvenida en su hogar, tratada como parte de la familia. Pero todo eso quedó atrás. Sin embargo, en este momento de necesidad, no puedo evitar albergar una chispa de esperanza. Quizás, solo quizás, ella pueda ayudarme. Con pasos vacilantes, me acerco a ella, rezando para que aún me reconozca. —¿Luctiana? ¿Eres tú? —pregunto en voz baja, mi corazón latiendo con fuerza. Ella se gira, sorprendida, y sus ojos se abren con incredulidad al verme. —¿¡Evangelina!? ¡Cielos, eres tú! —exclama, una mezcla de emociones reflejada en su rostro. Me detengo frente a ella, sintiendo una punzada de nerviosismo. —Sí, yo... necesito tu ayuda. Por favor, ¿podrías...? —mis palabras se desvanecen, insegura de cómo continuar. La mujer me observa con una expresión entre la sorpresa y la preocupación. Sé que nuestra relación ya no es la misma, pero en este momento, me aferro a la esperanza de que ella pueda tener piedad de mí y de mi pequeño. Contengo el aliento, esperando su respuesta. Quizás, al ver mi evidente desesperación, ella pueda encontrar en su corazón la compasión necesaria para extender una mano y brindarme el apoyo que tanto necesito. No deja de observarme: —Yo —sacude su cabeza— pensé que te habías ido con ese novio tuyo. Niego de forma rotunda y reúno el valor para mirarla directamente. —Alejandro... Alejandro es el padre de mi bebé —le digo con suavidad. La mujer retrocede, su rostro contrariado por la sorpresa y la indignación. —¿Qué? ¡Eso no puede ser! ¡Tú lo abandonaste por otro hombre! —exclama, negándose a creer mis palabras— ¡Deja de mentir y difamar a mi hijo de esta forma! Extiendo mi mano, suplicante. —Por favor, Luctiana, tiene que entender. No me interesa ahora Alejandro; me acerqué porque necesito su ayuda, por favor... —mis ojos se llenan de lágrimas de desesperación. Se niega a escucharme, sacudiendo la cabeza con firmeza. —No, no puedo ir en contra de mi hijo. ¡Jamás te ayudaré! —retrocede para mirarme, sus ojos inyectados de asco e ira—. Eres una mujerzuela; lo tuviste todo y lo perdiste por estar con otro. ¡No vuelvas a molestarme o recurriré a las autoridades! Dándose la vuelta, la mujer sale corriendo, dejando caer al suelo la bolsa de sus compras. Me quedo allí, sola y desamparada, sintiendo cómo la frustración y la ira se apoderan de mí. Recojo sus cosas, la rabia consumiéndome por cada rincón de mi cuerpo. Toda esa familia no ha sido más que un par de parásitos; me utilizaron y luego me desecharon como un trozo de ropa sucia, como si fuera un objeto… —¡Pagarán! ¡Todos ustedes pagarán por lo que me están haciendo pasar! —grito, haciendo que mi garganta se desgarre con dolor, mis palabras resonando en la calle vacía. Aprieto los puños con fuerza, las uñas clavándose en mis palmas. Mientras camino de regreso a mi habitación, las lágrimas brotan de mis ojos. ¿Cómo pueden ser tan crueles? ¿Cómo pueden darme la espalda cuando más los necesité? No puedo evitar sentir que el mundo entero se ha vuelto en mi contra. Llego a mi habitación y me derrumbo sobre la cama, gritando con toda la fuerza de mis pulmones. La ira y la frustración me desbordan; juro que algún día, de una forma u otra, todos ellos pagarán por lo que me han hecho. Nadie volverá a pisotearme. Que Dios los ayude, porque yo no tendré piedad. (..) Decido escapar de la ciudad un rato y busco un rincón en el bosque donde pueda disfrutar de un baño, alejada de todo. Un caudal de agua cristalina me espera, rodeado de árboles altos que susurran con la brisa. La atmósfera parece casi perfecta; el murmullo del agua crea una sinfonía tranquilizadora que invita a la paz. Me quito la ropa con una mezcla de liberación y alegría, sintiendo cómo el aire fresco abraza mi piel. Me sumerjo en el agua fría; el contacto helado me hace estremecer, pero rápidamente me aclimato, dejando que la corriente me lleve lejos de mis preocupaciones. El agua me acaricia suavemente, y cierro los ojos, disfrutando del momento y del silencio que me rodea. Es lo que necesito. Sin embargo, la calma dura poco; se rompe cuando las nubes comienzan a oscurecer el cielo. Miro hacia arriba y veo cómo la luz del sol se desvanece, dando paso a un manto gris que cubre todo. Debe de ser una broma. Antes de que pueda reaccionar, las primeras gotas comienzan a caer, ligeras y aisladas al principio, pero pronto se transforman en una lluvia torrencial que cae del cielo con fuerza. El sonido del agua al caer se intensifica, superando el murmullo del arroyo y convirtiéndose en un estruendo ensordecedor. Sintiéndome impotente y asustada, rápidamente salgo del agua. Tropiezo por las rocas y el barro; mis pies resbalan y, en un momento de desespero, mis prendas se deslizan de mis manos y son arrastradas por la corriente del arroyo. El frío del aire golpea mi piel desnuda, y un escalofrío recorre mi cuerpo. La lluvia cae en torrentes, envolviéndome en un manto de agua helada. Con instinto, me cubro con las manos, buscando alguna forma de proteger mi dignidad mientras mi mente busca maneras de enfrentar la sorpresa de la tormenta. Mientras miro a mi alrededor, el bosque se torna oscuro y amenazante. Corro, no por escapar, sino para buscar algún refugio entre los árboles que me proteja de la intensa lluvia. Cada paso es complicado por el barro resbaladizo; puedo sentir el pánico en mi pecho. Me desborda el miedo, aunque no puedo evitar preguntarme cómo podría haber cambiado tan rápidamente de un momento de paz a uno de terror absoluto. La luz del día se extingue, y la mayoría de los colores se desvanecen, dejando el bosque en tonos sombríos. En medio de esta confusión, siento mis piernas temblar y la necesidad de encontrar un lugar seguro donde perderme. La tormenta ruge a mi alrededor. —Tengo que buscar refugio —murmuro, temblando de frío, mi mentón tiene vida propia. Mientras avanzan los relámpagos en lo alto, decido que no dejaré que el miedo me consuma. Con cada paso tambaleante, mi mente busca lugares donde pueda refugiarme del furioso aguacero. La lluvia sigue azotando. Por favor… Los pies me arden; cada paso me cuesta más al caminar sobre el terreno resbaladizo y lleno de piedras afiladas. La lluvia no cesa y el agua fría sigue cayendo como un manto implacable. Llego a un punto en que me detengo, exhausta, y me quedo de pie en medio de la tormenta. Miro hacia arriba, enfrentando el cielo gris que parece haber desatado toda su furia sobre mí. —¡No me das un respiro! ¿¡Qué fue lo que te hice!? ¡Dímelo! ¿¡Por qué me castigas de este modo!? —grito al cielo— Solo deseaba un momento para mí, y ahora estoy aquí, luchando contra este tormento. ¡Te odio! ¡Juro que te odio! El frío del agua cae sobre mí. —Me castigas a mí… a mí, no a él. Continúo, maldiciendo. Las gotas me golpean con fuerza, como si el cielo decidiera burlarse de mí. Mis labios se secan, y aprieto los dientes, sintiendo cómo mi cuerpo tiembla por el frío mientras la ira arde en mi pecho. —¡Me cansé! Mátame, ¿si? ¡Mátame de una vez, por favor! —grito, y mi voz resuena entre los árboles, como si buscara compañía en la desolación. Con los pies sangrando, puedo sentir el barro y las pequeñas piedras afiladas que se clavan en mi piel descalza. De repente, un relámpago atraviesa el cielo, y la luz blanquecina ilumina momentáneamente el oscuro paisaje. Con la mirada fija en el horizonte, me doy cuenta de que no estoy ni cerca de la ciudad. —No puedo quedarme acá. Aprieto los dientes y comienzo a moverme nuevamente. Sigo avanzando y buscando un lugar seco al que refugiarme. No puedo, ya no. Cansada, caigo en un montículo de ramas y pasto; el impacto me deja sin aliento. La lluvia sigue cayendo, y con los ojos cerrados. Me siento exhausta, como si todo mi ser se hubiera rendido a la tormenta, a las desgracias que me ocurren, a la vida misma. De repente, siento que alguien me levanta, tal vez cargándome en brazos, no lo sé. Y en mi estado de agotamiento, no me importa. Podría ser un extraño, un vagabundo o incluso el mismo demonio que ha decidido llevarme a su morada, al fin. A estas alturas, no me importa. El destino ya ha hecho su jugada; si esto es el final, que así sea. La lluvia golpea con fuerza, y el frío me inunda, pero la sensación de ser arrastrada no desaparece, ni siquiera cuando la oscuridad me alcanza por completo.
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