Estoy tan cómoda y calentita que, de repente, me despierto sobresaltada, sintiendo un escalofrío que recorre mi espalda. Con la respiración acelerada, miro alrededor, preocupada. Me encuentro en una habitación que emana calidez, gracias al fuego chispeante en la chimenea. Las llamas danzan, proyectando sombras que juegan en las paredes de madera, mientras el aroma del leño quemado llena el aire.
Estoy vestida con un camisón de lienzo blanco, con mangas largas que me envuelven en suaves pliegues, el tejido acaricia mi piel. La luz parpadeante del fuego ilumina la habitación con un resplandor dorado, resaltando los detalles del mobiliario antiguo: una cómoda de madera oscura con delicados grabados y un espejo enmarcado en plata.
¿Dónde estoy?
En la mesita de noche, junto a mi cama, encuentro una lámpara de aceite cuya luz tenue lucha por mantenerse viva. Las cortinas de la ventana están cerradas, pero a través de los bordes se filtran algunos rayos de luz, anunciando que el día ha comenzado fuera de este refugio cálido.
A medida que mis sentidos se adaptan, empiezo a relajarme, sintiendo el suave roce de la tela de mi camisón y el calor que proviene del fuego. No puedo evitar regresar a la calma, aunque mi mente aún se aferra a los retazos de un sueño inquietante. Me estiro un poco en la cama, disfrutando de la seguridad y el abrigo que me rodean, mientras mi corazón empieza a volver a su ritmo normal.
Me levanto de la cama, suavemente, al ponerme de pie, un dolor punzante recorre mis pies. Caigo al suelo, un golpe sordo echo en la habitación silenciosa. Mis pies están heridos, y la realidad del dolor me golpea con fuerza. Intento ignorar la incomodidad mientras me apoyo sobre mis manos, sintiendo las tablas del suelo áspero contra mi piel.
Me duele los músculos del cuerpo, apenas tengo fuerza para levantarme, estoy agotada.
Con esfuerzo, me pongo de pie de nuevo, apoyándome en el borde de la cama para recuperar un poco de equilibrio. El fuego arde a mi lado. Caminar hasta la puerta es un desafío.
Al llegar a la puerta, me doy cuenta de que está cerrada. Mi corazón late con fuerza mientras mis manos se cierran en puños. Golpeo con desesperación, el sonido resonando en la habitación.
—¡Déjenme salir! —grito, la urgencia en mi voz llenando el espacio.
No voy a entrar en pánico, no lo haré.
¿Me secuestraron?
¡Dios mío! Lo que faltaba para caer en desgracia total.
Mis gritos se mezclan con el crepitar del fuego, no hay respuesta del otro lado. La puerta se mantiene obstinadamente cerrada.
Golpeo nuevamente, más fuerte esta vez, sintiendo la frustración arder en mí.
Vamos, vamos, no puede estar pasando esto.
—¡Por favor! ¡Abre la puerta! —mi voz tiembla en el ambiente cálido.
Estoy aquí, atrapada…
De repente, escucho un chasquido en la puerta y esta se abre lentamente. Ante mí aparece un hombre escuálido, con un rostro alargado y delgado que parece más sombra que carne. Lleva un traje que no es exactamente formal. Su mirada es aguda y, al verme, se detiene un momento, como si evaluara mi estado.
¿Quién eres? Las palabras quedan trabadas en mi garganta.
Al instante, me siento sobrecogida y retrocedo, asustada. Sus ojos son de un tono frío que despierta mi desconfianza.
—Siéntate en la cama —me dice con una voz suave y autoritaria, mientras sostiene un tazón de sopa caliente en sus manos.
La fragancia del caldo me llega, el miedo me tiene paralizada. No quiero acercarme, no quiero aceptar nada de él.
No lo conozco.
—Debes recuperar fuerzas para tu bebé —añade, y esas palabras me atraviesan como una flecha. Su tono es firme y, al mismo tiempo, persuasivo—. Estás tan delgada que me sorprendería si esa criatura aún siguiera con vida dentro de ti.
—¿Quién eres? —pregunto.
¿Debería de golpearlo y salir huyendo?
—Te lo diré si te sientas en la cama y comes —responde, su voz ligeramente más demandante, como si buscará calmar mis temores. A regañadientes, decido seguir su consejo.
Me dejo caer en el borde de la cama, sintiendo la suavidad del colchón contra mis pies heridos. Me ofrece el tazón y, mientras empieza a servir la sopa en un plato pequeño, me observa.
—Mi señor te encontró en el bosque, muriéndote de frío —me dice, y entiendo que detrás de su frialdad hay un gesto de preocupación.
El espanto se intensifica en mi pecho. ¿Quién es este señor? La tensión no me abandona, sin embargo, el aroma reconfortante de la sopa comienza a atormentar mi estómago vacío.
—Comienza a comer —me insiste, moviendo el plato hacía mí—. Necesitas alimentarte.
Mirando el contenido humeante, dudo un momento. Sin embargo, la necesidad de calor y comida es abrumadora. Lento, llevo la cuchara a los labios, saboreando el caldo reconfortante.
Está tan delicioso.
Mientras trago la sopa, sus ojos no se apartan de mí, y siento que, aunque estoy en una situación desconocida, estoy en la última línea de defensa, me ha pasado de todo ¿Qué más podría seguir ocurriéndome?
Mientras sigo comiendo, el hombre observa en silencio, y la tensión en el aire comienza a aflojarse un poco. Finalmente, rompe el silencio.
—Mi señor te trajo y te albergó aquí —dice, con un tono que parece buscar aliviar mis temores—. Mandó a que te dieran ropa y espera que recuperes fuerzas. Estás a salvo aquí.
La mención de su señor me provoca un escalofrío. Aún así, la calidez de la habitación y el aroma de la sopa me envuelven, y la sensación de seguridad empieza a hacer romper en mi desconfianza.
—No puedo quedarme aquí —respondo, tratando de mantener firmeza en mi voz—. Necesito irme.
Él arquea una ceja, sus ojos oscuros llenos de una especie de comprensión.
—Si es lo que quieres, eres libre de irte. Dime a dónde debemos llevarte y prepararé un carruaje para ti.
En ese momento, un vacío se apodera de mí, y un nudo se forma en mi garganta. Reviso rápidamente mi memoria, buscando un lugar al que regresar, pero lo único que encuentro es la soledad absoluta.
No tengo a dónde ir.
Un frío helado me recorre al darme cuenta de que no tengo familia en la ciudad, ni amigos, ni un refugio al que volver.
En un susurro confuso, le respondo: —La realidad es que no… no tengo a dónde ir.
El silencio se asienta entre nosotros. Su mirada no se aparta de la mía, y algo cambia en su expresión, como si comprendiera mi sufrimiento. Aunque me horroriza admitirlo, esta cama es mejor que volver a la asquerosa ratonera del hotel donde estuve antes, esa choza mugrienta.
Respiro hondo, sintiendo la acumulación de emociones.
—Quizás… quizás pueda quedarme un tiempo —confieso, en voz baja, mientras dejo caer la cuchara sobre el tazón—. Solo hasta que… hasta que pueda recuperarme.
El hombre asiente, en un gesto que parece aceptar mis condiciones.
—Está bien. Aquí estarás a salvo, y podrás seguir recuperándote —insiste.
Una parte de mí se siente aliviada. A pesar del miedo y la desconfianza, esta habitación iluminada y cálida, es mejor que cualquier otra cosa allá afuera.
—Gracias.
Asintiendo con la cabeza, se levanta y en silencio sale, llevándose el tazón vacío. Una vez a solas y con la puerta cerrada, no puedo dejar de pensar en todo.
Estoy a salvo, al menos por ahora, y la idea de estar en un lugar desconocido, pero protegido, es mucho mejor que la alternativa de enfrentar las frías calles por mi cuenta.
A medida que me transcurren las horas, el peso de la situación comienza a hacer eco en mí. En silencio, mi mente comienza a divagar, buscando respuestas sobre lo que haré una vez que esté recuperada.
La remota idea de volver a la casa de mis padres aparece fugazmente en mi mente, rápidamente sacudo la cabeza, negándome ¿Cómo podría volver allí? No puedo ser una carga, soy una decepción total para ellos.
El dolor y la desesperación se apoderan de mí. Mis ojos se llenan de lágrimas y, sin poder evitarlo, dejo que fluyan. Mi cuerpo tiembla al recordar todas las desgracias que me han perseguido, castigándome, una por una.
Me cubro el rostro con las manos, ahogando los sollozos que intentan escapar.
—¿Por qué me está sucediendo esto? ¿Qué fue lo que hice? —pregunto en voz baja, aunque sé que no hay respuesta que aliviará mi sufrimiento.
La sensación de soledad es abrumadora, y las lágrimas caen libremente. Con un profundo suspiro, poco a poco las lágrimas van cesando. Limpiando mis mejillas, me tomo un momento para respirar y calmarme.
De repente, un fuerte golpe resuena en la puerta, con un nudo en el estómago, respondo:
—Adelante —tratando de mantener mi voz firme.
La puerta se abre, y el mismo hombre escuálido aparece en el umbral. Esta vez, lleva consigo una bandeja llena de comida, el olor golpea mis fosas nasales y mi estómago chilla con hambre. El aroma de pan recién horneado y un guiso humeante llenan el aire, y miro con deseo la comida, olvidando por un momento mis preocupaciones.
La luz del fuego en la chimenea realmente ilumina el espacio, mi estomago esta vacío.
—He traído algo para ti —dice él, acercándose a la cama con un movimiento cuidadoso.
La bandeja está cubierta con un paño limpio, y al levantarlo, el vapor se eleva como un abrazo cálido.
—Gracias —musito.
Me siento en la cama, aún un poco temerosa.
Él coloca la bandeja a mi lado y se sienta en una silla cercana, observándome con una mezcla de interés y seriedad. Sin embargo, en sus ojos hay un destello de compasión.
Comienzo a servirme, llenando un plato con guiso y rompiendo un trozo de pan, sintiendo cómo el calor de la comida se filtra en mi ser. A cada bocado, el sabor me llena por completo.
¡Está delicioso! Había olvidado lo que es comer algo recién preparado.
—¿Cuál es tu nombre? —decido preguntar mientras mastico, intentando romper el hielo que se había formado entre nosotros. Su mirada se encuentra con la mía, y aunque parece dudar un momento, finalmente responde.
—Me llamo Elias —dice con voz baja.
Su nombre es sencillo, pero su tono me confunde un poco ¿no le gusta o qué?
—Elias... —repito, memorizando su nombre mientras continúo comiendo—. ¿Por qué estoy aquí?
Elias se reclina un poco, pensativo, como si buscara las palabras correctas.
—Mi señor no permitiría que alguien sufriera en sus tierras —responde al fin—. Te encontró en el bosque y decidió brindarte refugio. Él hace eso.
Su respuesta trae más preguntas.
Estoy aquí, a salvo en su casa, comiendo los primeros alimentos decentes que he tenido en días. Mientras saboreo el guiso, decido investigar más, debo de saber dónde estoy.
—¿Dónde está tu señor? —pregunto, alzando la vista hacia él.
—Está en el estudio, pero no debes preocuparte por él ahora. Come —ordena, y por primera vez veo una leve sonrisa en sus labios delgados.
Agradezco su compañía mientras me permito disfrutar de la comida y de este breve instante de calma.
Mientras continúo comiendo, el sabor del guiso aún cálido me llena, la idea de deberle las gracias a aquel hombre, a su señor, comienza a rondar en mi mente. Esa persona que me rescató de las garras del frío y el boue ¿Por qué no vino a presentarse?
—Debería darle las gracias a tu señor —murmuro mientras miro a Elias, intentando captar su atención.
Me observa, su expresión se vuelve levemente seria.
—No lo conocerás —dice con firmeza.
Siento que un hilo de frustración se tensa en mi pecho.
—¿Por qué no? —pregunto, tratando de controlar mi ceño. —Le debo la vida, al menos merezco saber quién es.
Elias se inclina hacia adelante, su mirada fija en mí.
—Te lo explico. Mi señor es… una persona privada. Él sabe que está agradecida y prefiere mantener el contacto limitado. Es mejor así.
Sus palabras resuenan en mí, un mal sabor baja por mi garganta. A pesar de su palabras, siento que hay algo más detrás. La idea de ser un objeto de caridad, me incomoda.
—Quiero verlo—insisto—. Díselo, por favor.
Elias suspira, pasando la mano por su cabello delgado, como si estuviera evaluando mis palabras.
—Entiendo lo que sientes, realmente lo hago. Pero a veces, lo mejor es aceptar la ayuda sin buscar más respuestas. Por ahora, enfócate en recuperarte.
Siento una mezcla de molesta y resignación al escucharlo. La posibilidad de no conocer a aquel hombre que se interpuso entre la muerte y yo, me enoja.
—Está bien —respondo finalmente, compartiendo una mirada silenciosa con Elias—. Haré lo que me dices.
Él asiente con satisfacción. Decido continuar comiendo, llenando mi plato una vez más mientras el silencio se asienta entre nosotros.
Elias se acerca a la puerta y, antes de salir, se vuelve hacia mí con una expresión suave.
—Buenas noches —dice, y, con un ligero movimiento de la muñeca, cierra la puerta tras de sí.
Oigo el click de la cerradura al girar, y un escalofrío recorre mi espalda. Frunzo el ceño, sorprendida por el gesto de cerrarme, como si temiera que escapara. No sé si debería sentirme ofendida o protegida. Sin pensar demasiado en eso, decido dejarlo pasar.
Bostezo cansada, me acaricio el vientre con amor.
Observo alrededor. Los tonos oscuros que envuelven el ambiente, cada detalle muestra una elegancia clásica. Maderas nobles pulidas, tapices de un rico color burdeos, la lampara de aceite, creando un espacio que, aunque algo oscuro, se siente iluminado a su forma.
Al levantarme de la cama, me acerco a la ventana. La luna llena alumbra las paredes de ladrillo rojo y las hendiduras de las molduras. Me doy cuenta de que la casa tiene varias plantas, y un susurro de asombro me invade. Sería fácil perderse aquí.
A través del cristal, veo por primera vez el paisaje que me rodea. El jardín, parece desordenado, con setos recortados en formas extrañas, rosas marchitas y estatuas mohosas que vigilan los pasillos. Sus contornos resultan misteriosos en la penumbra, dándome la extraña sensación de que cada figura tiene secretos que contar.
Mientras contemplo el paisaje, mi mente se llena de preguntas
—¿Quién es realmente el señor que me rescató? ¿Y qué tan lejos de la ciudad estoy?
Me dirijo hacia la cama, arropándome con las suaves sábanas tras apagar la luz de la mesita. Me quedo mirando las sombras que se proyectan en el techo, por la luz de la luna que entra de la ventana, preguntándome qué será de mí, después…