Al abrir los ojos, me doy cuenta de que la habitación está envuelta en una suave bruma dorada. Al voltear la cabeza hacía la ventana, noto el atardecer. Me estiro en la cama, sintiendo la necesidad de explorar este lugar, estoy aburrida y no puedo permanecer un segundo más en esta habitación.
Con el corazón latiendo de emoción y un poco de temor me levanto, vistiendo la misma ropa que la noche anterior, y me acerco a la puerta. En un momento de valor, la giro lentamente y me sorprendo al encontrarla abierta, como si Elias se hubiera olvidado de cerrarla al salir.
Conteniendo un suspiro, cruzo el umbral. El pasillo que aparece ante mí es amplio y oscuro, iluminado solo por la luz que se filtra a través de ventanas enmarcadas por cortinas pesadas. Las paredes están adornadas con retratos antiguos de personas con rostros serios, cuyos ojos parecen seguirme mientras me muevo. Cada paso que doy resuena en el silencio del lugar, y la sensación de que todo lo que me rodea tiene historia me envuelve.
Esto es tan diferente a la casa de Alejandro.
Avanzo con cautela, y a medida que me acerco a la sala de estar, sofás de terciopelo oscuro y mesas de madera noble se distribuyen por el espacio, y un enorme candelabro cuelga del techo, como un faro que ha sobrevivido al paso del tiempo. Las chimeneas, aunque apagadas, aún emanan un halo de calidez, y las alfombras gruesas atenúan mis pasos, haciéndome sentir como si estuviera caminando sobre un lecho de nubes.
Me acerco a la ventana principal y miro hacia afuera. El jardín se despliega ante mis ojos como un laberinto encantado, con estatuas antiguas y senderos curvados que parecen prometer secretos escondidos.
Es precioso de una forma terrífica.
La luz de la tarde crea un espectáculo de sombras y matices sobre los relieves del jardín, y un agradable murmullo de pájaros canta desde las ramas de los árboles.
La belleza de este lugar me asombra.
Mientras sigo explorando, me doy cuenta de que las paredes están decoradas con molduras y cuadros de paisajes que parecen contar historias de épocas pasadas.
Al llegar a una puerta en el extremo opuesto del pasillo, contengo la respiración y la abro. De repente, me encuentro en lo que parece ser una biblioteca. Estantes llenos de libros antiguos, algunos cubiertos de polvo, se alinean por las paredes, y un escritorio elegante se sitúa en el centro, dispuesto con papeles y un tintero. El aire huele a madera vieja y a papel envejecido, un aroma que me resulta reconfortante.
En ese momento, algo cruje detrás de mí, y me giro rápidamente, mi corazón acelerado. En la entrada, aparece Elias, sorprendido de verme fuera de la habitación. Su expresión es un cruce de preocupación y asombro.
—No deberías estar aquí —dice, tratando de mantener su tono serio, pero su mirada denota una chispa de alivio.
—Lo siento —respondo, sintiendo la mezcla de vergüenza y emoción.
Su expresión se suaviza, y por un instante, hay un destello de complicidad entre nosotros.
—No deberías haber salido de la habitación —me regaña, su tono es firme.
Busco rápidamente una excusa.
—Lo siento, es solo que… quería darme una ducha. Ya la necesito —respondo, intentando que mis palabras suenen sinceras.
Suspira.
—Está bien, puedo prepararte el baño —dice finalmente, y hay un destello de comprensión en su mirada—, lo que necesites, debes de pedírmelo.
—Gracias —susurro, sintiéndome un poco aliviada.
Caminamos juntos por el pasillo
—Elias, ¿hay más personas que vivan aquí? —pregunto con curiosidad.
Él sacude la cabeza.
—No, sólo estoy yo y mi señor.
Lo miro intrigada.
—¿Lo conoces bien? —insisto.
—En realidad, vivo para servirlo —musita—Mi lealtad es hacia él, y me encargo de proporcionarle lo que necesite.
Me detengo por un momento, preguntándome sobre lo que eso significa.
—¿Siempre has trabajado para él?
Sintiendo que hay más en su historia de lo que se deja ver y me pregunto cuáles son los lazos que los mantienen unidos.
Me observa de reojo
—Sí, desde hace años. Este lugar es su hogar, y mi deber es cuidar de él y de sus necesidades. —dice y su voz se vuelve casi melancólica.
Mientras caminamos hacia el baño, no puedo dejar de preguntarle, quiero saber todo, me hace sentir un poco más segura.
—Debe de ser un buen hombre.
Se detiene y me mira sorprendido, como si nunca hubieran dicho esas palabras.
—Dependerá de su humor, te lo aseguro —confiesa.
Asiento, finalmente, llegamos a un baño elegante, con azulejos de cerámica oscura y una bañera profunda de patas altas. La luz del sol entra por la ventana, iluminando el lugar.
—Déjame prepararlo. Solo dame un momento.
Cruza una puerta hacia la habitación contigua. Mientras lo espero, me contengo de seguir preguntando. Elias regresa unos momentos después, trayendo consigo una pequeña bandeja con frascos de aceites esenciales y jabones aromáticos. La bañera, ahora llena de agua caliente, emana un vapor suave que inunda el ambiente, y el olor a lavanda comienza a envolverte.
Él sonríe levemente, en ningún momento muestra señales de irse.
Al verme frente a la tina, siento un cosquilleo de incomodidad. ¿No piensa irse? Me giro hacia él, buscando la manera de echarlo.
—Elias, gracias por preparar todo, pero… —murmuro—. Necesito un poco de privacidad.
Él me observa, a pesar de su papel de mayordomo debe entender que tengo la necesidad de tener un espacio para mí misma.
—Entiendo —dice al fin, asintiendo con la cabeza. —Te dejaré todo aquí.
Un suspiro de alivio escapa de mis labios mientras lo veo dar un paso atrás.
—Si necesitas algo más, estaré en el pasillo —añade, antes de cerrar cuidadosamente la puerta tras de sí.
La habitación se vuelve silenciosa, y la calidez del vapor golpea suavemente mi piel. Siento cómo la tensión se disparará un poco mientras me acerco a la bañera. Dejo caer mis manos en el agua caliente, gimiendo al tacto.
Esto es delicioso, la calidez del agua me recuerda lo que es la comodidad, algo que no he experimentado en mucho tiempo. Mientras me quito la ropa, dejo que el agua lleve consigo mis desgracias solo un instante.
Mi bebé debe de estar disfrutando de esto también.
Sumergiéndome en la tina, cierro los ojos y dejo que la relajación se apodere de mí. El aroma de la lavanda me envuelve. Después de un rato, me sumerjo completamente en el agua.
Me quiero quedar aquí para siempre.
Después del largo baño, me envuelvo en una tela cubriendo mi cuerpo mojado, salgo y camino hacia la planta de abajo, buscando a Elias por los lugares desconocidos hasta que llego a la cocina, donde está organizando algunos utensilios.
—Elias, ¿puedo comer en el comedor? Ya no quiero hacerlo en la habitación —le pregunto.
Él se vuelve hacia mí, reservado al principio, para luego asentir con una sonrisa.
—Por supuesto, prepararé la mesa, no es un sitio que se utilice mucho.
El alivio me inunda mientras voy hasta el amplio y solitario comedor, y me acomodo en la mesa. A medida que me siento, no puedo evitar sentir que hay tanto espacio, me siento tan diminuta, observo como Elias va y viene preparando todo de una forma tan precisa, me arma un pequeño banquete; frutas, carne, arroz y frijoles.
Decido romper la tensión, dejando el pan.
—Elias, ¿es extraño que esté aquí? Quiero decir, dadas las circunstancias, ¿no sería más normal que intentara regresar a mi vida?
Se detiene y me observa con una expresión pensativa.
—A mi señor le gusta que estés por aquí —confiesa y en sus palabras hay una mezcla de afirmación y misterio.
Su respuesta enciende una chispa de curiosidad en mí.
—¿Pero por qué? —pregunto intrigada, me mordisqueo el labio.
Se toma un momento para responder, como si buscara las palabras adecuadas.
—La presencia de alguien como tú trae un aire diferente a este lugar.
—Ah entiendo lo que dices… —mi voz tiembla levemente—. Sabes no puedo ponerle un rostro a él, me gustaría conocerlo, insisto en hacerlo, tengo tanto que agradecer en persona.
—Te lo dije, no debes de preocuparte por eso.
—Si y lo repites…
Me observa con atención y, tras un momento, dice
—Tranquila. No tienes de qué preocuparte, de verdad lo digo, Evangelina, mi señor no te hará daño. Él se mantendrá alejado, como te lo mencione.
—¿Por qué no? —pregunto, un poco insegura—. ¿Por qué preferiría mantenerse alejado de mí?
Responde con calma: —Porque para él es importante que te sientas segura y a gusto aquí. Tu bienestar y el de tu bebé son la prioridad. Su intención es que puedas descansar y estar a gusto aquí.
Aunque no puedo evitar sentir un leve temor ante la idea de que aquel señor permanezca entre las sombras, no mentiré, de que hay un cálido calor que se aloja en mi pecho y es que hace tanto tiempo, de la última vez que alguien se preocupó por mí, que había olvidado está sensación.
—Eso… eso suena bien —admito, tocando una vez más mi barriga.
—Creo que voy a subir a vestirme —digo temblando, todavía tengo la tela cubriéndome. Mientras me dirijo hacia las escaleras, me doy la vuelta para mirarlo—. Ya regreso.
Asiente con una sonrisa.
—Perfecto.
Mientras subo las escaleras, no puedo evitar preguntarme ¿Por qué alguien haría todo esto por mí? ¿Por qué este misterioso hombre se preocupa por mi vida y el de mi bebé?
Al llegar a mi habitación, me miro en el espejo ¿por qué estoy aquí? ¿Realmente puedo confiar en ellos? Mientras me visto, no puedo evitar pensar en todo, es que parece una situación extraña y me hace sentir al mismo tiempo cautivada y asustada.
Las emociones a flor de piel.
¿Qué tipo de hombre se mantiene al margen, observando mi vida sin permitirme conocerlo?
Termino de vestirme y me miro una vez más en el espejo ¿Y si son peligroso? Sacudo la cabeza, me hubieran hecho daño ya y, sin embargo, permanezco aquí, son amable y cordiales, me atienden como me merezco. Con un suspiro decidido, bajo nuevamente las escaleras. Al llegar a la planta de abajo, el aroma de la comida me golpea, estoy hambrienta.
—Ahora si estoy adecuada y lista —anuncio.
—Perfecto, ahora si siéntate a cenar—responde, mirando hacia mí con una sonrisa—. Espero que te guste.
Mientras me acomodo en la mesa, el aroma de la comida me envuelve, y siento una pequeña sensación de alivio, de reojo noto el movimiento y me doy cuenta de que parece estar a punto de marcharse, y la idea de quedarme sola me espanta.
—Elias, ¿podrías quedarte un poco más? —le pido, sintiendo una necesidad de compañía.
Él se detiene y me observa, su expresión cambia.
—Claro, si eso es lo que deseas. —permanece recto alejado de la mesa— Me alegra verte mejor. Tu piel está volviendo a la vida y tu rostro… brilla —dice, con un tono familiar y amable.
Sonrío, sintiendo una mezcla de gratitud y timidez.
—¿Cuántos años crees que tengo?
Frunce el ceño, como si estuviera pensando cuidadosamente su respuesta.
—Diría que tienes, ¿diez… diecisiete?
Río suavemente, sacudiendo la cabeza.
—No, tengo diecinueve años. Aunque a veces siento que toda esta situación me ha hecho parecer más adulta.
Él asiente, y hay un momento de silencio entre nosotros. No puedo evitar suspirar a mi propia vida:
—Es como si el demonio de la desgracia se hubiera enamorado de mí, —digo, tocando suavemente mi vientre—. Los problemas no han dejado de acecharme últimamente, como si hubieran decidido seguirme a donde quiera que vaya.
Me mira, su expresión se torna seria.
—Es muy aterrador ¿no?
—A veces me pregunto por qué todo esto me está sucediendo. —Mi voz se quiebra un poco al hablar, y me apresuro a aclarar—. Siento que no he hecho nada para merecerlo, pero aún así, aquí estoy.
Me observa con una sinceridad que me hace sentir expuesta, como si pudiera ver más allá de mis palabras.
—A veces la vida no es justa y existimos personas que debemos de padecer más que otras —levanto la mirada— Lo sé porque también he vivido situaciones muy duras —dice, su voz resonando con una melancolía y dolor.
Al escucharlo, lo miro con una extraña intensidad
—¿Te ha pasado a ti? —pregunto.
Pero en lugar de responder, su rostro se vuelve sombrío, y se sumerge en un silencio que parece extenderse entre nosotros. Los minutos pasan, y siento que el aire se vuelve pesado.
Finalmente, Elias rompe el silencio.
—Esta casa también tiene su historia. Oscura y perversa —dice, y su voz suena más baja, como si tuviera miedo de que el mismo aire lo escuchara.
No esperaba esa respuesta, mi cuerpo se pone en alerta y mis pensamientos se agitan.
—¿A qué te refieres? —pregunto con preocupación.
Se queda en silencio nuevamente, su expresión distante. Es evidente que no me responderá. Sus palabras flotan en el aire, como si se hubiera arrepentido de pronunciarlas. No insisto, pero sus palabras resuenan en mi mente mientras termino de comer. Un leve instinto de huir comienza a crecer.
Me levanto de la mesa agradeciéndole por la cena y fingiendo un bostezo de agotamiento, me despido, subo las escaleras de madera hacia la habitación, sintiendo su mirada en mí.
Al cerrar la puerta detrás de mí, me quito el vestido y me pongo un camisón de algodón y frente al espejo de madera tallada, miro mi reflejo:
—¿Qué haré? —susurro, sintiendo cómo toda clase de emociones se mezclan.
Quedarme aquí implica enfrentar a personas desconocidas, como Elias y su señor. ¿Y si es otra de las desgracias que me persiguen? ¿Cómo puedo diferenciarla? Me peino de forma frenética.
El aire en la habitación se siente denso, como si la casa misma tuviera algo que decirme. Por un lado, el miedo a lo que me pasé nuevamente me paraliza, pero por el otro, estoy atrapada en volver a la calle sin un hogar, sin comida y en la deriva con mi bebé.
Dejando el cepillo me levanto y camino hasta la ventana, miro hacia el jardín vacío, regreso la vista hacía atrás para ver colgado un abrigo oscuro.
—¿Qué hago? —susurro mentalmente, cerrando los ojos buscando la respuesta en la claridad de mi mente:— ¿Me marcho de aquí o me quedo?