Después de lo que me parece una eternidad esperando que por fin el silencio se asiente del todo en la casa, decido que es hora de irme. La amabilidad de ellos se siente sospechosa, y aunque el miedo de volver afuera sola de nuevo me invade, no puedo confiar en ellos.
Me pongo un abrigo pesado que me envuelva por completo y trato de calmar mi nerviosismo.
Bajo las escaleras con cuidado, cada paso cruje en la madera. El silencio es absoluto, y la oscuridad se siente más presada a medida que avanzo. Llego a la puerta del primer piso, y mi mano tiembla mientras busco la manija.
Puedo escuchar mi propia respiración, los latidos de mi corazón late en mis oídos con fuerza.
Justo cuando estoy a punto de abrir la puerta, un sonido detrás de mí, me deja helada.
—No es muy tarde para irte... — Una voz masculina, profunda y firme, rompe el silencio.
El tono me provoca un escalofrío que me recorre la espalda. Mi corazón se acelera y me quedo paralizada, sintiendo que cada fibra de mi ser me grita que debo escapar. La atmósfera se vuelve pesada y la tensión se cierne.
No puede ser…
Cierro los ojos y susurro:
—Debo marcharme, disculpe. Gracias por el hospedaje, pero ya estoy mejor.
Con mi mano en la manija de la puerta, siento que se acerca, por detrás.
—¿Ha pasado algo para que te vayas de forma tan repentina y tan tarde? —pregunta, su voz suena ronca.
Intento girarme para mirarlo, pero sus manos se posan firmemente sobre mis hombros, impidiéndome que lo haga. Su toque me asusta, sobresaltándome, me suelta dándose cuenta y miro la puerta, confundida. ¿Por qué no puedo voltearme?
—La ciudad queda muy lejos de aquí —continúa, su voz cargada—. Si te vas ahora, te aseguro que no llegarás con vida...
Frunzo el ceño.
—¿Qué quiere decir con eso, señor?
Siento un escalofrío recorrerme. ¿Es una advertencia o una amenaza?
—Hay animales salvajes sueltos por la noche —murmura—. Y sin mencionar que, si te vas caminando, debes de cruzar todo el bosque a oscuras—su mirada se vuelve grave—, te lo digo por tu propio bien y el de tu bebé.
Su advertencia me hace temblar. Las palabras “tu bebé” resuenan en mi mente, y el miedo que siento cambia de dirección.
—No puedo quedarme aquí —mi voz titubea.
—No comprendes lo que te digo ¿no —insiste él, su agarre en mis hombros vuelve— Estás a salvo. Allí afuera no.
La noche parece ser más peligrosa de lo que imaginaba, y la idea de enfrentar la oscuridad me llena de terror, podría pasarnos algo.
—¿Y si me quedo aquí, estoy segura? —la pregunta sale por si sola.
No puedo confiar en él, aún no lo he visto, no sé quién es o que puede hacerme.
—No hay garantías —responde él, su tono frío y seco—. Pero hay cosas peores allá afuera.
Mi corazón late más rápido al pensar en lo que puede haber en la oscuridad del bosque.
—¿Qué tipo de cosas? —pregunto, mirando la puerta, como si pudiera ver lo que acecha afuera.
—Animales salvajes, personas que no tienen buenas intenciones... —dice, sus palabras, aunque directas, transmiten un extraño aire de seguridad que me resulta confuso. — Vuelvo a decirte, nada te pasara aquí —afirma, su voz firme, aunque su tono carece de suavidad.
Su insistencia resuena y me hace dudar.
¿Por qué no quiere que me marche?
—No te conozco… —murmuro.
—Lo sé y yo tampoco te conozco a ti, sin embargo, puedo asegurarte que no te haré daño—responde, su voz sigue siendo fría y seca.
Resoplo, cerrando los ojos por un segundo, mi mente es un caos, estoy contra la espada y la pared, si salgo afuera podría morir a minutos de abandonar está casa, si me quedó…
—Está bien... —pronuncio finalmente agotada—. Me quedaré, pero solo por esta noche.
No pronuncia ninguna palabra, y en un instante, la energía que cargaba se desvanece, no tendría fuerzas para correr, ni siquiera para caminar largos senderos.
Tengo que agradecer igualmente por lo que ha hecho por mí durante todo este tiempo aquí. Me volteo lentamente, mi ceño se frunce, él ya se ha alejado, ni siquiera puede sentirlo u oírlo, solo puedo ver su espalda ancha en la oscuridad, su figura recortada contra el tenue resplandor que se filtra por la ventana
Él comienza a desaparecer en la sombra, como una entidad producto de mi imaginación. No me ha dicho su nombre, ni ha mencionado nada sobre mi salvación.
—Gracias... —susurro, aunque mi voz se pierde en la penumbra.
(…)
El sol brilla con suave calidez sobre los jardines, y caminando entre las flores, mi vestido rosa pálido acaricia la brisa. El tejido de algodón se ajusta a mi figura y cae en suaves pliegues hasta mis tobillos, con delicados bordados en las mangas que encuadran mis brazos. Mi cabello, suelto y ligero, se enreda suavemente en el aire, dejando caer algunos mechones a ambos lados de mi rostro.
A mi lado, Elías camina en silencio, su expresión seria, como si pensara en algo que lo preocupa. La atmósfera entre nosotros es densa, y aunque el entorno es hermoso, siento que tratamos de evitar algo:
No puedo callarme más.
—¿Estás bien? —pregunto, deteniéndome para mirarlo de frente.
Su silencio me incomoda, y me pregunto si tengo que ver con esto.
Él alza la mirada hacia mí, sus ojos oscuros profundos.
—Sí, estoy bien —su tono es distante. Luego, me observa con atención—. ¿Hice algo para que te sintieras incómoda y querrías irte?
Las palabras caen en el aire, y no puedo evitar sentirme culpable. La sinceridad en su voz me sorprende, no suela molesto, todo lo contrario, parece un poco dolido.
Lo miro con una mueca.
—La verdad es que tengo miedo —confieso, mis palabras saliendo de un lugar profundo y vulnerable. —Estoy en un lugar desconocido, y después de todo lo que he vivido, es difícil confiar en que no me va a ocurrir algo malo aquí.
Elías me observa, su expresión cambia de forma rotunda, como si entendiera.
—Te lo prometí, nada te pasará.
Niego con la cabeza, Alejandro solía decirme que me amaba, que era la mujer de su vida, que era dueña de su corazón ¿Y qué fue lo que hizo? Si me traicionó el hombre que amaba y quería casarme ¿Cómo confiar en extraños?
—Todo lo que ha pasado... —digo, dejando escapar un suspiro. Las imágenes de la tormenta, de mi imagen frente al espejo lista para entregarme a un desconocido, Alejandro empujándome fuera de la casa, resurgen en mi mente—. Es tan difícil callar las voces —Mi voz tiembla un poco, y me siento vulnerable al compartirlo, como si expusiera mis heridas frente a todos.
Elías se queda en silencio por un momento, como si mis palabras lo hubieran afectado. Finalmente, asiente, y su mirada parece más comprensiva.
—Lamento que te sucediera eso, sin embargo, tienes que confiar en mí, te mantendré a salvo —afirma, su tono sincero.
— Lo sé, pero lo que sucede es que cada vez que confío en alguien, termino decepcionada o incluso en peligro. —Siento que mi corazón se acelera mientras miro el desordenado jardín frente a nosotros, con flores que se mezclan y enredan en un caos de colores. —Es difícil dejar atrás ese miedo.
Elías toma un instante para procesar mis palabras y luego señala un banco cercano, donde nos sentamos. Juntos, observamos el jardín, es tan hermoso y desordenado a la vez, y en ese instante me doy cuenta de que refleja cómo me siento en este momento: hermosa pero caótica.
—Entiendo que es complicado —dice al fin—. Pero aquí, no tienes que temer. Aunque soy un extraño, no tengo intenciones de hacerte daño.
Miro sus ojos, buscando sinceridad, y en su mirada encuentro algo que me alivia un poco. Hay una especie de algo extraño en él que me transmite confianza, incluso si no sé del todo en qué confiar.
—Gracias por ser honesto —sonrío levemente, sintiendo que el peso en mi pecho se aligera un poco. —Solo necesito tiempo para acostumbrarme.
Él asiente, y juntos observamos cómo el viento juega con las flores, la calma en el jardín se siente cómodo, necesitaba un poco de luz, que mis ojos vieran más allá de algo desagradable y roto.
Después de varios minutos de silencio, vuelvo a romper el silencio
—Elías —lo llamo, girándome hacia él con cierta determinación—. Quiero hablar con tu señor.
Él me mira, sorprendido.
—¿Tú qué?
Su ceño fruncido.
—Dile que quiero hablar con él, personalmente, frente a frente, por favor —no es una pregunta, le estoy demandando.
Elías asiente lentamente, sus ojos contemplando el jardín desordenado como si estuviera pensando algo. Finalmente, se vuelve hacia mí.
—No es posible el encuentro que deseas.
Entreabro los labios.
—Señorita Evangelina —sus ojos aún fijos en mí, me inquietan un poco—. Quiero que sepas que su señor tiene un carácter peculiar. No todos aquí son como yo.
—Díselo —ordeno—. Dile que quiero hablar con él.
Elías suspira.
—Está bien. Haré mi mejor esfuerzo para que puedas hablar con él, no puedo prometer nada.
—Eso es todo lo que pido —respondo sonriente.
A medida que caminamos hacia la casa, una emoción me invade, y me detengo por un momento para mirar a Elías, tiene razón, no he sido justa con él y eso me pesa demasiado.
—Quiero agradecerte —comienzo, pero las palabras se entrecortan en mi garganta—. Sé que he sido una carga.
Él frunce el ceño de inmediato, deteniéndose para mirarme, intento parpadear para no llorar, he sido una molestia para todos que volver estar así, me agobia.
—Eso no es cierto. Nadie te ve como una carga.
Sé que la verdad es diferente. Desde que tengo memoria, he sido una preocupación para los demás: un problema que resolver.
Por eso Alejandro se deshizo de mí.
—No quiero ser una carga para ti ni para nadie más —digo, sintiendo cómo las palabras se deslizan de mis labios.
Elías sacude la cabeza, frustrado.
—No pienses así.
Lamo mis labios, tragando saliva para bajar el nudo que tengo atorado.
—Elías —lo miro decidida, fijamente. —Si el encuentro con tu señor no ocurre… entonces me iré sin despedirme.
Elías me observa, como si no esperaba mis palabras.
—¿Estás diciendo que te irías en caso de que no puedas hablar con su señor?
Asiento despacio, tengo que confiar tanto ese señor como lo estoy haciendo lentamente de Elías.
—Espero que lo que estoy diciéndote, se lo comuniques, lo esperaré en la cena de está noche y si no llega, sabré que debo de irme muy rápido de aquí.
Un silencio incomodo se apodera de nosotros, y puedo ver cómo lucha con lo que acabo de decir, no está feliz, me volteo para subir las escaleras y marcharme en dirección de la habitación que me estoy hospedando. Sé que acabo de firmar mi sentencia de muerte, ese hombre, nunca cumplirá con lo demandado.