Capítulo 9.

3124 Palabras
El suave resplandor de las velas ilumina la habitación mientras me miro en el espejo. La noche ha llegado, y la cena está lista, no voy a mentir, estoy nerviosa, está noche puede pasar muchas cosas. Cepillo mi cabello con cuidado, intentando calmar mi inquietud. De repente, siento una presencia detrás de mí y ladeo la cabeza levemente. Elías aparece en el reflejo del espejo, su expresión es más seria de lo habitual. Hay un brillo de nerviosismo en sus ojos. Sonrío con delicadeza para aliviar la tensión. —¿Crees que él vendrá? —pregunto, la esperanza latiendo en mi pecho. Él toma un instante antes de responder, sus ojos se desvían hacia el suelo. —Nada es seguro —dice finalmente, su voz baja y cautela—. Temo que no asista y que te vayas. Sus palabras resuenan en mí, y de repente, la ansiedad que había estado tratando de ocultar se intensifica. Hay muchas posibilidades de que él no baje, que no quiera verme y deba de irme sin más. —¿Es posible, no? —pregunto suavemente, buscando entender su preocupación. Elías se acerca un poco más, su mirada intensa. —Si mucho y podría ser una señal de que no estás destinada a quedarte aquí. Y eso me preocupa. Siento un nudo en el estómago al escuchar eso. No deja de observarme con una mezcla de comprensión y compasión. Él inspira profundamente, como si tomara un momento para encontrar las palabras adecuadas. Decido terminar de acomodarme, funciona, por un momento, me olvido de toda la situación, me ajusto una última hebra de mi cabello. —Gracias, Elías —digo, mirándolo de nuevo. —Por estar acá conmigo. Él sonríe levemente y asiente. —Ya es hora de bajar. Ambos nos dirigimos hacia la puerta, el eco de nuestros pasos resonando suavemente en el pasillo y luego las escaleras que rechinan, mientras la noche avanza y la cena nos espera. El aroma de la comida me golpea las fosas nasales, mis manos tiemblan ligeramente mientras me siento en la mesa, el ambiente está suavemente iluminado por las velas y el aroma de la comida me envuelve, mi estómago da vueltas. No estoy segura de si el estremecimiento proviene del nerviosismo o de mi bebé. Hay un plato vacío en el otro extremo. Es de él. La mesa está bellamente adornada. Observo cada detalle: las velas parpadeantes, los elegantes utensilios de plata, y el aroma deliciosamente reconfortante de la cena que me despierta el hambre. Justo en ese momento, siento una presencia detrás de mí. Me sobresalto al sentirlo tan cerca, Elías, quien se ha acercado sigilosamente. —Voy a ponerte esto en los ojos—dice, sacando una suave tela de color oscuro de su bolsillo—. Es solo por si él aparece... Si no lo hace, te la quitaré. El resto del mundo parece desvanecerse mientras trato de procesar lo que me está diciendo. —¿P-por qué? —tartamudeo, confundida por la situación. —Es un gesto de respeto hacía él —explica, su voz queda y casi íntima—. Si llega, querrá que estés... preparada. No entiendo del todo la lógica detrás de esto, pero el tono de Elías me invita a confiar. En medio de la confusión, acato su instrucción en silencio. Asiento, dejándole claro que haré lo que me pide. No me queda de otra, tampoco. Él se acerca un poco más, con un gesto delicado, coloca la tela sobre mis ojos. La suavidad de la tela es sorprendente y me da una extraña sensación de seguridad, mi corazón comienza a latir con fuerza. Estoy a oscuras, vulnerable, no puedo ver nada… —Tranquila —susurra Elías—. Todo saldrá bien. Respira hondo. Suspiro profundo, la tensión en el aire se hace casi palpable mientras espero, los segundos se vuelven minutos eternos y estoy atrapada en un mar de pensamientos. Mi corazón late a velocidad sorprendente, resonando en mi pecho, cuando de pronto, el chillido de una puerta interrumpe el silencio del comedor. Siento cómo los nervios se apoderan de mí a medida que escucho el sonido de pasos firmes que se acercan. Y él habla, su voz resuena poderosa y autoritaria: —Buenas noches Un escalofrío me recorre la espalda. Mi mano se desplaza hacia la tela que cubre mis ojos, instintivamente quiero retirármela, pero su voz corta el aire con firmeza. —Cenarás con él así —ordena. —No te la quites. Una oleada de nerviosismo me envuelve. No puedo ver quién es, ni su expresión ni su postura, no lo veo en absoluto, no de nuevo. —Elías, sirve la comida. Escucho a Elías moverse con rapidez, los platos tintineando suavemente mientras se mueve por los alrededores de la mesa, el aroma de la comida se mezcla con el aire que respiro. Estoy atenta a cada sonido, sintiendo la tensión en el ambiente. Finalmente, escucho alguna forma de disculpa de Elías, un murmullo que llega a mis oídos, y luego, un sonido que indica que se está retirando. Un golpe seco de la puerta se cierra tras él, dejándome a solas con el señor. El silencio que sigue es abrumador. La sensación de estar en una habitación cerrada con alguien que no puedo ver crea un nudo en mi estómago, estoy espantada, él puede hacerme lo que quiera. De repente, rompe el silencio. Resonando con fuerza. —Es insolente de tu parte hacer amenazas —afirma, y la forma en que lo dice me asusta—. No olvides que soy el dueño de esta casa y tú, una simple huésped. Asiento lentamente. —Lo sé—respondo, tratando de mantener mi voz firme—. Pero era la única forma en que podíamos reunirnos. Necesitaba hablar con usted. Escucho su respiración profunda. —Elias es mi mensajero. Lo que tengas que decirme, díselo a él. Suena tan hostil que me molesta. —Quería agradecerle personalmente por haberme salvado aquella noche en la tormenta. Si no fuera por usted, estaría muerta, y mi bebé también. Agradezco que me diera un refugio. Hago una pausa, sintiendo que la oscuridad me rodea, cada momento de silencio se siente interminable. Mis dedos juegan nerviosamente con el borde de la tela de mi vestido, intentando encontrar consuelo. —A pesar de eso —prosigo, sintiendo cómo la tensión se acumula en mi pecho—, quisiera volver a la ciudad, aunque soy consciente de lo que hizo por mí, también sé que necesito regresar. La presión del silencio parece aumentar mientras las palabras se deslizan al aire entre nosotros. Estoy en absoluta oscuridad, y mis oídos están alertas a cada sonido, cada murmullo… Mi plato permanece intacto, la comida humeante al alcance, pero no soy capaz de comer. La ansiedad me consume, y cada sonido me pone en alerta. Levanto la cabeza, sintiéndome inquieta al no oír respuesta. Frunzo los labios, notando cómo el aire se vuelve más denso entre nosotros. De repente, su voz resuena a los alrededores, y me sobresalto. —¿Para qué quieres regresar? No tienes un hogar al que volver y, como ambos sabemos, si vuelves, no sobrevivirás por mucho más tiempo. Sus palabras me descolocan. Tiene razón, pero es mi decisión no la suya y soy consciente de que no tengo un lugar seguro al que regresar, pero eso no significa que deba aceptar ser su prisionera. —Debo de vivir mi vida —respondo, intentando sonar seca e indiferente, aunque la verdad es que el miedo golpetea en mi interior. Me molesta que otro hombre quiera atarme a su voluntad, como si no tuviera voz ni voto. Escucho una risa socarrona de su parte, un sonido que irrita aún más mis nervios. —Te tiraron a la calle, estás embarazada, estás en una situación desesperada, señorita Flores. En cambio, aquí tienes una cama cálida, un baño decente y comida suficiente, para ti y tu bebé. Cada palabra se siente como un puñetazo, y siento cómo el enojo crece dentro de mí. Estoy atrapada en desgracia tras desgracia, y él lo sabe. Estoy aquí por necesidad, pero no aceptaré ser un objeto de compasión. El silencio vuelve a arrojarse entre nosotros. Intento ocultar mi sorpresa; él parece saber más de mí de lo que aparentaba, y algo me dice que eso debe de ser obra de Elias. Subo las manos hacia la mesa en un intento de encontrar mi plato. Con voz titubeante, le pregunto: —¿Por qué estoy vendada? —Hay personas que son agraciadas y otras no. Estoy en la última lista. —responde con frialdad sin balbuceos. No puedo evitar soltar una leve sonrisa de burla. —Eso es un juicio bastante severo, señor. Estoy aquí porque estoy agradeciendo, no en una cita. Su atractivo no es de mi importancia de hecho, podría ser el hombre menos agraciado el mundo y me daría igual. El silencio se extiende entre nosotros, una calma tensa que me envuelve. Al final, rompe el silencio nuevamente. —Si te vas, estarás muerta. No tienes nada allá afuera. Sus palabras golpean mi pecho con fuerza. Permanezco inmóvil por sus palabras. —¿Acaso me estás amenazando? —susurro, con una mezcla de incredulidad y desafío en mi voz. —Jamás lo haría, es un hecho, Evangelina. Afuera solo volverás a tener espera peligro y solo tendrás más sufrimiento. Aquí lo tienes todos. —No necesito que me protejan como a una niña asustada —contrataco, sintiendo que la ira me hierve por dentro. —Puedo cuidar de mí misma. —¿De verdad lo crees? Porqué no la última vez que te vi no lo parecías —vocifera, rechino los dientes—. Estás embarazada y vulnerables. No te engañes. Aquí tienes lo que necesitas para sobrevivir. La tensión vuelve a crecer entre nosotros, un tira y afloja en el que cada uno sabe lo que el otro dice es cierto, pero ambos nos negamos a ceder. La oscuridad me envuelve, y, a pesar de sus palabras, siento que hay algo que oculta. Levanto la cabeza como si pudiera verlo a través de las vendas. —Señor, ¿qué pretende de mí? Sea claro, por favor. Él no responde de inmediato. Apenas escucho el sonido de su bebida acompañando el silencio. —Quiero que te cases conmigo —dice con serenidad, como si fuera una palabra tan casual y frívola. Quedo pasmada al oírlo; mis manos caen de la mesa, sintiendo el frío del aire a mi alrededor. Estoy boquiabierta, incapaz de procesar con coherencia lo que ha dicho. —¿Con qué propósito? —escupo bruscamente tratando de recuperar el aliento. —No hay ningún propósito —responde con frialdad—. Te estoy dando una oportunidad en la vida, Evangelina. No quiero nada de ti más que permanezcas en la casa, pero como mi esposa. Las palabras se deslizan sobre mí como un torrente, y la incredulidad me abofetea la cara. Me atrevo a abrir la boca. —¿Una oportunidad? ¿Se crees mi salvador por ofrecerme eso, señor? —No soy tu salvador —corrige, manteniendo la calma—. Solo conozco tus circunstancias. Afuera, te esperan más problemas. Aquí, al menos, tendrás un espacio seguro. El silencio vuelve a llenarnos ¿Perdió la cabeza? ¿Qué pretende? Me inclino hacía atrás, incrédula. —Fuiste traicionada, estás embarazada y, por supuesto, vulnerable. Mi propuesta es tu mejor opción. Afuera, no te espera más que soledad y desgracia. Aquí, al menos, tendrás un espacio seguro. —¿Y eso incluye convertirme en tu esposa? —cuestiono, sintiendo que mi voz se quiebra. —Sí. —Su tono es seco y frío, como si cada palabra estuviera bien pensada—. No estás en condiciones de sobrevivir tanto tiempo. Si te vas es cuestión de semanas, tu bebé y tú morirán. Ni siquiera vendiéndote varios hombres, noche tras noche te servirán. ¡Cómo se atreve a juzgarme de esa forma! —¿Eso es lo que crees que haría allá afuera? —mi voz tiembla de humillación—. No soy una mercancía, y no voy a aceptar un trato como ese. —No seguiré insistiéndote —susurra, su tono baja en intensidad—. Aquí tienes una oportunidad, un lugar donde puedes estar a salvo y dedicarte a cuidar de ti y de tu hijo. —¡Pero a qué costo, señor! No responde. La tensión en el aire se vuelve densa, casi palpable, no esperaba nada de eso, ni siquiera en mis peores sueños. —No quiero nada de ti, Evangelina, si es lo que te preocupa. En cambio, aquí tendrás un hogar, dinero y el futuro de tu hijo asegurado. Si aceptas, me haré cargo de ambos. Mi mente es un caos; no puedo pensar con coherencia y solo consigo balbucear. —No te conozco. Ni siquiera me permites verte... La desesperación y la confusión me abruman. Estoy asustada, inquieta por todo lo que está sucediendo. —Tendrás todo lo que quieras aquí. No habrá más sacrificio. —sentencia rudo. Balbuceo incoherencias, mis pensamientos se enredan en mi cabeza, unas con otras. —Y-yo… —Seré en un fantasma en mi hogar, como hasta ahora. Miro hacia abajo, sintiendo cómo la desesperanza se apodera de mí. Mi situación es horrible, tiene razón, pero la idea de aceptar su oferta me aterra. —Encontrarás el acta de validación de matrimonio una vez que te quiten las vendas, sellada y con mi firma. Todo es legal. Si aceptas, firmarás; y si no lo haces, las puertas están abiertas. Puede irse como llegó, señorita Flores. Las últimas palabras cuelgan en el aire y da a entender que el futuro de mi bebé y el mío dependen de lo que elija ahora. La venda cae lentamente y levanto la mirada, buscando al señor, pero ya no lo encuentro. No está frente a mí. Mi mirada se posa en su plato, que está casi vacío, al igual que su vaso. No lo oí irse, ni siquiera escuché la puerta cerrarse. Es como si hubiera sido un fantasma. Como lo dijo que lo sería… Las preguntas me invaden ¿Para qué me quiere en la casa? ¿Para ser un adorno? ¿Un florero? ¿Eso es todo lo que soy para él? La angustia se apodera de mí mientras el silencio de la habitación se vuelve abrumador. Elias está a mi lado, callado. Bajo la cabeza hacia la mesa y, al hacerlo, noto el acta de validación de matrimonio, con una pluma colocada delicadamente a su lado. Mi corazón late con fuerza mientras lo miro y le pregunto con voz rota: —¿Qué harías en mi lugar? Me observa y una leve sonrisa se dibuja en su rostro. —Mírame. Estoy aquí, a salvo. Si no fuera por él, no sé qué hubiera sido de mí. Sus palabras me golpean con fuerza en el interior de mi propia humanidad. Lo miro a él, notando la verdad en sus ojos. —Pero esto es diferente —musito—. No soy como tú. Él no quiere que sea una empleada, quiere que sea su esposa. —Quizás no, pero la decisión es la misma —afirma con una mueca en sus labios—. Tienes una oportunidad que muy pocos tienen. Es una vida nueva, aunque no sea la que soñabas con tu ex prometido. Miro el papel, mi pulso acelerado mientras las emociones luchan por salir. No lo es, me quería casar con Alejandro porque lo amaba con todo mi corazón y quería pasar el resto de mi vida con él. —No sé si puedo hacerlo —confieso, sintiendo que las lágrimas amenazan con salir de mis ojos. —Sé que no es fácil —me asegura su voz suave, como si fuera una pequeña niña—. Lo único que debes de pensar ahora mismo es en tu bebé. A veces, tenemos que hacer sacrificios que no deseamos para salvar a los que más amamos. Sus palabras resuenan en mi mente mientras miro el acta de matrimonio. Esta elección no sea solo un sacrificio; es la única salida. —¿Por qué? —la desesperación se asoma en cada palabra. —Necesito un por qué. Él se encoge de hombros, su expresión reflexiva. —La casa es muy grande para una sola persona. El dinero abunda, pero la soledad puede ser el peor enemigo de uno. Eso puede ser un motivo. Lo miro confundida. —¿Y no tienes familia? Un brillo de tristeza se cruza por su rostro. —No. Algunos han muerto en guerras y otros en peste. El señor lo tiene todo, excepto con quién compartirlo, supongo que no querrá que todo lo que construyeron sus antepasados se vuelva polvo o ruinas. Sus palabras resuenan en mi mente, y por un momento, puedo ver la soledad que ambos enfrentamos, de diferente formas, pero la misma, en fin. —Entonces, si firmo... Me interrumpe antes de que pueda terminar la pregunta. —Si firmas, la casa y el dinero serán tuyos, así como todo lo que posea el señor, pertenecerá a ti. —responde, su voz cargada de sinceridad—. Y ni siquiera tendrás que tratar con el señor. Un hogar y la posibilidad de construir algo para ti y tu hijo a cambio de nada, es trato muy justo. —Muy justo —pronuncio con cierta burla— Considerar casarme con un hombre que no conozco, mi desgracia no acabó el día de la tormenta. Miro el acta de matrimonio de nuevo, mi corazón latiendo con fuerza. Es una decisión que podría definir el futuro no solo para mí, sino también para mi bebé. No me responde, pero sigo hablando, enojada conmigo y con la vida, todo, absolutamente todo me trajo aquí y a esto. —Seré un adorno, otro lindo accesorio en la vida de un hombre. Estoy dependiendo de otro, una vez más... Tomo la pluma, sintiendo su peso frío en mis manos, y suspirando profundamente, pienso en lo que realmente está en juego. —Por lo único que hago esto es por mi bebé. Con una decisión temblorosa, trazo mi firma en el acta de matrimonio, sellando así mi destino con este desconocido. A mi lado, Elias por fin habla. —Felicidades, señora Montclair. Bienvenida a su hogar, a partir de este momento, todo lo que desee puede solicitarlo, y me haré cargo de usted. Señora Montclair, ni siquiera sé el nombre de ese hombre y ya estoy casada con él, acaricio mi vientre sintiendo un nudo en la garganta, espero no arrepentirme de esto, solo deseo que esto si sirva para salvar a mi bebé.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR